Riccardo Taddei, comune-info,11-2-2026
Traducido por Tlaxcala
Riccardo Taddei es un jurista italiano, experto en el Máshrek y autor del libro L’ordine del Caos. Anatomia del conflitto tra Israele e Palestina [El orden del caos. Anatomía del conflicto entre Israel y Palestina (Ombre corte)].
¿Se puede pasar la vida denunciando el capital y la mercantilización de los cuerpos, y luego aceptar la compañía, los favores y la intimidad de un capitalista pedocriminal* que construyó su red de poder también sobre la trata de jóvenes? Si nos tomamos en serio lo que Chomsky escribió sobre el poder, la respuesta es brutal: sí, es posible.
Chomsky es hoy la demostración viviente de sus propias teorías sobre la fabricación del consentimiento, no porque fuera hipócrita desde el principio, sino porque nadie es inmune a las dinámicas que describe cuando adquiere suficiente prestigio. La lección más devastadora del caso Epstein-Chomsky es que el poder contemporáneo no funciona principalmente mediante la represión abierta de los disidentes, sino mediante su incorporación.
«Lo que está en juego políticamente no es borrar a Chomsky o quemar sus libros. Lo que está en juego es dejar de proyectar sobre nuestros maestros un aura de pureza…», escribe Riccardo Taddei – Nos queda la obligación de construir formas de crítica del poder que sean más colectivas, menos dependientes de figuras carismáticas aisladas… Y nos queda, quizás sobre todo, la responsabilidad de aplicar la crítica sistémica a nosotros mismos, a nuestros círculos, a nuestras prácticas. ¿Cuáles son nuestros “Epstein”, quizás a menor escala?… (NdR comune-info)
Durante años aprecié
a Noam Chomsky. Lo leí, lo cité, lo utilicé como brújula moral e intelectual.
Es precisamente por eso que ver su nombre aparecer con tanta frecuencia en los
archivos de Jeffrey Epstein – no como un contacto ocasional, sino como una presencia
recurrente, cómplice, agradecida por el acceso que Epstein podía garantizarle –
no es solo información judicial: es una bofetada simbólica, el derrumbe de una
cierta imagen del intelectual radical.
Lo que surge de los
documentos es ahora claro: Chomsky no solo “conoció a Epstein una vez”, mantuvo
esta relación durante años después de la condena de 2008 por delitos sexuales
contra menores, considerándolo un interlocutor valioso para comprender el
sistema financiero mundial, volando en su jet y beneficiándose de sus
conexiones. No se puede reducir todo esto a un simple malentendido, una
distracción, un “no sabía”. A este nivel de información, a esta edad, con esta
lucidez analítica, saber quién era Jeffrey Epstein no era un detalle opcional,
era el punto de partida – que Chomsky cruza ampliamente, llegando incluso a
justificarlo.
De aquí nace la
pregunta que me dejó estupefacto: ¿se puede pasar la vida denunciando el
imperialismo, el capital, la mercantilización de los cuerpos… y luego aceptar
la compañía, los favores y la intimidad de un capitalista pedocriminal que
construyó su red de poder también sobre la trata de menores? Si nos tomamos en
serio lo que Chomsky escribió sobre el poder, la respuesta es brutal: sí, es
posible. No porque sea “justo”, sino porque el sistema que él mismo describió
es tan invasivo que engloba incluso a sus críticos más radicales, cuando estos
ven en un nodo de poder como Epstein un canal privilegiado de acceso a
información, relaciones, recursos.
Aquí emerge una
paradoja devastadora: el intelectual que pasó décadas deconstruyendo los
mecanismos del consentimiento fabricado, que nos enseñó a mirar con sospecha
cualquier forma de poder concentrado, que desenmascaró las conexiones entre
élites económicas y políticas, se encontró sentado a la mesa de uno de los
nodos más oscuros de esa misma red. Y la justificación – querer “comprender el
sistema financiero desde dentro”– suena terriblemente hueca cuando pensamos en
las jóvenes cuyo sufrimiento hizo posible la existencia de esa mesa.
La cooptación
simbólica como estrategia de poder
Aquí no está solo en
juego la coherencia personal de Chomsky, por dolorosa que sea la decepción. Es
la imagen misma de lo que significa hoy ser un “intelectual crítico”. El caso
Epstein nos muestra que las élites no quieren solo multimillonarios, banqueros
y políticos en su mesa: también quieren filósofos, lingüistas, científicos,
premios Nobel, voces de izquierda. No para discutir sus libros, sino para poder
decir: “todos, incluso vuestros maestros, pasan por aquí”. Es una cooptación
simbólica. En el plano material, los cuerpos de las víctimas; en el plano
simbólico, las reputaciones de quienes deberían haber estado al otro lado de la
barricada.
