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30/09/2024

ALAIN GRESH/SARRA GRIRA
Gaza – Líbano, una guerra occidental

Alain Gresh y Sarra Grira, Orient XXI, 30-9-2024
Traducido por
Fausto Giudice, Tlaxcala

Alain Gresh (El Cairo, 1948) es periodista francés especializado en la región del Mashreq y director de la página web OrientXXI.

Sarra Grira es doctora en literatura y civilización francesas, con una tesis titulada Roman autobiographique et engagement: une antinomie? (XXe siècle), y redactora jefe de OrientXXI.

 ¿Hasta dónde llegará Tel Aviv? No contento con reducir Gaza a un campo de ruinas y cometer un genocidio, Israel está extendiendo sus operaciones al vecino Líbano, utilizando los mismos métodos, las mismas masacres y la misma destrucción, convencido del apoyo sin fisuras de sus patrocinadores occidentales, que se han convertido en cómplices directos de sus acciones.

Hassan Bleibel

El número de libaneses muertos en los bombardeos ha superado los 1.640 y las «hazañas» israelíes se han multiplicado. Inaugurada por el episodio de los buscapersonas, que hizo que muchos comentaristas occidentales se desmayaran ante la “proeza tecnológica”. Muy mal para las víctimas, asesinadas, desfiguradas, cegadas, amputadas, canceladas. Se repetirá hasta la saciedad que, después de todo, sólo se trataba de Hezbolá, una “humillación”, una organización que, no lo olvidemos, Francia no considera terrorista. Como si las explosiones no hubieran afectado a toda la sociedad, matando por igual a milicianos y civiles. Sin embargo, el uso de armas trampa constituye una violación de las leyes de la guerra, como han señalado varios especialistas y organizaciones humanitarias[1].

Los asesinatos sumarios de dirigentes de Hezbolá, incluido el de su Secretario General, Hassan Nasrallah, cada vez acompañados de numerosas «víctimas colaterales», ni siquiera provocan escándalo. El último pulgarcito de Netanyahu a la ONU fue dar luz verde al bombardeo de la capital libanesa en la propia sede de la organización.

En Gaza y el resto de los territorios palestinos ocupados, los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU ignoran cada día más los dictámenes de la Corte Internacional de Justicia (CIJ). La Corte Penal Internacional (CPI) está retrasando la emisión de una orden de detención contra Benyamin Netanyahu, a pesar de que su fiscal informa de presiones «de líderes mundiales» y de otras partes, incluido él mismo y su familia [leer aquí].

¿Hemos oído a Joe Biden, Emmanuel Macron u Olaf Scholz protestar contra estas prácticas?

Desde hace casi un año, un puñado de voces, que casi parecerían los tontos del pueblo, denuncian la impunidad israelí, alentada por la inacción occidental. Una guerra así nunca habría sido posible sin el transporte aéreo de armas usamericanas -y en menor medida europeas- y sin la cobertura diplomática y política de los países occidentales. Francia, si quisiera, podría tomar medidas que golpearan realmente a Israel, pero sigue negándose a suspender las licencias de exportación de armas que ha concedido. También podría presionar a la Unión Europea, con países como España, para que suspenda el acuerdo de asociación con Israel. No lo está haciendo.

La interminable Nakba palestina y la acelerada destrucción del Líbano no son sólo crímenes israelíes, sino también crímenes occidentales de los que Washington, París y Berlín son directamente responsables. Lejos de las poses y el teatro de la Asamblea General de la ONU de estos días, no nos dejemos engañar por las rabietas de Joe Biden ni por las piadosas esperanzas de «protección de los civiles» de Emmanuel Macron, que no ha perdido ocasión de mostrar su inquebrantable apoyo al gobierno de extrema derecha de Benyamin Netanyahu. Ni siquiera olvidemos el número de diplomáticos que abandonaron la sala de la Asamblea General de la ONU cuando el primer ministro israelí tomó la palabra, en un gesto que tuvo más que ver con la catarsis que con la política. Porque si bien los países occidentales son los principales responsables de los crímenes de Israel, otros, como Rusia y China, no han tomado ninguna medida para poner fin a esta guerra, cuyo alcance se amplía cada día, extendiéndose hoy a Yemen y tal vez mañana a Irán.

