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Tuesday, 6 January 2015

Oskar Huth, el falsario de Berlín
Una crónica de Año Nuevo

por Frederico Füllgraf, 
Politika, 4-1-2015
Ya lo hemos dicho, POLITIKA tiene el privilegio de contar con colaboradores de buena pluma. Frederico Füllgraf es uno de ellos. El texto que presentamos aquí, con el subtítulo "Una crónica de año nuevo", es notable. Notable por el personaje descrito, por la calidad de la escritura, por las referencias musicales, literarias y lingüísticas, por el tono, por la justicia que le rinde a un perdulario heroico que, en medio de la guerra, jugó a salvar vidas, olvidando la suya...
Frederico Füllgraf es corresponsal en Chile del Jornal GGN - São Paulo

Los poetas mueren de sobredosis: de versos, droga o locura; en casos extremos, de hambre o de un tiro de revólver del marido de la amante.

Ya Oskar Huth, el ebrio virtuoso, patinó sobre una partitura y se cayó en un foso, entre una clave y un si-bemol. En vida fue lo que los berlineses llaman un
Original: viajado, erudito, amante de la buena tertulia, y, sobre todo, vagabundo; subentendido no como una transgresión criminal, sino un atributo de persona, digamos, algo adversa al trabajo.
 

Bohemio, Huth era una especie de Baudelaire prusiano. Llevaba en sus venas el mapa de avenidas y alamedas, de las columnas y de las estatuas, de los arcos y viaductos y, sobre todo, de los Kneipen, los bares y botiquínes.

No andaba, parecía deslizarse sobre la ciudad, con los ojos cerrados.

Lo conocí cuando ya bordeaba los sesenta años de edad. Una noche Irrumpió en el bar Litfass, del también nostálgico portugués Antonio, trajeado de modo incombinable, chillona corbata color naranja sobre una camisa de color verde, desaliño acentuado por la chaqueta violeta, desgastada por el uso.

Le gustaba espolvorear mala educación, moda anti-autoritaria de la época, con implacable protocolo, pero sin soberbia: no se resistía al hábito de saludar a las damas, besándoles las manos – actitud extemporánea, que en ellas rescataba al despreciado (pero, ¡Ay!, tan deseado) Caballero a la moda antigua – reforzando la colorida, etílica y divertida decadencia de la entonces ciudad intramuros.

Contumaz, en este mismo tono fin-de-siglo (del XIX, porque estábamos en 1980), a pesar de mi irritación, Oskar me saludaba como “mein Freund vom Oberen Orinoco” (mi amigo del alto Orinoco), rudo equívoco territorial que recordaba aquella ignorancia geográfica de las películas de serie B de Hollywood, en los que chiquitas-bananas bailaban rumba en Coupakébéna...

¿Carmen Miranda? – ¡Oh, nein, gringos jamás!

En aquel chispeante momento bolivariano Herr Huth reincorporaba la odisea del noble Humboldt a las “regiones equinocciales del nuevo continente”.

Con todo, su embrujo no brotaba sólo de sus modos educados, fuera de orden, sino de su aura de alemán marginal, cuyo coraje era cuchicheado en prosa y en verso, en aquellos tiempos (fuera de Ché Guevara ) tan carentes de héroes.

Cuando, inspirado, se ponía al sebiento piano de teclas amarillentas por el humo de los cigarros de muchos años, parecía una réplica perfecta del “El Borracho”, vinilo muy tocado en las fiestas de mi país, en mi infancia, ilustrado en la carátula con un pianista ebrio junto a un piano ídem. Del cual Oskar conseguía arrancar armonías oblicuas para asombro de la platea: solemnes fugas de Bach, aquellos estertores de Billie Holiday (“He is my maaaan…”), una lacrimosa chanson de la Piaf.

En estos concerti buffi jamás faltaba una rubia cuasi fatal, derramada sobre el piano, como un falsete de Greta Garbo trazando con los ojos John Gilbert al piano, en Flesh and the Devil.
Aposté que un día se adentraría en el bar en medio de una depresión astral y – de staccato a furioso – atacaría algo de Hindemith; sólo para contrariar.

El “borracho con arte”

Pero Oskar era movido por un inquebrantable buen humor. Cuando llegaba recién despierto, con profundas ojeras oscuras, despeinado y con barba de tres días, se disculpaba con deferencia, recuperando en el cielo de plomo los tormentos de la noche anterior : “me pasé de la cuenta, Brüderchen (“hermanito”), me bebí el río entero, me encharqué hasta el alma”, alegoría emprestada del Spree, río que corría de este a oeste, por debajo del Muro, imperturbable ante la división de la ciudad. Y saber beber para Huth era un arte, que por eso se definía como Kunsttrinker, un “borracho con arte”.

Antes de mi regreso a Brasil teníamos acordada una entrevista para un semanario brasileño, que tendría lugar en la gavia del Obelisco de la Victoria (victoria sobre Francia, en 1870), una columna bismarckiana que culminaba en un gigantesco y brillante ángel dorado, que Wim Wenders llevó a la historia del cine como ícono de “Las alas del deseo”.

Indisciplinado, alemán al revés, Herr Huth no llegó. Me dejó baboseando por la narrativa hasta el próximo encuentro - en el bar. Ciertamente porque el ángel no servía bebidas, sólo unos excelsos, insípidos hálitos, sin alcohol, sobre el arte de elevarse a las alturas; esas bizantinidades aleteantes de querubines y aeronautas.

