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30/11/2025

El 12 de noviembre de 2025, Aysam Jihan Ma’alla murió en Cisjordania. Tenía 13 años
Testimonio de una voluntaria durante la cosecha de aceitunas en Cisjordania

Anna Haunimat, 17-11-2025

Traducido por Tlaxcala

Aysam, que llevaba un mes en coma, murió a causa de un ataque de colonos israelíes y de la intervención del ejército israelí que lanzó gases lacrimógenos en Beita. Aysam Jihad Ma’alla tenía 13 años; participaba en la cosecha de aceitunas con su familia junto a otras familias agricultoras. No estaba en Gaza. Estaba en la zona B de Cisjordania, una zona que debía ser devuelta totalmente a l@s palestin@s cinco años después de los Acuerdos de Oslo (1993), pero que permanece bajo control civil de la Autoridad Palestina y control militar de las fuerzas de ocupación.

La geografía es un destino
—Ibn Jaldún

A principios de octubre de 2025 viajé a Cisjordania para participar en la campaña Harvest Zeytoun con la UAWC (Unión de Comités de Trabajo Agrícola). La UAWC, cuya sede se encuentra en Ramala, es una organización de apoyo a l@s agricultor@s de Cisjordania. Existe desde 1986 y está afiliada a Vía Campesina.

Esta Harvest Campaign se renueva desde hace varios años y

tiene como objetivo permitir a las familias palestinas asegurar su cosecha de aceitunas gracias a la presencia de voluntarios internacionales frente a las agresiones continuas de los colonos israelíes. “BAQA” (بقاء) —palabra árabe que significa “quedarse”— simbolizando firmeza, arraigo y resistencia frente a la ocupación y la violencia de los colonos, es el nombre de esta campaña.

Estos ataques buscan, ante todo, aterrorizar a las familias palestinas agricultoras, impedirles recolectar sus aceitunas y empujarlas a abandonar sus tierras. Una “ley israelí” estipula que cualquier tierra no cultivada durante dos años pasa a manos de las fuerzas de ocupación (+ 5.200 hectáreas confiscadas por Israel entre el 08/10/2023 y el 08/08/2025). También se trata de volver inutilizables estas tierras, en este caso los olivares. Olivos centenarios o replantados son arrancados o quemados por los colonos.

Los ataques violentos y cotidianos de los colonos contra familias palestinas se han intensificado en los últimos tres años (3.041 ataques, de los cuales 150 mortales, entre el 8/10/2023 y el 8/08/2025).
52.300 olivos han sido destruidos en Gaza y Cisjordania desde el 7 de octubre de 2023.
El 16/11/2025, según la agencia oficial palestina WAFA, Ibrahim al-Hamed, director general de Agricultura en Salfit, precisó que 135 olivos de al menos siete años y pertenecientes a tres agricultores habían sido arrancados en el valle de Qana, en la localidad de Deir Istiya. Durante los primeros ocho meses de 2025, el ejército israelí emitió órdenes para talar árboles en una superficie de 681 hectáreas en los territorios palestinos ocupados. El informe de octubre del Consejo sobre las violaciones israelíes indica que, con el apoyo del ejército israelí, los colonos arrancaron o dañaron 1.200 olivos en tierras palestinas. [fuente]

La destrucción casi sistemática de los olivos por parte de los colonos priva a l@s palestin@s de uno de sus recursos esenciales. Pero contribuye también —desde el establecimiento del proyecto sionista en Palestina— a la invención de un mito: el de una tierra sin pueblo, una tierra vacía. Desde 1948, borrar toda huella de una presencia anterior ha sido una constante (casi 500 aldeas arrasadas en 1948, 780.000 personas expulsadas de sus tierras, sin derecho al retorno).

Nosotros, l@s voluntari@s que partimos para intentar frenar esta máquina infernal de destrucción, salíamos cada mañana en pequeños grupos para ayudar a las familias a cosechar. Las jornadas sin intervención de los colonos, obligándonos a abandonar los olivares, eran pocas. Pero cuando se podía, ¡era una fiesta! Terminar la cosecha, comer juntas y juntos, a veces incluso bailar.