Esta guerra nos está sumiendo en una era oscura en la que las leyes, el derecho, las salvaguardias, todo lo que impediría que la humanidad se hundiera en la barbarie, está siendo metódicamente derribado. Una era en la que un bando ha decidido dar muerte al otro, juzgándolo «bárbaro». “Enemigos salvajes”, en palabras de Netanyahu, que amenazan la “civilización judeocristiana”. El Primer Ministro pretende arrastrar a Occidente a una guerra de civilización con tintes religiosos, en la que Israel se ve a sí mismo como la avanzadilla en Oriente Próximo. Con indudable éxito.

Por las armas y municiones que siguen suministrando a Israel, por su apoyo inquebrantable a un espurio “derecho de autodefensa”, por su rechazo del derecho de los palestinos a la autodeterminación y a resistir una ocupación que la CIJ ha declarado ilegal y ordenado detener -decisión que el Consejo de Seguridad de la ONU se niega a aplicar-, estos países son responsables de la arrogancia de Israel. Como miembros de instituciones tan prestigiosas como el Consejo de Seguridad de la ONU y el G7, los gobiernos de estos Estados respaldan la ley de la selva impuesta por Israel y la lógica del castigo colectivo. Esta lógica ya se puso en práctica en Afganistán en 2001 y en Irak en 2003, con resultados conocidos. Ya en 1982, Israel invadió Líbano, ocupó el sur, sitió Beirut y supervisó las masacres de los campos palestinos de Sabra y Shatila. Fue esta macabra «victoria» la que condujo al ascenso de Hezbolá, al igual que la política de ocupación de Israel condujo al 7 de octubre. Porque la lógica de la guerra y del colonialismo nunca puede conducir a la paz y la seguridad.

19/06/2024

REEM HAMADAQA
La noche en que Israel mató a mi familia

La noche del 2 de marzo, Israel acabó con cuatro generaciones de mi familia. Yo apenas sobreviví a la masacre. Ahora me toca a mí contar su historia.

Reem A. Hamadaqa, Mondoweiss, 13/6/2024
Traducido por Fausto Giudice, Tlaxcala

Reem A. Hamadaqa, de 24 años, es ayudante de cátedra en la Universidad Islámica de Gaza y traductora. Escribe para y sobre Palestina. Puedes seguirla en X @reemhamadaqa e instagram reemhamadaqa

La noche del 2 de marzo de 2024, Israel acabó con cuatro generaciones de mi familia en una sola noche. Un ataque israelí cerca de medianoche mató a 14 miembros de mi familia. Se llevó la esencia misma de mi vida, a mis seres más queridos, y me marcó como superviviente.

Reem Hamadaqa, en la extrema derecha, con sus padres Sahar y Alaa', y sus dos hermanas, Heba, de 29 años, y Ola, de 19 años. Estos cuatro miembros de la familia de Reem fueron martirizados junto con otros 10 familiares en un ataque israelí el 2 de marzo en el sur de la Franja de Gaza.

“Vayan al sur o haremos caer esta escuela sobre sus cabezas”, nos advirtieron los soldados israelíes cuando decidimos abandonar nuestro hogar en el norte de Gaza. Para entonces, mi familia ya había sobrevivido a 40 días de bombardeos, acogiendo a menudo a decenas de desplazados en nuestra casa. Tras este mensaje, no tuvimos más remedio que huir.

Nuestra primera parada fue una escuela cercana de la UNRWA. Fue nuestro primer intento de encontrar alguna apariencia de “seguridad”. Caminamos más de seis horas bajo un sol abrasador para llegar al sur, donde, al final, mataron a mi familia en una zona supuestamente “segura” a la que la ocupación israelí nos había dicho que fuéramos.

Sobrevivimos casi 100 días en la casa de mi tío materno en Jan Yunis. No era el mejor lugar para encontrar comida o agua, pero nos aseguraron que era seguro. Su casa estaba en el bloque 89, designado por la ocupación como bloque “verde”. Por eso nos quedamos y no huimos. Pero ya estábamos desplazados.

La casa estaba llena con una docena de mujeres y niños cuando, el 2 de marzo, empezó el bombardeo intensivo hacia las 22.30 horas.