Esta es quizás la
lección más amarga: el poder no necesita convencer a sus críticos de que
callen. Le basta con hacerlos cómplices mediante la proximidad, mediante el
acceso, mediante esa zona gris donde “frecuentar” no significa necesariamente “aprobar”
pero ciertamente significa normalizar.
Cada vez que Chomsky
subía a ese avión, cada cena compartida, cada conversación sobre finanzas
globales mientras en otro lugar jóvenes eran reducidas a mercancía, constituía
una pequeña victoria para el sistema: incluso el crítico más radical puede ser
atraído hacia dentro, si se le ofrece suficiente curiosidad intelectual que
satisfacer.
Los tres poderes
de Epstein
Epstein, en este
marco, no es un monstruo aislado sino el concentrado de tres poderes:
financiero, relacional y biopolítico. Financiero, porque gestionaba capitales y
patrimonios opacos y actuaba como intermediario entre riquezas que se movían
fuera de la vista del público. Relacional, porque su agenda mezclaba a exjefes
de gobierno, científicos, intelectuales, directivos de grandes tecnológicas y
finanzas, creando una zona gris donde las decisiones y acuerdos se tomaban
lejos de todo control. Biopolítico, porque su “servicio” no era solo
asesoramiento financiero, sino también acceso a cuerpos, especialmente cuerpos
vulnerables, tratados como bienes de lujo e instrumentos de chantaje.
Esta tripartición es
crucial para entender por qué Epstein era tan central y por qué su caída
sacudió tantas esferas diferentes. No era “solamente” un pedocriminal, no era “solamente”
un gestor de patrimonios, no era “solamente” una red de élites. Era todo eso a
la vez, y es precisamente esta convergencia la que hacía su poder tan absoluto
y su impunidad tan duradera.
El poder financiero
le daba acceso a los pasillos donde se deciden los destinos de sectores
económicos enteros. El poder relacional lo convertía en un hub indispensable
para quien quisiera conectarse a otros centros de poder. Y el poder biopolítico
– el más obsceno – le garantizaba tanto el control directo sobre los cuerpos de
las víctimas como una forma de control indirecto sobre aquellos que, al
frecuentarlo, se volvían potencialmente vulnerables al chantaje, expuestos,
comprometidos.
Más allá de Marx:
posesión, impunidad, secretos compartidos
Marx hablaba de la
posesión de los medios de producción; con Epstein vemos algo aún más desnudo:
la posesión de los cuerpos y la compra de la impunidad. No solo los cuerpos de
las jóvenes abusadas, desplazadas como mercancías entre islas, villas y
aviones; sino también el cuerpo social de élites enteras, mantenidas unidas por
secretos compartidos, favores intercambiados, escándalos potenciales
suspendidos como espadas de Damocles. Es un capitalismo que no se limita a
explotar el trabajo: compra el silencio, compra el acceso, compra incluso la
posibilidad de no ser nunca plenamente juzgado, como demuestra el silencio
sustancial de hoy.
Esta es la evolución
– o quizás mejor, la revelación – de lo que el capitalismo siempre había sido,
incluso en sus formas anteriores, pero que hoy se manifiesta con una claridad
brutal. Desde las plantaciones esclavistas donde los amos reclamaban el derecho
a poseer no solo la fuerza de trabajo sino los cuerpos mismos de l@s esclav@s,
hasta los magnates industriales del siglo XIX que ejercían poder sexual sobre
las trabajadoras, el capitalismo siempre ha tenido esta dimensión biopolítica.
Epstein simplemente la lleva al extremo, globalizándola, financiarizándola,
convirtiéndola en parte integral de una red transnacional de poder y
perversión.
Y hay un elemento
adicional, aún más sutil: la posesión mediante el secreto compartido. Quienes
frecuentaban a Epstein, quienes aceptaban sus favores, quienes subían a sus
aviones, se convertían en miembros de una comunidad del silencio. No
necesariamente cómplices de sus crímenes en sentido estricto, pero ciertamente
vinculados a él por un pacto implícito: yo no hablo de lo que sé, tú no hablas
de mí. Es una forma de poder que va más allá del chantaje directo: es la
creación de una clase que se reconoce a través de lo que sabe y calla, a través
de los privilegios compartidos que permanecen invisibles al público.