Pero también, muchas veces, había que trabajar rápido y en silencio, como pequeñas hormigas intentando engañar la vigilancia de los colonos y terminar antes de sus ataques. El jueves 16 de noviembre, fuimos a un olivar cerca de Huwara con una concejala municipal; una vez más, fuimos agredid@s y expulsad@s por colonos y ejército. Luego nos trasladamos a otro olivar en la entrada de Burin, situado junto a la carretera, frente a la casa del propietario. Muy pronto llegó el ejército y nos ordenó marcharnos, lo que hicimos, y fuimos a casa del agricultor, quien nos ofreció café, té y dulces. El ejército entró en su patio alegando que habíamos violado una zona militar.

Al cabo de una hora, el ejército volvió con un mapa que indicaba que ese olivar —incluida la casa del agricultor— había sido declarado zona militar esa misma mañana. Así avanza, silenciosamente, la colonización: declaración de tierras como zonas militares, confiscación, despojo y luego establecimiento de colonos en esas mismas tierras.


Durante las discusiones surrealistas con el ejército hablé con el propietario y con su esposa. Al ver su cinta bordada y al maravillarme de su belleza, llamó a sus hijas. Llegaron con magníficos vestidos bordados, un cinturón con los nombres de ciudades palestinas, y nos mostraron la página web de su tienda llena de maravillosas prendas bordadas. 

Hablábamos, en cierto modo, de ropa, mientras el ejército nos encerraba en su patio. Ella explicaba: «Para nosotras es cada día. Entran, registran la casa con el pretexto de que somos terroristas, a veces nos arrestan. Nosotras podemos vivir con todo el mundo—cristianos, judíos, musulmanes—pero ellos no, ellos no quieren. Quieren estar solos en nuestras tierras, por eso nos persiguen.» Luego llegó la policía; fuimos detenid@s después de haber sido filmad@s por un colono, por el ejército y por la policía. Abracé fuertemente a estas mujeres que bordan su historia. En el autobús, una soldada explicó que esa mujer era una terrorista, que yo había abrazado a una terrorista, que toda su familia lo era, incluido el niño que nos sirvió café y té y tenía cuidado de nosotras. Después me reuní con mis compañer@s en el autobús; el propietario y otro agricultor también fueron detenidos. Ese autobús acabaría llevándonos, después de tres interrogatorios, toma de huellas, fotografías, un viaje a la frontera jordana, un paso por la policía fronteriza, hasta la prisión de Givon. Solo salimos de allí el martes 21 de octubre por la mañana, acusad@s de violar una zona militar, de participar en un grupo terrorista y de alterar el orden público. Supimos que los dos agricultores también fueron liberados ese mismo día, sin que nunca llegáramos a saber dónde habían sido retenidos.

Si se trata, ciertamente, de un objetivo económico para asfixiar la economía palestina en Cisjordania, se trata también de alimentar la mentira histórica forjada por el sionismo y sus aliados occidentales desde su llegada a Palestina: «Palestina era un desierto; la convertimos en un vergel». La realidad es muy distinta, y lejos de un vergel, lo que han hecho es un infierno.


Los paisajes luminosos, los vergeles, los cultivos en terrazas con muros de piedra seca salpican las colinas, los valles y sus habitantes. En el valle de Qana, por ejemplo, se accede a los olivares por un camino pedregoso (porque la carretera está prohibida por los colonos), atravesando campos de naranjos, limoneros, granados y colmenas, donde aún pasan algunos rebaños de cabras.


Un campesino del Partido Comunista Palestino al que ayudábamos a recoger las aceitunas señalaba en la ladera opuesta la antigua casa de piedra donde vivió antes de 1967, fecha de la invasión de las fuerzas de ocupación israelíes. Nos explicó que antes de la invasión poseía una tarjeta de identidad jordana, pues ese territorio estaba bajo protectorado jordano. Le fue confiscada por las fuerzas de ocupación el mismo día de la invasión. «Jordania combatió un día», nos dijo, «luego se marcharon y nos dejaron bajo los bombardeos israelíes». Desde entonces, los asentamientos se han multiplicado y «vivimos bajo la amenaza permanente de los colonos», dijo señalando las construcciones que cubren las cimas de las colinas como manchas que se extienden como una gangrena imposible de eliminar.