Una hora más tarde, intercambié una última mirada con mis padres, mis hermanas, mis primos, mi abuela y, sin saberlo en ese momento, con toda mi vida. Leí el tercer capítulo de una novela, charlé con mis padres, llamamos a mi hermana que había sido trasladada a Rafah en una tienda de campaña. Me burlé de mi hermana pequeña. Me dormí, cerrando involuntariamente el último capítulo de mi vida.

Me despertaron bombardeos masivos, explosiones en cadena que parecían no tener fin.

Aterrorizada, me desperté gritando. Mi madre y mi padre estaban junto a la puerta. Heba, mi hermana mayor, estaba a mi lado. Gritábamos. A través de la ventana, todo lo que podía ver delante de la casa estaba en llamas. Estas escenas resonaban con el estado de nuestros corazones.

“¡Papi! ¡No abras la puerta!”, gritábamos. En cuestión de segundos, la casa estaba sobre nosotros. Sentí que las paredes y el techo se derrumbaban, que la habitación explotaba a mi alrededor. Vi las espaldas de mamá y papá y sentí a Heba a mi lado, gritando. Vi a Ola, dormida, ajena a la enorme explosión.

Me desperté bajo los escombros.

Había luna llena. Estaba tan oscuro que probablemente era medianoche, y hacía tanto frío. El invierno aún no nos había abandonado. Estaba sola, atrapada bajo los escombros, incapaz de moverme.

Incluso después de leer historias sobre lo que se siente al estar atrapado bajo los escombros, no era nada de lo que había imaginado. No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. Cuando desperté, pensé que era un sueño, una pesadilla. El dolor era insoportable.

Grité con todas mis fuerzas, buscando no sé qué. Me arranqué las piedras de las manos, del pecho y del estómago. Me pesaban, pero mi respiración era aún más pesada. Esperé al desconocido.

Oí a mi tío gritar, llamando a sus hijos, y oí a un hombre que corría desde los tanques llamando a mi tío por detrás. No podía sacar las piernas de entre los escombros. Casi una hora después, mi hermano y mi primo, que vivían en la casa de enfrente, me encontraron. Milagrosamente, Ahmad me salvó. Levantó toneladas de piedras que me aplastaban.

En vez de ambulancias, tanques

Ahmad me levantó y me cargó a la espalda mientras corría. Cada paso que daba me destrozaba el alma de dolor. Me llevó a su casa, a pocos metros de distancia. Esta casa también había sido alcanzada. El suelo estaba lleno de fragmentos de cristales y muebles que cortaban a cualquiera que entrara. Ahmad me dejó allí.

13/06/2024

QASSAM MUADDI
¿Qué viene después de la dimisión de Benny Gantz?

Qassam Muaddi, Mondoweiss, 12/6/2024
Traducido por Fausto Giudice, Tlaxcala

Qassam Muaddi (Nariño, 1988) es un periodista palestino residente en Ramala, de padre palestino procedente del pueblo cristiano de Taybeh y madre colombiana. Licenciado por el Centre Universitaire d'Enseignement du Journalisme de Estrasburgo y la Universidad de Birzeit, trabaja para varios medios. Con Falk Van Gaver, es autor de Terre sainte, guerre sainte? (Éditions de La Nef, 2011) y Taybeh, dernier village chrétien de Palestine (Éditions de l'Œuvre, 2012, Éditions du Rocher, 2015). @QassaMMuaddi  qassammuaddi  


 Ahora hay dos visiones diferentes en la política israelí sobre cómo debe progresar la guerra. Netanyahu querría que la guerra continuara sin fin, mientras que Gantz aceptaría un alto el fuego pero encontraría un pretexto para reanudar los combates una vez liberados los cautivos.

 

Hassan Bleibel, Libano, 2020

Transcurridos ocho meses de la guerra genocida de Israel contra el pueblo de Gaza, el gabinete de guerra israelí está empezando a desmoronarse. La dimisión del líder de la oposición Benny Gantz del gabinete el pasado domingo se produjo tras semanas de anticipación.

