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Tuesday, 23 December 2014

Kamtchatka

por Rolando Gómez

Era cuestión de resistir.
Hacía ya varias rondas que las únicas fichas rojas que quedaban en el tablero se agrupaban en un solo, pequeño país, y era cuestión de resistir.
La tarjeta de objetivo había quedado atrás, largo tiempo atrás, casi olvidada: “conquistar el mundo; tomar el cielo por asalto”.

El objetivo había sido declarado públicamente, y entonces miles y miles en todo el tablero se solidarizaron con él y hasta pensaron que era el suyo propio.
El pequeño jugador se sentía al principio fuerte, atrevido, imbatible.
Soportó amenazas y rechazó ataques; derrotó pactos de varios otros en su contra; embarcó en campañas en otros continentes; difundió su objetivo a lo largo y ancho del tablero; llegó hasta los mismos confines del juego.  Dado a dado, ficha a ficha.
Debió enfocarse en la amenaza del jugador de arriba, quien descargó sus dados con superioridad numérica de manera implacable, infructuosa y desesperada, ronda tras ronda.
Y las fichas rojas siguieron allí, resistiendo.
Hizo un pacto con el gran jugador del Este, y algunos creyeron que era para beneficio de ambos.  Pero el jugador del Este había abandonado ya hace tiempo su propio objetivo, y el pacto de nada sirvió.  El jugador del Este terminó abandonando también el tablero, entregando territorios al jugador de arriba y sus aliados.
Y las fichas rojas siguieron allí, resistiendo.
El resto de los jugadores, aquellos que al principio permanecieron indiferentes a los repetidos ataques del jugador del norte a las fichas rojas, comenzaron a ver con conmiseración y hasta con cierta simpatía al pequeño jugador.  Vuelta tras vuelta, apoyaron en el nuevo reparto de fichas que el jugador rojo recibiera las suyas.  Hubo jugadores que no sólo no atacaban las fichas rojas, sino que declaraban su apoyo a las mismas, aunque en muchos casos fuera sólo “moral”.  El jugador del norte siguió embistiendo.
Y las fichas rojas siguieron allí, resistiendo. 
Ronda tras ronda, cincuenta y cinco rondas.
El jugador del norte vio que a pesar de su abrumadora superioridad numérica no podía derrotar sólo con dados a las fichas rojas, y propuso un pacto, para asombro de todo el tablero.
Y tal vez por el olvido total del objetivo final, por descrédito en las posibles nuevas alianzas con otros jugadores, o simplemente por cansancio, el jugador de las fichas rojas aceptó el pacto con su enemigo, argumentando que supuestamente tal pacto también era para beneficio mutuo.
Las próximas rondas lo dirán, pero para muchos en el tablero ese pacto suena a el fin.
Era cuestión de resistir.

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