Estaba en los olivares de Beita el 10 de octubre junto a familias palestinas y decenas de otras personas voluntarias internacionales para recoger aceitunas. Fui testiga de uno de estos ataques. Y escribo ahora con urgencia para que la muerte de Aysam, con 13 años, no sea un número más añadido a una lista interminable. No será la última, lo sé. Otras personas ya han muerto desde entonces. Más palestin@s seguirán muriendo bajo los ataques de colonos y las intervenciones de las fuerzas armadas de ocupación. Y otr@s palestin@s seguirán en sus tierras, como lo han hecho desde hace milenios.


Durante uno de estos ataques, en una breve calma, seguí ayudando a una familia palestina a recoger aceitunas, metiéndolas en sacos mientras hablaba con una mujer. Le pregunté, en un inglés rudimentario, qué pensaba del alto el fuego en Gaza. Tras responder riendo «your English is broken!», me dijo tranquilamente, mientras seguía recogiendo: «Nunca han respetado un solo acuerdo; no respetarán este». Luego el ataque de los colonos volvió a comenzar. Esta vez, más numerosos, más violentos. Bajaban corriendo las colinas gritando, apedreando, disparando, incendiando coches. Los niños gritaban «¡Allahu Akbar!» y sus voces rebotaban de colina en colina, como si sus gritos pudieran repeler la brutalidad en la que han nacido.

Gritos contra las masacres, gritos para proteger sus tierras, sus hermanos, hermanas, madres, padres. Gritos para defenderse de una barbarie que desde 1948 arrasa a sus familias, sus casas, sus cosechas, devora sus tierras y vomita muerte bajo la mirada indiferente, a veces falsamente incómoda y otras acusadora, de todos esos ojos occidentales que les ordenan callar, desaparecer, sin ruido, en silencio sobre todo.

En cuanto los colonos empezaron a bajar de las colinas, el ejército —que se había colocado entre ellos y nosotr@s— nos roció inmediatamente con gases lacrimógenos.

Aysam inhaló uno de esos gases. Y murió.

L@s palestin@s, para protegernos, nos pidieron que nos retiráramos. Recogiendo a toda prisa algunas últimas aceitunas y llenando algunos sacos más, empezamos a retirarnos, a disgusto, pero lo hicimos. Y mientras nos marchábamos, y un compañero voluntario me decía: «Nosotr@s, nos vamos; ell@s se quedan», coches destartalados llenos de palestinos llegaban para intentar frenar los ataques desatados de los colonos.

Ese día, los colonos quemaron una decena de coches, volcaron una ambulancia e hirieron a más de 35 personas, entre ellas un fotoperiodista palestino, corresponsal de la AFP [Jaafar Ashtiyeh]. Entonces decidí escribir, contar un poco de lo que vi, después de tantas y tantos otros, porque sí, aunque todo esto no sirva de nada, «habrá que hacer algo», como escribe Éric Vuillard en un libro reciente.

Aysam tenía 13 años. Ya no es el último muerto de las atrocidades cometidas por un Estado criminal concebido por Estados nacidos de genocidios y/o cómplices de ellos durante siglos. Pero será también uno de una larga lista de rostros, de vidas que no ceden, que se niegan a rendirse, que no se venden, que siguen gritando al mundo que seguirán viviendo. Que los olivos volverán a florecer, que la cosecha será hermosa y el aceite verde y brillante como la tierra que lo produjo.

Que estas palabras sean tantas manchas indelebles, rojo sangre, tatuadas en las frentes despreciativas, altivas e inhumanas de los genocidas y de sus cómplices en todo el mundo.

 

On November 12, 2025, Aysam Jihan Ma’alla died in the West Bank. He was 13 years old
Testimony from a volunteer during the olive harvest in the West Bank

Anna Haunimat, 17/11/2025

Translated by Tlaxcala

Aysam, who had been in a coma for a month, died as a result of an attack by Israeli settlers and the intervention of the Israeli army using tear gas in Beita. Aysam Jihad Ma’alla was 13 years old; he was helping his family harvest olives alongside other farming families. He was not in Gaza. He was in Zone B in the West Bank, an area that was supposed to be fully returned to the Palestinians five years after the Oslo Accords (1993), but which remains under the civil control of the Palestinian Authority and the military control of the occupying forces.