Gantz anunció su dimisión tras haber dado un ultimátum al primer ministro Netanyahu, para que presentara un plan de posguerra a mediados de mayo. En una declaración televisada, acusó a Netanyahu de impedir que Israel obtuviera una “victoria rea”" en la guerra contra Gaza obstruyendo decisiones importantes para su propio beneficio político.

Gantz expresó su apoyo a la propuesta usamericana de alto el fuego e intercambio de prisioneros y pidió elecciones anticipadas. También pidió a otros políticos que se retiraran del gabinete.

Hassan Bleibel, 2024

Otro de los miembros que también abandonó el gabinete fue Gadi Eisenkot, otra figura centrista del estamento militar israelí autor de la infame Doctrina Dahiya tras la guerra del Líbano de 2006. La presencia de Eisenkot y Gantz en el gabinete de guerra desde el comienzo de la guerra pretendía reflejar la unidad nacional al servicio del esfuerzo bélico. Ahora esa unidad parece estar deshaciéndose.

El mayor impacto de la dimisión de Gantz es que ahora hay dos visiones diferentes dentro de la política israelí sobre cómo debe terminar la guerra. La primera haría que la guerra continuara indefinidamente, con el objetivo inalcanzable de “destruir a Hamás” y rechazando cualquier interrupción, aunque fuera temporal, de los combates. Esta opción está representada por Netanyahu, con el apoyo entusiasta y estridente de ministros de la línea dura como Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir, que amenazan con retirarse y hundir el gobierno de coalición de derechas si termina la guerra.

14/03/2024

SUSAN ABULHAWA
Gaza: relatos de sobrevivientes del genocidio

A continuación se presentan dos nuevos artículos de Susan Abulhawa, recién llegada de Gaza, traducidos por Fausto Giudice, Tlaxcala. Un primer artículo se publicó aquí

El genocidio visto a ras de suelo: arena, mierda, carne putrefacta y chanclas desparejadas

Susan Abulhawa, The Electronic Intifada, 8-3-2024

Privados de acceso al mundo y cercados por alambre de espino y vallas eléctricas, los palestinos de Gaza solían respirar la majestuosidad de la tierra de Dios a orillas del Mediterráneo.

 

Preparación de una fosa común en Rafah, en el sur de la Franja de Gaza. Foto: Mohammed Talatene/DPA vía ZUMA Press

Aquí es donde las familias se divierten, donde los amantes estrechan sus lazos, donde los amigos se sientan en la arena y se hacen confidencias.

Es donde la gente va a reflexionar y contemplar un mundo tan poco amable con ellos.

Es donde iban a bailar, fumar shisha y crear recuerdos.

Pero hoy, estas costas son una tortura.

Como región costera, el suelo de Gaza es arenoso, incluso tierra adentro. Con casi el 75% de la población viviendo ahora en tiendas improvisadas, la arena se filtra por todas partes.

Está en la comida, la poca que hay, un grano no deseado en cada bocado. Se acumula en el pelo de todos, todo el tiempo.

Se cuela bajo el hiyab, que ahora las mujeres se ven obligadas a llevar todo el tiempo por falta de intimidad. El cuero cabelludo pica constantemente y la gente se afeita cada vez más la cabeza, una decisión especialmente dolorosa para las mujeres y las jóvenes, que es un detalle más de esta degradación deliberada de toda una sociedad.

Los afortunados que tienen acceso al agua potable pueden disfrutar de unas horas de respiro antes de que la autoridad de la arena se imponga de nuevo.

Donde hay arena, hay pequeños cangrejos de arena, y otros insectos les seguirán a medida que el clima se caliente.

Una amiga me envió fotos de lo que creía que era una erupción en las extremidades, con la esperanza de que pudiera consultar a los médicos por ella. Enseguida me di cuenta de que probablemente se trataba de picaduras de insectos, y dos médicos confirmaron mis sospechas.

Ella jura que limpiaba meticulosamente su cama todos los días, pero los médicos explican que estos insectos son demasiado pequeños para verse. Estos asaltantes microscópicos en su piel la han roto un poco, aunque ya había soportado lo insoportable: las bombas y balas indiscriminadas, la falta de todo, las escenas macabras casi diarias de muerte y desmembramiento, el zumbido constante de los drones, el deterioro de los miembros de la familia que necesitan medicinas no disponibles y la imposibilidad de volver a casa.

