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Monday, 2 February 2015

Muertos en París, muertos en Odesa: Los grandes hipócritas

por Dagmar Henn, Vineyardsaker.de, 9-1-2015
Traducido por Claudia Mutizabal, editado por Janvier Fdez. Retenaga, Tlaxcala
Me gustaría poder reaccionar con consternación tras el atentado en París.
Pero, cómo podría, leyendo frases como la siguiente (es sólo un ejemplo):
“Ciertamente, nadie puede sorprenderse de que cada vez más personas teman al Islam. En su nombre, y apelando al Corán, se siembra el terror. Las tímidas voces que rechazan que el 'Estado islámico' y otras organizaciones terroristas representen el verdadero rostro del Islam se ven acalladas una y otra vez por las explosiones de las bombas y los gritos de quienes son salvajemente asesinados”. (FAZ)
En mi mente esto se reescribe de otra manera. Qué tal se vería así:
“Ciertamente, nadie puede sorprenderse de que cada vez más personas teman a Occidente. En su nombre, y apelando los derechos humanos, se siembra el terror. Las tímidas voces que rechazan que la OTAN y otras organizaciones terroristas representen el verdadero rostro de Occidente se ven acalladas una y otra vez por las explosiones de las bombas y los gritos de quienes son salvajemente asesinados”.
Puede sustituirse “OTAN” por “Frontex”, o “FMI”, o ... La lista es larga si se buscan organizaciones que asesinen salvajemente.
O esta versión:
Ciertamente, nadie puede sorprenderse de que cada vez más personas teman al capitalismo. En su nombre, y apelando al libre mercado....
Sí, me doy cuenta de que pierdo humanidad. Mi razón me dice que tampoco la publicación de unas repugnantes caricaturas racistas es motivo de asesinato. Mi razón apela a la compasión.

Pero mi aparato emocional está demasiado ocupado luchando contra el asco que me ha provocado esa oleada de hipocresía.

¿“Un ataque a la libertad de expresión”? El verdadero ataque a la libertad de expresión que se produce a diario y con extraordinario éxito lo representan los derechos de propiedad de los dueños de los medios; las pocas grandes corporaciones mediáticas, el control político, ya se ejerza debido a la coacción o por convicción. No porque en este ataque no haya derramamiento de sangre es inofensivo o menos real.
Contemplo toda esa ola de compasión forzada y no puedo ignorar el racismo que ahí se manifiesta. Ya no se puede. No puedo evitar que mi primera reacción a la consternación que brota de las cadenas de televisión sea preguntar: ¿cómo sería la Europa de hoy si esa reacción se hubiese producido el 2 de mayo, después de la masacre de Odesa?
Cada lamento que escucho me provoca náuseas.
Soy consciente de que se debe a la casualidad en qué momento se sobrepasa el límite, y de que en realidad debería bastado con tantos años de hipocresía en torno a Frontex. Tanto jaleo con los derechos humanos, cuando luego a nadie le interesa que a personas con otro color de piel se les dispare, envenene, mate de hambre o cualquier otra cosa con tal de asegurar los beneficios del mundo occidental blanco.
Y, pese a todo, me he dado cuenta de que mi límite personal se sobrepasó el año pasado, el dos de mayo, con la matanza de Odesa. Esto puede deberse a que al seguir los acontecimientos de ese día por vídeo, en directo, me llegaron más cerca que cualquier otro antes.
O quizá no.
Pues si ha habido algo (y nunca ha habido nada más que esto), una única cosa, que sea el verdadero núcleo de toda la charlatanería de Europa, ese núcleo ha sido “Nunca más fascismo”. No se ha llegado a mucho más, pues; de una forma u otra, nunca se puso fin a la barbarie del colonialismo, un filtro de racismo ha mantenido enturbiada la percepción del resto del mundo, y todos los derechos sociales han estado a merced de los desafueros del orden mercantil. Al final, todas las luchas del siglo XX no han conseguido grandes logros.
Solo esto, al menos desde la muerte de Franco, ha sido una realidad en Europa: Nunca más fascismo.
En Odesa se ha convertido en cenizas, y el silencio posterior ha dispersado esas cenizas en todas direcciones.
Me retuerzo por dentro cuando oigo que “esto es un ataque contra todos nosotros.” Miro a quienes lo dicen, y no quiero estar junto a ellos. Mi razón me dice que no soy mejor que ellos, que toda vida humana tiene el mismo valor y que todo sufrimiento humano merece la misma compasión.
Pero mis sentimientos me dicen: lloren ustedes por ellos. No eran de los míos, eran de los suyos. Mis sentimientos se disparan automáticamente cuando la opinión dominante entona cantos de lamentación. Se apartan.
Pero el plano racional continúa presente. Analiza fríamente la historia y me hace notar que un ataque de habitantes de Francia contra otros habitantes de Francia es, antes que nada, una consecuencia de las condiciones sociales y no de conflictos religiosos, aunque aparezca tras una máscara religiosa. Que al vincular este ataque con el Islam en sí, se está construyendo de nuevo un relato racista. La razón hace su trabajo y examina uno a uno los planos en los que se construye una interpretación conveniente, observa con que falta de escrúpulos se aprovecha la ocasión para convertir la muerte de doce seres humanos en una confirmación propagandística de una ficticia comunidad de valores, disolviendo todas las contradicciones de clase en una comunidad basada en “valores”. La razón quiere análisis exhaustivos.
El sentimiento, sin embargo, está vacío y cansado y demasiado ocupado con el asco como para dejar espacio para otras cosas, y le niega a la razón la paciencia requerida para ese tipo de reflexión. Para el sentimiento, el mundo está partido en dos, con una línea quizá errática, que no siempre se ajusta a las categorías de la conciencia de clase, pero está partido (y es sorprendente, tras décadas de actividad política, que esta fractura sea no obstante algo nuevo y que pueda establecerse tan claramente; que toda esa ira de las décadas anteriores, desde las etapas finales de la guerra de Vietnam hasta el presente, no la haya provocado; y lo profunda que ésta es). El sentimiento dice: que lloren ellos a sus muertos, yo lloro por los míos.
Desde el dos de mayo de 2014.

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