“Geography is destiny”
—Ibn Khaldun

I left at the beginning of October 2025 for the West Bank to take part in the Harvest Zeytoun campaign with UAWC (Union of Agricultural Work Committees). The UAWC, headquartered in Ramallah, is an organisation that supports farmers in the West Bank. It was founded in 1986 and is affiliated with Via Campesina.

This Harvest Campaign has been renewed for several years and

aims to enable Palestinian families to secure their olive harvests thanks to the presence of international volunteers in the face of continuous attacks from Israeli settlers. “BAQA” (بقاء) — an Arabic word meaning “to stay” — symbolising steadfastness, rootedness, and resistance in the face of occupation and settler violence, is the name given to this campaign.

These attacks aim first and foremost to terrorise Palestinian farming families, preventing them from harvesting olives and pushing them to abandon their land. An “Israeli law” states that land not cultivated for two years is transferred to the occupying forces (+ 5,200 hectares confiscated by Israel between 08/10/2023 and 08/08/2025). The aim is also to make these lands unusable, in this case, the olive groves. Centuries-old olive trees or newly planted ones are uprooted and burned by settlers.


Violent and daily attacks by settlers against Palestinian families have intensified over the past three years (3,041 incidents, including 150 fatal ones, between 8/10/2023 and 8/08/2025).
52,300 olive trees have been destroyed in Gaza and the West Bank since 7 October 2023.
On 16/11/2025, according to the official Palestinian news agency WAFA, Ibrahim al-Hamed, Director General of Agriculture in Salfit, stated that 135 olive trees, at least seven years old and belonging to three farmers, had been uprooted in the Qana Valley within the locality of Deir Istiya. In the first eight months of 2025, the Israeli army issued orders to cut down trees over an area of 681 hectares in the occupied Palestinian territories. The October report from the Council on Israeli Violations indicates that, with the support of the Israeli army, settlers uprooted or damaged 1,200 olive trees on Palestinian land. [source]

The almost systematic destruction of olive trees by settlers deprives Palestinians of one of their essential resources. But it also contributes — since the establishment of the Zionist project in Palestine — to the fabrication of a myth: a land without people, an empty land. Since 1948, erasing all traces of prior presence has been a constant (nearly 500 villages were razed in 1948, 780,000 people expelled from their lands, without the right of return).

We volunteers, who set out hoping to try to slow this infernal machine of destruction, left every morning in small groups to help families with the harvest. Days without settler intervention forcing us to abandon the olive groves were rare. But when it was possible, it was a celebration! Finishing the harvest, eating together, sometimes even dancing.


But often too, we had to work quickly and in silence, like little ants trying to elude the settlers’ vigilance and finish before their attacks. On Thursday 16 November, we went to an olive grove near Huwara with a municipal councillor; once again we were attacked and chased away by settlers and the army. We then moved to another olive grove at the entrance to Burin, located right by the roadside, opposite the owner’s house. The army arrived very quickly and ordered us to leave, which we did, and we went to the farmer’s house, where he offered us coffee, tea, and pastries. The army entered his courtyard, claiming that we had violated a military zone.

After an hour, the army returned with a map indicating that this olive grove — including the farmer’s house — had been declared a military zone that very morning. This map, produced after a short while, showed how colonisation advances quietly: declaring land as military zones, confiscation, dispossession, and then the establishment of settlers on that same land.


During the absurd discussions with the army, I spoke with the owner and his wife. Seeing her embroidered headband and admiring its beauty, she called her daughters. They arrived with magnificent embroidered dresses, a belt embroidered with the names of Palestinian cities, and showed us the website of their shop filled with beautiful embroidered garments. 

We were “talking clothes,” in a sense, while the army penned us in their courtyard. She explained: “For us, this is every day. They enter, search the house claiming we are terrorists, sometimes arrest us. We can live with everyone — Christians, Jews, Muslims — but them, no, they don’t want to. They want to be alone on our land, that’s why they chase us away.” Then the police arrived; we were taken away after being thoroughly filmed by a settler, the army, and the police. I hugged tightly these women who embroider their history. In the bus, a female soldier explained that this woman was a terrorist, that I had hugged a terrorist, that her whole family was, including the little boy who had served us coffee and tea and taken care of us. Then I joined my comrades on the bus; the owner and another farmer were also arrested. That bus ultimately took us — after three interrogations, fingerprinting, photographs, a trip to the Jordanian border, a stop at border police, and finally to Givon prison — from which we were only released on Tuesday 21 October in the morning, accused of violating a military zone, participating in a terrorist group, and disturbing public order. We later learned the two farmers were also released the same day, though we never knew where they had been held.