Humillación

Los detalles de una sociedad antigua reducida a las ambiciones primarias más básicas son dolorosos de observar. Una amiga que antes vivía en un bonito piso “inteligente” con instalaciones modernas, daba clases en la escuela primaria y dirigía programas de ocio extraescolar para niños, ahora organiza sus días en torno a dos horribles visitas a un retrete compartido por cientos de personas.

Es un agujero pútrido en el suelo, rematado por un cubo que corta la piel. No sabe adónde conduce, pero “no hay enuague, por supuesto”, dice.

Algunas personas hacen sus necesidades fuera del agujero, en el suelo de tierra, así que a veces tiene que pisar la mierda. El agujero tiene cuatro paredes de plástico, pero no techo, lo que añade una capa extra de humillación cuando llueve.

Las mañanas temprano son el mejor momento para ir, ya que la cola es más corta. Tiene cuidado con lo que come y bebe, por miedo a tener que ir en el momento equivocado.

Su hija de 6 años está aprendiendo a aguantar todo lo posible. Su hijo mayor puede acompañar a su padre al trabajo, donde hay aseos que funcionan, pero sólo se siente culpable cuando hace sus necesidades, me dice su madre.

Le traje algunos artículos básicos de aseo y casi lloró cuando tocó la loción para la piel.

“Siempre me digo que un día me despertaré y me daré cuenta de que todo ha sido un mal sueño”, dice.

Un camino espantoso

Es un sentimiento que he escuchado una y otra vez de diferentes personas en distintas partes de Gaza. La denigración de sus vidas ha sido tan aguda y tan rápida que la mente lucha por comprender la realidad.

“Nunca imaginé que viviría una vida así”, dice, antes de hacer una pausa para añadir: “Pero no creo que tenga derecho a quejarme, porque al menos mi familia sigue viva”.

Esto es también lo que he oído en varias ocasiones de los habitantes de Rafah.

Se sienten culpables por haber sobrevivido hasta ahora. Se sienten privilegiados porque tienen comida, aunque sea rancia o inadecuada, mientras sus amigos, vecinos y otros familiares mueren lentamente de hambre en las regiones del norte y el centro.

Son personas que han caminado durante horas con las manos en alto, burladas y escarnecidas por los soldados israelíes, aterrorizadas ante la idea de mirar hacia abajo o agacharse para recoger algo o arriesgarse a que les disparara un francotirador, que es lo que les ocurrió a muchos de ellos. Casi todos sufrieron el saqueo de sus pertenencias por parte de los soldados, que ensuciaron la carretera con todo lo que no querían.

“Mis hijos también vieron cadáveres y partes de cuerpos humanos al borde de la carretera, en diversos estados de descomposición. ¿Qué van a hacer esas imágenes en sus cabezas?”

Su hijo de 8 años perdió su shibshib (chancla) izquierda mientras caminaban por el terrible sendero, pero tuvo que seguir andando con el único zapato que le quedaba, ya que mirar hacia abajo o, peor aún, agacharse, podría haberle matado.

Aunque se mantuvo estoico ante un terror inimaginable, fue la pérdida de su chancla lo que le desquició. Lloraba sin cesar, rechazando el shibshib de su madre, hasta que otro refugiado que caminaba junto a ellos, con las manos levantadas por el mismo miedo, consiguió arrastrar hasta él un shibshib usado por el camino.

“Afortunadamente, era un pie izquierdo, así que encontró un par, aunque no fueran iguales”, dice su madre.

 

Una historia de amor y resistencia

Susan Abulhawa, The Electronic Intifada 12/3/2024

Layan yace en una cama de hospital, sus miembros rotos y quemados han sido reconstruidos utilizando varillas de metal para su fijación externa, injertos de piel y vendajes.

 

El amor perdurará a pesar de toda la destrucción infligida por Israel. Foto Omar Ashtawy/APA images

Sus heridas son tales que Layan (nombre ficticio) está inmovilizada en decúbito prono y sólo puede moverse girando la cabeza de un lado a otro, un medio giro que le permite ver la pared, la sábana de la cama y una habitación llena de otras mujeres -como ella- cuyas vidas y cuerpos han quedado destrozados para siempre por las bombas y las balas israelíes.