Hijo de músico, acompañaba al padre a bordo de una carreta, desde la más tierna edad en misión profesional. Viajaban por Berlín y la provincia de Brandenburgo, reparando y afinando órganos de iglesias, devolviéndole la alegría a padres y pastores, recibiendo a cambio su pro-labore y la promesa de una vida eterna.

Fue así que la música entró en el paso terrenal de Oskar, quién sabía como pocos que la eternidad, pues, ¡se arrebata en el instante!


El falsario eternizado por la Literatura

Lo que haría su biografía digna de un largo metraje fue la 2ª guerra mundial, que silenció sus Lieder, sustituyéndolos por el silbido tenebroso de los bazucas, tanques y bombarderos, cubriendo el cielo sobre Berlín.

Periodistas y escritores alemanes ya compararon su aventura y sus modales a la de “El valeroso soldado Švejk”, es decir: hacerse el tonto, idiota, como táctica astuta para la sobrevivencia.

Huth venia estudiando artes plásticas y técnicas de impresión en Berlín, entre 1936 y 1939, cuando explotó la II Guerra Mundial y el debería presentarse para el frente de batalla. Pero burló al alistamiento militar con el pretexto de “disturbios motores” y se escapó.
Era el año 1941, cuando más y más amigos judíos de Oskar eran apresados y deportados para campos de concentración y el pintor bohemio decidió desaparecer, ingresando a la clandestinidad, en la que sobrevivió con astucia hasta el final de la guerra, en 1945.

Equipado con una imprenta, alegaba producir importantes documentos de guerra, pero en realidad imprimía documentos sí importantes para la sobrevivencia de clandestinos: carnés de identidad, pasaportes, bónus alimentarios – todo falsificado gracias a su perícia como artista plástico y diseñador.

No trabajaba por dinero apenas, se desempeñaba como activista dedicado a judíos perseguidos y combatientes de la resistencia anti-hitlerista. Para evitar preguntas inoportunas y controlos en el metro y trenes de Berlín, el falsario los evitaba, preferiendo entregar su “mercancia en domicilio”, lo que hacía sacrificándose y caminando interminables horas, a veces en círculos, a través de la capital del Reich.

Su “cliente” quizás el más celebre de todos fue el general Ludwig von Hammerstein, que había participado del fracasado atentado del 20 de julio 1944 contra Hitler, y que por eso vivía clandestino en la residencia de la farmaceutica Hertha Kerp, en Oranienstraße 33. Alli Oskar Huth y el general demócrata compartieron algunos días como enemigos cazados por la Gestapo de Hitler. Cuando Huth le ofreció algunos de sus bónus alimentarios, que permitían comprar comida racionada, el militar no las quizo acceptar, pero al final el impostor lo convenció, diciendo, "tómelos tranquilo, yo mismo los fabriqué”, a lo que se siguió tremenda carcajada – así se lee en “Hammerstein o el tesón” (Anagrama, 2012), la biografía fictícia del poeta Hans Magnus Enzensberger sobre el padre del general Ludwig, Kurt von Hammerstein, ex Jefe del Ejército Alemán, anti-fascista como su hijo.

Uno que siempre estuvo fascinado por su historia fue el Premio Nobel, Günter Grass, que finalmente lo inmortalizó en su novela “Años de Perro” (reeditada por Alfaguara en 2013), la monumental disecación del nazismo por el autor-personaje.

Oskar Huth sobrevivió a los seis años de guerra como falsario, emergiendo de su bunker el día de la conquista de Berlín por las fuerzas aliadas. Interrogado por norteamericanos, les habría recomendado una “receta” para su país en ruinas: ¡divídanlo en cuarenta partes y nunca más habrá guerra!

Los yanquis se miraron, rieron abrumados y prometieron pensar en la propuesta: en 1948 Alemania estaba dividida en dos y Berlín “en cuatro patas”, digo: dividida en cuatro “zonas” de dominio militar – geografía e historia, hoy superadas – pero de autoría reivindicada por Oskar, que reía, mañoso, ajustándose la corbata torcida, insinuando solemnidad. Se divertía con el pasmo de los cristianos ante sus fanfarronerías y apostaba a su perpetuación como mito.

El teclado aerodinámico

E intentando arrancar de la música el inmortal Oskar, el Airoso, tramó un invento inmejorable, primoroso: un piano con “teclado aerodinámico”.

Revolucionario porque profundamente ergonómico, su concepto se basaba en la observación de que, durante un concierto de una duración media de noventa minutos, un pianista aplica varios centenares de kilos de fuerza en el teclado.

– El recital fue una apoteosis, ¡aunque el pianista estaba hecho mierda! – Protestaba, el cabello despeinado.

Sustituyendo el teclado convencional, fijo, por otro, acostado sobre un colchón de aire, el espirituoso borracho pretendía imprimirle la “sostenible levedad del toque” al arte de conducir el piano.

Patentó su idea, y una confraternidad de amigos creó el “Fondo Oskar Huth”, dotado de 10 mil marcos, destinado al desarrollo tecnológico de la creativa artimaña. Había, no obstante, una condición: ningún centavo del fondo debía ser malversado, ni usado para fines que no fuesen “estrictamente pianísticos”

Crónica ebria, anunciada hace mucho tiempo, la subversión del teclado murió en la cáscara, digo: en el trago.

Mal interpretando la clausula del contrato, Oskar confundió fondos con fondo de botella: cierta noche buceó en el lecho abisal de una botella de caña y de allí nunca volvió. Se inmortalizó en el arte de la fuga…

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