If this is indeed an economic strategy to suffocate the Palestinian economy in the West Bank, it is just as much about fuelling the historical lie forged by Zionism and its Western allies: “Palestine was a desert; we made it a garden.” The reality is quite different: instead of an orchard, they have made it a hell.


The luminous landscapes, orchards, terraced fields with dry-stone walls cover the hills and valleys and their inhabitants. In the Qana Valley, for example, one reaches the olive groves by a stony path (because the road is forbidden by the settlers), walking through fields of orange, lemon, and pomegranate trees, and beehives, where a few goat herds still pass.



A farmer from the Palestinian Communist Party whom we helped with the olive harvest pointed to a stone house on the opposite hillside where he lived before 1967, the date of the Israeli occupation forces’ invasion. He explained that before the invasion he held a Jordanian identity card because the territory was under Jordanian mandate. It was confiscated by the occupation forces on the day of the invasion. “Jordan fought for one day,” he told us, “then they left and abandoned us under Israeli bombardment.” Since then, the settlements have multiplied, and “we live under the permanent threat of the settlers,” he said, pointing to the buildings that cover the hilltops, spreading like a gangrene impossible to eliminate.

I was in the olive groves in Beita on 10 October, alongside Palestinian families and dozens of other international volunteers. I witnessed one of these attacks. So I write now in urgency so that Aysam’s death at 13 years old does not become just another number added to an endless list. It will not be the last, I know. Others have already died since. Other Palestinians will continue to die under settler attacks and interventions by the occupying armed forces. And other Palestinians will remain on their land, as they have done for millennia.


During these attacks, in a brief lull, I kept helping a Palestinian family gather olives, putting them into sacks, talking with a woman. I asked her in rudimentary English what she thought of the ceasefire in Gaza. After laughing and saying, “Your English is broken!”, she calmly continued picking olives and said: “They have never respected a single agreement; they will not respect this one.” Then the settlers attacked again. This time, more numerous, more violent. They came charging down the hills screaming, stoning, shooting, burning cars. Children were shouting “Allahu Akbar!” and their voices echoed from hill to hill, as if their cries could push back the savagery in which they were born.

Cries against massacres, cries to protect their land, their brothers, sisters, mothers, fathers. Cries to defend themselves from a barbarism which, since 1948, has taken their families, homes, harvests, engulfed their land, and spewed death under the indifferent, sometimes falsely embarrassed, often accusatory gaze of Western eyes urging them to be silent, to disappear quietly, silently, above all.

As soon as the settlers began running down the hills, the army — which had positioned itself between the settlers and us — immediately fired tear gas at us.


Aysam inhaled the gas. It killed him.

The Palestinians, trying to protect us, asked us to withdraw. Hastily gathering a few more olives and filling a few more sacks, we began to leave — reluctantly, but we did. As we left, and as a fellow volunteer told me, “We are leaving; they remain,” rickety cars full of Palestinians arrived, trying to slow the frenzied settler attacks.

That day, settlers burned about ten cars, overturned an ambulance, and injured more than 35 people, including a Palestinian photojournalist and AFP correspondent [[Jaafar Ashtiyeh]. So I am writing now, to tell a little of what I saw — after many others, certainly — because yes, even if all this changes nothing, “something will have to be done,” as Éric Vuillard put it in a recent book.


Aysam was 13 years old. He is already no longer the last victim of the atrocities committed by a criminal state conceived by states born of genocide and/or complicit in them for centuries. But he will also be part of a long list of faces, of lives that do not give in, that refuse to surrender, that do not sell out, that continue to shout to the world that they will live. That the olive trees will bloom again, that the harvest will be beautiful, and that the oil will be green and bright like the land that produced it.


May these words be as many indelible stains, blood red, tattooed on the disdainful, still haughty, and inhuman foreheads of the genocidaires and their accomplices around the world.