Una mujer duerme en el suelo junto a la cama de Layan para cuidarla, porque el hospital no tiene personal y se queda sin aliento. La llamaré Jada.

Enseguida me doy cuenta de que son de la misma familia, ambas veinteañeras. “Hermanas”, me confirman.

Incluso en su peor momento, son increíblemente bellas. Por su propia seguridad, no describiré sus características físicas, pero poseen otro tipo de belleza que sólo se puede sentir.

Está en la forma en que se cuidan con ternura, bromeando y riendo en un mundo que les fabrica constantemente la miseria.

Es la forma en que me acogieron en su círculo íntimo, la forma en que esperaban a que les visitara cada día y la forma en que acabaron confiándome una información preciosa, que ahora me han permitido contar.

Nada se publicará sin su consentimiento previo. Los detalles identificativos se cambian o se omiten, aunque sólo sea una historia de amor, porque incluso el amor palestino se percibe como una amenaza.

No se trata de una historia de amor extraordinaria, ni del tipo de drama prohibido propio de las obras y películas de Shakespeare.

De hecho, es una situación lo suficientemente común como para calificarla de aburrida. Salvo que el amor de la vida de Layan, su amado esposo Laith (nombre ficticio), es un luchador de la resistencia palestina, un grupo tan vilipendiado y deshumanizado en el discurso popular occidental que a la mayoría de la gente le cuesta imaginar que tenga sensibilidad o capacidad para amar.

Jada masajea el cuello y los hombros de Layan mientras yo sostengo frente a ella el teléfono móvil que comparten, navegando por las fotos que Layan me indica.

Son fotos de su vida con Laith en los buenos tiempos. Reuniones familiares, salidas a la playa, abrazos cariñosos, poses felices, selfies sonrientes.

Me doy cuenta de que ambas mujeres han adelgazado mucho, e imagino que Laith aún más. En las fotos, es guapo, con ojos amables que destilan generosidad.

La forma en que mira a Layan en algunas de las fotos es abrumadoramente tierna.

“Retrocede una foto", me dice Layan. “Es el día que nos prometimos” y unas fotos más adelante, “fue durante nuestra luna de miel”.

Quiere contarme cada detalle de aquellos días y escucho con placer, viendo cómo su rostro se abre al sol de los recuerdos que habitan y animan su cuerpo mientras habla.

Se parecen a cualquier otra pareja joven: profundamente enamorados, llenos de sueños y esperanzas. Habían ahorrado para construir una modesta casa en su parcela familiar, pidiendo prestada al banco una suma considerable para completar la obra.

Layan y Laith pasaron más de un año eligiendo los azulejos, los muebles de cocina y otros acabados. Un día, Laith llegó a casa con un gato que había rescatado de la calle.

Una semana después, trajo a casa un gato herido. “No podía dejarlo sufrir y morir”, le dijo a Layan cuando ella protestó.

El hombre que Layan describe es un marido cariñoso que le escribía cartas de amor y dejaba notas divertidas por la casa para que ella las encontrara mientras él estaba en el trabajo, todas ellas guardadas en una caja de plástico morada con cartas de amor más largas entre ellas.

Describe a un hijo y hermano devoto que visitaba a su madre todos los días y apoyaba a sus hermanos en todas las pruebas de la vida; a un tío divertido y adorado por sus sobrinos; a un cuidador y protector natural que alimentaba y daba de beber a los animales callejeros; a un hombre arraigado en los valores islámicos de misericordia y justicia; a un hijo de la patria que tomó las armas desinteresadamente para liberar a su país de los crueles colonizadores extranjeros.

Esta es una familia resueltamente comprometida con la liberación nacional, dispuesta a sacrificarse por nuestra patria común, por la simple dignidad de rezar en la mezquita de Al-Aqsa y caminar por las colinas de sus antepasados.

Una fe profunda

La pareja ha intentado sin éxito concebir un hijo, y a Layan le preocupa no tenerlo todavía. Pero enseguida se sacude la decepción, sometiéndose a la voluntad de Dios.

“Alhamdulillah”, dice.