El cortocircuito,
entonces, es este: un teórico de la crítica sistémica que acepta entrar en esta
constelación, no como investigador infiltrado, sino como alguien que se codea y
por tanto agradecido. No es el error de un joven ingenuo, es la elección de un
intelectual anciano que decide que el valor informativo y relacional de Epstein
cuenta más que el escándalo moral vinculado a su nombre. Podemos racionalizar
cuanto queramos – la curiosidad, el estudio “desde dentro” de las élites, el
deseo de comprender los mecanismos financieros – sigue siendo que ciertas
líneas, si se quiere seguir siendo un ejemplo de coherencia, no se cruzan. La
línea Epstein era una de ellas.
Y aquí debemos ser
honestos con nosotros mismos: si fuera un intelectual conservador, un
economista neoliberal, un apologista del capitalismo quien hubiera frecuentado
a Epstein, lo habríamos liquidado con un encogimiento de hombros. “Obviamente, se
valen todos, el poder llama al poder”. Pero con Chomsky duele precisamente
porque esperábamos algo diferente. Esperábamos que sus teorías se tradujeran en
prácticas de vida coherentes, que la lucidez analítica generara también una
vigilancia ética. En cambio, descubrimos que se puede ser el más brillante
analista del poder y sin embargo sucumbir a su seducción cuando se presenta
bajo la forma “correcta” – no como corrupción directa, no como compra
explícita, sino como acceso privilegiado al corazón del sistema que se estudia.
Es la versión intelectual de esa dinámica que el propio Chomsky describió para
los medios: no es necesario comprar directamente a los periodistas, basta con
crear condiciones estructurales donde ciertos comportamientos se vuelven
naturales, obvios, inevitables.
Más allá de la
persona: el sistema que engloba incluso a los críticos
Por esta razón, lo
que está en juego políticamente no es borrar a Chomsky o quemar sus libros. Lo
que está en juego es dejar de proyectar sobre nuestros maestros un aura de
pureza que los sitúa fuera del mundo que describen. Chomsky no es un santo
caído de su pedestal: es un hombre inserto en una red de poder que, en un
momento dado, eligió valorar más el acceso que la distancia crítica. Esto lo
convierte, a pesar suyo, en un caso de estudio perfecto de lo que él mismo
analizó durante décadas: la integración de los intelectuales en la maquinaria
del poder, su función legitimadora, su vulnerabilidad a la seducción de los
círculos restringidos.
Hay una ironía
trágica en todo esto: Chomsky se convierte en la demostración viviente de sus
propias teorías sobre la fabricación del consentimiento. Esta “clase
intelectual” que él describió como estructuralmente integrada en el sistema de
poder, esta tendencia de los expertos a gravitar alrededor de los centros de
decisión, esta sutil complicidad entre quienes analizan el poder y quienes lo
ejercen – todo esto se materializa en su propia biografía. No porque fuera
hipócrita desde el principio, sino porque nadie es inmune a las dinámicas que
describe cuando se vuelve suficientemente prestigioso, suficientemente “interesante”
para los detentadores del poder real.
La verdadera
pregunta
Y entonces la
pregunta cambia: ya no “¿cómo pudo Chomsky?”, sino “¿qué tan profundo es un
sistema, donde incluso los críticos más radicales encuentran conveniente
orbitar alrededor de quienes poseen dinero, cuerpos, secretos?”. Epstein y su
red demuestran que, a ciertos niveles, el capitalismo no se contenta con poseer
fábricas, bancos y medios. Quiere poseer también los cuerpos de las víctimas y,
con ellos, las biografías y reputaciones de quienes algún día podrían
levantarse y denunciar. Cuando te sientas a esa mesa, crees que entras “para
comprender el sistema”; en realidad, es el sistema el que entra en ti y te
convierte en parte de su escenografía.
Esta es la lección
más devastadora del caso Epstein-Chomsky: el poder contemporáneo no funciona
principalmente mediante la represión abierta de los disidentes, sino mediante
su incorporación. No es necesario silenciar a Chomsky cuando puedes tenerlo
como invitado en tu jet privado. No es necesario censurar sus críticas cuando
puedes convertirlo en parte del paisaje que critica. Es una forma de
neutralización mucho más sofisticada que la censura: dejad que digan todo lo
que quieran, siempre que luego, en la vida real, estén dispuestos a tomar una
copa con vosotros.