 

29/11/2025

Le 12 novembre 2025, Aysam Jihan Ma’alla est mort en Cisjordanie. Il avait 13 ans
Témoignage d’une volontaire sur la récolte des olives en Cisjordanie

Anna Haunimat, 17/11/2025

Aysam, dans le coma depuis un mois, est mort des suites de l’attaque de colons israéliens et de l’intervention de l’armée israélienne à coups de gaz lacrymogènes à Beita. Aysam Jihad Ma’alla avait 13 ans, il participait à la récolte des olives avec sa famille aux côtés d’autres familles d’agriculteurs-trices. Il n’était pas à Gaza. Il était en zone B en Cisjordanie. Cette zone,  qui devait être rendue totalement aux Palestinien.ne.s 5 ans après les accords d’Oslo (1993), se trouve sous contrôle civil de l’Autorité palestinienne et contrôle militaire des forces d’occupation.

« La géographie est un destin »

Ibn Khaldoun

Je suis partie début octobre 2025 en Cisjordanie, participer à la campagne Harvest Zeytoun avec l’UAWC (Union des Comités du Travail Agricole). L’UAWC, dont le siège est situé à Ramallah, est une organisation d’aide aux agriculteurs en Cisjordanie. Elle existe depuis 1986. Elle est affiliée à la Via Campesina.

Ce programme Harvest Campaign est renouvelé depuis

plusieurs années et vise à permettre aux familles palestiniennes d’assurer leurs récoltes d’olives grâce à la présence de volontaires internationaux face aux agressions continues des colons israéliens. « BAQA » (بقاء) — mot arabe signifiant « rester » — symbolisant la fermeté, l'enracinement et la résistance face à l'occupation et à la violence des colons, est le nom donné à cette campagne.

Ces attaques visent d’abord à terroriser les familles palestiniennes d’agriculteurs.trices afin de les empêcher de procéder à la récolte des olives et de les pousser à abandonner leurs terres. Une « loi israélienne » stipule qu’une terre non cultivée depuis deux ans, revient aux forces d’occupation (+ de 5200 hectares confisqués par Israël entre le 8/10/2023 et le 08/08/2025). Il s’agit aussi de rendre inutilisables ces terres, ici dans ce cas, les oliveraies. Des oliviers centenaires ou replantés sont arrachés, brûlés par les colons.



Les attaques violentes et quotidiennes des colons contre les familles palestiniennes se sont intensifiées depuis 3 ans (3041 dont 150 mortelles du 8/10/2023 au 8/08/2025). 52 300 oliviers ont été détruits à Gaza et en Cisjordanie depuis le 7 octobre 2023. Le 16/11/2025, selon l’agence officielle palestinienne WAFA, Ibrahim al-Hamed, directeur général de l’Agriculture à Salfit, a précisé que 135 oliviers, âgés d’au moins sept ans et appartenant à trois agriculteurs  ont été arrachés dans la vallée de Qana, au sein de la localité de Deir Istiya. Au cours des huit premiers mois de 2025, l’armée israélienne a émis des ordres pour couper des arbres sur une superficie de 681 hectares dans les territoires palestiniens occupés. Le rapport d’octobre du Conseil sur les violations israéliennes indique que, avec le soutien de l’armée israélienne, les colons ont arraché ou endommagé 1 200 oliviers sur les terres palestiniennes. [source]

La destruction quasi-systématique des oliviers par les colons, prive les Palestinienn.e.s d’une de leurs ressources essentielles. Mais contribue aussi, depuis l’établissement du projet sioniste en Palestine, à l’affabulation d’une terre sans peuple, d’une terre vide. C’est une constante depuis 1948 que d’effacer toute trace d’une présence antérieure à l’arrivée des colons. (Près de 500 villages ont été rasés en 1948, 780.000 personnes expulsées de leurs terres, sans droit au retour).

Nous autres volontaires parti.e.s pour tenter d’enrayer la machine infernale de destruction, nous partions tous les matins par petits groupes pour aider les familles à la récolte. Les cueillettes sans intervention des colons pour nous forcer à abandonner les oliveraies étaient peu nombreuses. Mais lorsque cela a été possible, c’était une fête ! Terminer la cueillette, manger ensemble, parfois même danser.


Mais souvent aussi, il fallait faire vite, en silence, comme autant de petites fourmis à l’œuvre pour tromper la vigilance des colons, terminer avant leurs attaques. Le jeudi 16 novembre, partis sur une oliveraie près de Huwara en présence d’une conseillère municipale, nous avons de nouveau été agressé.e.s et chassé.e.s par les colons et l’armée. Nous sommes allé.e.s dans une autre oliveraie à l’entrée de Burin, située juste en bordure de la route, en face de la maison du propriétaire. Très vite l’armée est arrivée et nous a sommé.e.s de partir, ce que nous avons fait et nous sommes allé.e.s chez l’agriculteur qui nous a invité.e.s dans sa maison à boire un café, un thé et nous a servi des petits gâteaux. L’armée a pénétré dans sa cour, prétextant une violation d’une zone militaire de notre part.

Au bout d‘une heure l’armée est revenue avec une carte, indiquant que cette oliveraie, maison de l’agriculteur inclue, avait été déclarée zone militaire le matin même. Comme le montre cette carte présentée au bout d’un petit moment. C’est ainsi qu’avance à bas bruit la colonisation. Déclaration de terres comme zones militaires, confiscation, spoliation puis établissement de colons sur ces mêmes terres.


Durant les discussions lunaires avec l’armée, j’ai discuté avec le propriétaire, avec sa femme. En voyant son bandeau brodé et comme je m’extasiais sur la beauté de ce bandeau, elle a appelé ses filles. Elles sont arrivées avec de magnifiques robes brodées, une ceinture brodée avec les noms des villes de Palestine, nous montrant le site de sa boutique remplie de merveilleuses tenues brodées. 



Nous parlions chiffons en quelque sorte, pendant que l’armée nous nassait dans leur cour, et elle expliquait : « pour nous c’est tous les jours, ils entrent, ils fouillent la maison au prétexte que nous sommes des terroristes, parfois nous arrêtent. Nous, nous pouvons vivre avec tout le monde, les chrétiens, les juifs, les musulmans, mais eux, non, ils ne veulent pas. Ils veulent être seuls sur nos terres c’est pour cela qu’ils nous pourchassent ». Puis la police est arrivée, nous avons été embarqué.e.s après avoir été dûment filmé.e.s par un colon, par l’armée et la police. J’ai serré très fort dans mes bras ces femmes brodeuses de leur histoire. Dans le bus une soldate expliquera que cette femme est une terroriste, que j’avais serré dans mes bras une terroriste, que toute sa famille l’est, y compris le petit garçon qui nous servait du café, du thé et prenait soin de nous. Puis j’ai rejoint mes camarades dans le bus, le propriétaire et un autre agriculteur ont été embarqués eux aussi. Ce bus qui finirait par nous conduire après 3 interrogatoires, des prises d’empreintes, de photos, un aller à la frontière jordanienne, un passage à la police des frontières, pour finir dans la prison de Givon. Prison de laquelle, nous ne sortirions que le mardi 21 octobre au matin sous l’accusation de violation de zone militaire, de participation à un groupe terroriste et de trouble à l’ordre public. Nous avons appris que les deux agriculteurs avaient été eux aussi libérés le même jour, sans que jamais nous ne sachions où ils étaient enfermés.


S’il s’agit donc bien d’un enjeu économique visant à l’asphyxie de l’économie palestinienne en Cisjordanie, il s’agit tout autant d’alimenter le mensonge historique forgé par le sionisme et ses alliés occidentaux depuis son arrivée en Palestine, « la Palestine était un désert nous en avons fait un verger ». La réalité est tout autre et en fait de verger, ils en ont fait un enfer.


Les paysages lumineux, les vergers, les cultures en terrasses aux murs de pierres sèches, parsèment les collines, les vallées, leurs habitant.e.s. Dans la vallée de la Qana, par exemple, on accède aux oliveraies par un chemin caillouteux (car la route est interdite par les colons), en traversant des champs d’orangers, citronniers, grenadiers, de ruches, là où quelques troupeaux de chèvres passent encore.



Un paysan du parti communiste palestinien que nous aidons à ramasser les olives,  désigne sur le versant opposé de la colline, l’ancienne maison en pierre où il a vécu  avant 1967, date de l’invasion des forces d’occupation israélienne. Il nous explique qu’avant l’invasion, il possédait une carte d’identité jordanienne, car ce territoire était sous protectorat jordanien. Elle lui a été confisquée par les forces d’occupation, le jour de l’invasion. La Jordanie a combattu une journée, nous dit-il, puis ils sont  partis et nous ont laissés sous les bombardements israéliens. Depuis, les colonies se  sont multipliées et nous vivons sous la menace permanente des colons, dit-il en montrant les constructions qui couvrent les hauts des collines telles des taches qui s’étendent comme une gangrène impossible à éliminer.

J’étais dans les oliveraies à Beita le 10 octobre, aux côtés de familles palestiniennes avec des dizaines d’autres volontaires internationaux pour ramasser des olives. J’étais présente lors d’une de ces attaques. Alors j’écris comme une urgence pour que la mort d’Aysam à 13 ans ne soit pas un nombre supplémentaire ajouté à une liste sans fin. Ce ne sera pas la dernière, je le sais, d’autres sont déjà mort.e.s depuis. D’autres Palestinien.ne.s mourront encore sous les attaques des colons et les interventions des forces armées d’occupation. Et d’autres Palestinien.ne.s resteront sur leurs terres comme iels le font depuis des millénaires.


Lors de ces attaques, pendant une accalmie, j’ai continué à aider une famille palestinienne à ramasser les olives, à les mettre en sacs, tout en discutant avec une femme. Je lui demandais dans un anglais rudimentaire, ce qu’elle pensait du cessez-le-feu à Gaza. Après m’avoir répondu en riant « your english is broken ! », elle m’a dit tranquillement en continuant à ramasser les olives : «  ils n’ont jamais respecté un seul accord, ils ne respecteront pas celui-là ». Puis l’attaque des colons a repris. Cette fois-ci, plus nombreux, plus violents. Ils dévalaient les collines en hurlant, caillassant, tirant, brûlant les voitures. Les enfants criaient « Allahou Akbar !» et leurs voix rebondissaient de colline en colline comme si leurs cris pouvaient repousser cette sauvagerie dans laquelle ils sont nés.

Des cris contre des massacres, des cris pour protéger leurs terres, leurs frères, leurs sœurs, leurs mères, leurs pères. Des cris pour se défendre d’une barbarie qui depuis 1948, emporte leurs familles, leurs maisons, leurs récoltes, engloutit leurs terres, vomit la mort, sous l’œil indifférent, parfois faussement gêné, quand il n’est pas accusateur, sous tous ces yeux occidentaux leur intimant l’ordre de se taire, de disparaître, sans bruit, en silence surtout.

Dès que les colons ont commencé à dévaler les collines, l’armée qui s’était placée entre les colons et nous, nous ordonnant de partir, nous a tout de suite arrosé.e.s de gaz lacrymogènes.


Aysam a respiré un de ces gaz, il en est mort.

Les Palestinien.ne.s, pour nous protéger, nous ont demandé de nous retirer. Ramassant à la hâte quelques dernières olives et remplissant encore quelques sacs, nous avons commencé à nous retirer, à contre-cœur, mais nous l’avons fait, nous sommes parti.e.s, et tandis qu’un camarade volontaire me disait : « nous, nous partons, elleux restent », des voitures brinquebalantes remplies de Palestiniens arrivaient pour tenter de freiner les attaques des colons déchaînés.

Ce jour-là, les colons ont brûlé une dizaine de voitures, retourné une ambulance, fait plus de 35 blessés dont un photojournaliste palestinien correspondant de l’AFP. [Jaafar Ashtiyeh

Alors je me décide à écrire, raconter un peu de ce que j’ai vu, après tant d’autres certes, car oui, même si tout ça ne sert à rien, « il va bien falloir faire quelque chose »*

Aysam avait 13 ans. Il n’est déjà plus le dernier mort des atrocités commises par un État criminel conçu par des États nés de génocides et ou complices de ceux-ci depuis des siècles. Mais il sera aussi celui d’une longue liste de visages, de vies qui ne cèdent pas, qui refusent de se rendre, qui ne se vendent pas, qui continuent de crier à la face du monde, qu’iels vivront. Que les oliviers refleuriront, que la récolte sera belle et l’huile verte et brillante comme la terre qui l’a produite.

Que ces mots soient autant de taches indélébiles, rouge sang, tatouées sur les fronts méprisants, encore hautains et inhumains des génocidaires et de leurs complices du monde entier.
Eric Vuillard in « Sur cette terre, il y a ce qui mérite vie, 17 écrivains pour la Palestine », Ed. Seuil, oct. 2025