Todo el mundo vuelve a esta frase. Dios tiene un plan para todos y quiénes somos nosotros para cuestionarlo, dice.

Esta es una familia profundamente religiosa en una sociedad ya profundamente arraigada en la fe.

“Pero estamos hartos”, añaden a veces. “Es mucho”.

“Alhamdulillah”, otra vez.

Pero yo estoy enfadada y a menudo expreso el deseo de venganza de Dios. Ellas lo hacen.

“Dios les pedirá cuentas a su debido tiempo”, dice Layan.

Llevaban menos de un año viviendo en su nueva casa cuando Israel empezó a bombardear Gaza. “Apenas tuve tiempo de disfrutarla”, explica Layan.

No sabían lo que iba a ocurrir aquel día, pero Laith sabía que tenía que poner a salvo a su familia antes de coger su arma y lanzarse a la batalla. Le hizo prometer a Layan que se llevaría a sus dos gatos.

“No es el momento para esto”, dijo ella. Pero él no estuvo de acuerdo.

“Son almas que estamos protegiendo. No sobrevivirán solos”, dijo.

Le besó la frente, una afirmación de amor y devoción inviolables.

Besó sus labios, sus mejillas, su cuello. Y ella le besó con las mismas fuerzas que se agitaban en su interior.

Se besaron durante mucho tiempo, prometiendo volver a verse, por voluntad de Dios, si no en esta vida, al menos en el más allá. Layan, entre lágrimas, rezaba por su seguridad, implorando constantemente a Dios que protegiera a su amado.

Seguía rezando a diario por él cuando la conocí, cinco meses después de aquella dolorosa despedida. Había oído que los israelíes lo habían capturado, pero no sabía si estaba vivo o muerto.

Yo comprendía, como estoy segura de que ella también, que al menos lo habían torturado y que probablemente lo seguían torturando, pero no hablábamos de ello, por miedo a que el mero hecho de hablar de eso lo hiciera revivir.

Poco después de separarse, Israel redujo su nueva casa a escombros en cuestión de segundos. Layan volvió semanas después para ver qué podía rescatar de sus vidas.

Milagrosamente, la caja de plástico morado que contenía sus cartas de amor había sobrevivido al aplastamiento de todo lo que poseían.

Rescatadas de los escombros

Las hermanas y su familia se pusieron a salvo varias veces, cada vez llevándose a los gatos, hasta que la casa en la que vivían fue alcanzada por un misil. Era de noche y la mayoría de los habitantes del tercer piso ya dormían.

Jada estaba sentada junto a su madre, charlando como solían hacer antes de acostarse. No oyó el misil. De hecho, casi todo el mundo dice que la gente que está dentro de una casa atacada no oye la bomba. Dicen que, si puedes oírla, es que estás lo suficientemente lejos.

En cambio, Jada describió haber visto un destello de luz roja antes de sentir un peso en la espalda. Su brazo se retorció de forma extraña alrededor de su cuello y por encima de su cabeza.

Pero no se oía nada, hasta que empezó a oír el crujido de los escombros al caer. Vio cómo sus extremidades rebotaban bajo el peso del hormigón roto al golpear y retorcer sus piernas delante de ella.

El polvo le quemaba y le cegaba los ojos. Intentó tantear el terreno en busca de su madre, pero no estaba segura de que su mano se moviera realmente.

Gritó “Ummi [mamá]”, pero no obtuvo respuesta.

Había pronunciado la shahada, el último testamento de un musulmán ante Dios al acercarse la muerte. Pero seguía viva, y pronto oiría a su hermano menor Qusai (nombre ficticio) gritar: “¿Hay alguien vivo?”

Layan vivió este momento de forma diferente. Ella oyó el misil.

Por regla general, hace un ruido sordo cuando parte el aire, seguido de un estampido cuando impacta. Layan oyó la explosión y esperó el estampido, que nunca llegó, desconcertándola.

En su lugar, un zumbido en los oídos perturbó sus pensamientos. Tenía la boca llena de grava y tierra que se esforzaba por escupir.

Intentó moverse, pero no pudo, y en ese momento se dio cuenta de que estaba enterrada bajo los escombros. Pronunció la shahada y esperó la muerte, entonces oyó la voz de su hermano Qusai que gritaba: “¿Hay alguien vivo?”

Ella gritó: “¡Estoy aquí! Estoy viva”, pero no oía su propia voz. Aterrorizada, intentó llamar de nuevo, pero no pudo oírse a sí misma, insegura de si estaba viva o muerta.

Rezó de nuevo la shahada y llamó a su hermano. El zumbido de sus oídos se desvaneció, dando paso a un aterrador silencio interior.

Podía oír el movimiento de los rescatadores, pero no su propia voz, y pensó que se había quedado muda. Imaginó una muerte lenta bajo los escombros, sola en el frío y la oscuridad, sin que nadie pudiera oír sus gritos para salvarla.

“Debí desmayarme”, dice, “porque lo siguiente que supe fue que varios rescatadores estaban sacando mi cuerpo de entre los escombros”.

“Todo nuestro mundo”

Varios miembros de su familia cayeron mártires aquel día. Israel asesinó a dos hermanos y hermanas de Layan, a primos, tíos y tías, a sus cónyuges e hijos, a los dos gatos que Layan había prometido proteger y, lo más doloroso de todo, a su madre.

“Lo era todo para nosotros"” me dicen Layan y Ghada. Me enseñan fotos de ella, la querida matriarca en el centro y cabeza de su unida familia.

Ghada a veces la llama en sueños, despertando a las demás mujeres en la habitación del hospital.

Una vez más, lo único que sobrevivió a la segunda bomba fue la caja de plástico morado que contenía sus cartas y notas de amor.

“Dios perdonó nuestras cartas porque nuestro amor es real, no sólo una bomba, sino dos”, dice, antes de añadir: “Sólo quiero saber que él está bien”.

A la semana de mi estancia en Gaza, me llamaron a su rincón de la habitación del hospital en cuanto entré después de un largo día en otro lugar de Gaza. Ambas estaban encantadas, con una sonrisa en sus hermosos rostros.

“Llevamos todo el día esperando para darte la buena noticia”, me dicen, y yo estoy emocionada y curiosa por oírla.

Ella me hace señas para que me acerque. Acerco la oreja a su cara y me susurra: “Laith está vivo. Está en la prisión de [nombre oculto]”.

Me llena de alegría saber que este hombre al que nunca he conocido está vivo, e imploro a Dios que lo proteja y lo traiga de vuelta a Layan. Rezo para que se reúnan y me siento honrada de que se me haya permitido compartir este raro momento de alivio y esperanza en estos momentos.

La televisión israelí emitió recientemente vídeos de una prisión desconocida en los que se mostraban abusos y torturas sistemáticas a palestinos que habían secuestrado. Me pregunté si Laith era uno de los hombres obligados a adoptar posturas degradantes mientras los israelíes hablaban de ellos como si fueran alimañas.

Pienso en Laith cuando leo los relatos de la propaganda occidental sobre las violaciones masivas cometidas por Hamás. Sé que están repitiendo mentiras sionistas, no sólo porque no ofrecen pruebas, sino también porque periodistas honestos de todo el mundo han desmontado sus historias, especialmente el vergonzoso artículo del New York Times del que fue coautora una ex oficial militar israelí a la que le gustaban los comentarios genocidas en las redes sociales, uno de los cuales decía que Israel debería “convertir Gaza en un matadero”.

En el fondo sé que son mentiras porque, como la mayoría de los palestinos, comprendemos los valores que mueven a Hamás.

Podemos criticar a Hamás en muchos aspectos, y muchos lo hacen. Pero la violación, y mucho menos la violación en grupo, no es uno de sus costumbres.

Incluso los mayores críticos de Hamás, incluido Israel, saben que tales actos nunca se tolerarían en sus filas y que, en el improbable caso de que ocurrieran, serían castigados con la expulsión y/o la muerte.

Que Dios proteja a Laith y a todos los combatientes palestinos que han dejado a sus familias para sacrificar sus vidas por nuestra liberación colectiva.

Seguiré imaginando un día en que él y Layan vuelvan a reunirse, su casa reconstruida en Gaza y llena del balbuceo de sus hijos y de las reuniones familiares de los que aún viven.