Y esto se extiende
mucho más allá de Chomsky. ¿Cuántos otros intelectuales críticos, activistas,
periodistas de investigación se encuentran en zonas grises similares? ¿Cuántos
aceptan financiación de fundaciones vinculadas a multimillonarios cuestionables?
¿Cuántos participan en conferencias patrocinadas por empresas que critican por
otra parte? ¿Cuántos construyen carreras académicas estudiando el poder
mientras se convierten, de manera sutil, en parte integrante de él? El caso
Epstein es extremo, pero la dinámica está extendida.
Preservar la
lucidez en la decepción
Sigo reconociendo el
valor analítico de muchas páginas de Chomsky. Pero ya no puedo utilizarlas como
si fueran el discurso de alguien que permaneció fuera del abrazo mortal del
poder que critica. Este caso no destruye la teoría, pero nos obliga a mirar también
a los teóricos como sujetos expuestos a la misma lógica de cooptación que
describen. Y nos recuerda algo incómodo: en un capitalismo que exige no solo el
beneficio, sino la impunidad y la posesión de los cuerpos, nadie – ni siquiera
el más lúcido de los críticos – está automáticamente a salvo del riesgo de
convertirse, aunque sea solo en algún rasgo, en parte del problema.
Incluso se podría
decir que este caso confirma, de manera perversa, la validez de los análisis de
Chomsky sobre el poder. Si el sistema fuera menos invasivo de lo que él
describió, él mismo no habría caído en él. El hecho de que incluso un crítico
tan radical pueda ser integrado demuestra exactamente cuán poderosos son los
mecanismos que él pasó su vida describiendo. No es un consuelo, pero es una
lección que no debe desperdiciarse.
Qué hacer con esta
toma de conciencia
Entonces, ¿qué nos
queda? No la iconoclasia gratuita, no la destrucción de todo lo que Chomsky
escribió. Nos queda más bien una tarea más difícil: aprender a leer el
pensamiento crítico a través de las contradicciones de sus autores, y no a
pesar de ellas. Utilizar el caso Chomsky-Epstein como un recordatorio
permanente de que las ideas deben caminar sobre sus propias piernas,
independientemente de quién las haya formulado.
Nos queda también la
obligación de construir formas de crítica del poder que sean más colectivas,
menos dependientes de figuras carismáticas aisladas. Si nuestro análisis del
capitalismo se derrumba cuando se derrumba nuestro gurú intelectual de referencia,
entonces no era lo suficientemente sólido. Las estructuras de poder que Chomsky
describió existen independientemente de si él fue coherente o no en su lucha
contra ellas. Nuestra tarea es reconocerlas y combatirlas, con o sin maestros
perfectos.
Y nos queda, quizás,
sobre todo, la responsabilidad de aplicar la crítica sistémica también a
nosotros mismos, a nuestros círculos, a nuestras prácticas. ¿Cuáles son
nuestros “Epstein” a menor escala? ¿Qué compromisos hacemos para tener acceso a
recursos, plataformas, información? ¿Dónde trazamos nuestras líneas rojas, y
hasta dónde estamos dispuestos a desplazarlas cuando el acceso que se nos
ofrece es suficientemente seductor?
El caso
Epstein-Chomsky no es un final, es un punto de partida para una reflexión más
madura sobre la crítica del poder. Nos quita la inocencia, nos obliga a mirar
sin velo lo difícil que es permanecer coherente en un sistema diseñado
precisamente para cooptar incluso a los disidentes. Pero es precisamente esta
toma de conciencia, por dolorosa que sea, la que puede convertirnos en mejores
críticos – menos inclinados a la adoración de los maestros, más atentos a las
dinámicas concretas del poder, más vigilantes frente a nuestros propios
compromisos.
La decepción quema.
Pero si logramos metabolizarla sin caer en el cinismo, puede convertirse en el
fundamento de una crítica más lúcida, más desencantada, más capaz de mirar al
poder – y a quienes pretenden criticarlo – con ojos verdaderamente libres.
Después de todo, mi
gran maestro, mi padre estibador, me había advertido desde que era joven,
primero estudiante de secundaria y luego universitario: el poder te devora,
especialmente si eres intelectual… mantente siempre fiel a aquellos de quienes
provienes.
NdT
*El original utiliza el término desafortunadamente generalizado de “pedófilo” que no nos parece adecuado para los abusadores de niñ@s y menores, por lo que preferimos el de pedocriminal.
Pristimantis chomskyi es el nombre que dos zoólogos ecuatorianos le dieron a esta especie de rana descubierta en los Andes.


Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire