Anna Haunimat,
17-11-2025
Traducido por Tlaxcala
Aysam, que llevaba un mes en coma, murió a causa de un ataque de colonos israelíes y de la intervención del ejército israelí que lanzó gases lacrimógenos en Beita. Aysam Jihad Ma’alla tenía 13 años; participaba en la cosecha de aceitunas con su familia junto a otras familias agricultoras. No estaba en Gaza. Estaba en la zona B de Cisjordania, una zona que debía ser devuelta totalmente a l@s palestin@s cinco años después de los Acuerdos de Oslo (1993), pero que permanece bajo control civil de la Autoridad Palestina y control militar de las fuerzas de ocupación.
“La geografía es un destino”
—Ibn Jaldún
A principios de octubre de 2025 viajé a
Cisjordania para participar en la campaña Harvest Zeytoun con la UAWC (Unión de
Comités de Trabajo Agrícola). La UAWC, cuya sede se encuentra en Ramala, es una
organización de apoyo a l@s agricultor@s de Cisjordania. Existe desde 1986 y
está afiliada a Vía Campesina.
Esta Harvest Campaign se renueva desde hace varios años y
tiene como objetivo permitir a las familias palestinas asegurar su cosecha de aceitunas gracias a la presencia de voluntarios internacionales frente a las agresiones continuas de los colonos israelíes. “BAQA” (بقاء) —palabra árabe que significa “quedarse”— simbolizando firmeza, arraigo y resistencia frente a la ocupación y la violencia de los colonos, es el nombre de esta campaña.
Estos ataques buscan, ante todo,
aterrorizar a las familias palestinas agricultoras, impedirles recolectar sus
aceitunas y empujarlas a abandonar sus tierras. Una “ley israelí” estipula que
cualquier tierra no cultivada durante dos años pasa a manos de las fuerzas de
ocupación (+ 5.200 hectáreas confiscadas por Israel entre el 08/10/2023 y el
08/08/2025). También se trata de volver inutilizables estas tierras, en este
caso los olivares. Olivos centenarios o replantados son arrancados o quemados
por los colonos.
Los ataques violentos y cotidianos de los
colonos contra familias palestinas se han intensificado en los últimos tres
años (3.041 ataques, de los cuales 150 mortales, entre el 8/10/2023 y el
8/08/2025).
52.300 olivos han sido destruidos en Gaza y Cisjordania desde el 7 de octubre
de 2023.
El 16/11/2025, según la agencia oficial palestina WAFA, Ibrahim al-Hamed,
director general de Agricultura en Salfit, precisó que 135 olivos de al menos
siete años y pertenecientes a tres agricultores habían sido arrancados en el
valle de Qana, en la localidad de Deir Istiya. Durante los primeros ocho meses
de 2025, el ejército israelí emitió órdenes para talar árboles en una
superficie de 681 hectáreas en los territorios palestinos ocupados. El informe
de octubre del Consejo sobre las violaciones israelíes indica que, con el apoyo
del ejército israelí, los colonos arrancaron o dañaron 1.200 olivos en tierras
palestinas. [fuente]
La destrucción casi sistemática de los
olivos por parte de los colonos priva a l@s palestin@s de uno de sus recursos
esenciales. Pero contribuye también —desde el establecimiento del proyecto
sionista en Palestina— a la invención de un mito: el de una tierra sin pueblo,
una tierra vacía. Desde 1948, borrar toda huella de una presencia anterior ha
sido una constante (casi 500 aldeas arrasadas en 1948, 780.000 personas
expulsadas de sus tierras, sin derecho al retorno).
Nosotros, l@s voluntari@s que partimos
para intentar frenar esta máquina infernal de destrucción, salíamos cada mañana
en pequeños grupos para ayudar a las familias a cosechar. Las jornadas sin
intervención de los colonos, obligándonos a abandonar los olivares, eran pocas.
Pero cuando se podía, ¡era una fiesta! Terminar la cosecha, comer juntas y
juntos, a veces incluso bailar.
Pero también, muchas veces, había que
trabajar rápido y en silencio, como pequeñas hormigas intentando engañar la
vigilancia de los colonos y terminar antes de sus ataques. El jueves 16 de
noviembre, fuimos a un olivar cerca de Huwara con una concejala municipal; una
vez más, fuimos agredid@s y expulsad@s por colonos y ejército. Luego nos
trasladamos a otro olivar en la entrada de Burin, situado junto a la carretera,
frente a la casa del propietario. Muy pronto llegó el ejército y nos ordenó
marcharnos, lo que hicimos, y fuimos a casa del agricultor, quien nos ofreció
café, té y dulces. El ejército entró en su patio alegando que habíamos violado
una zona militar.
Al cabo de una hora, el ejército volvió
con un mapa que indicaba que ese olivar —incluida la casa del agricultor— había
sido declarado zona militar esa misma mañana. Así avanza, silenciosamente, la
colonización: declaración de tierras como zonas militares, confiscación,
despojo y luego establecimiento de colonos en esas mismas tierras.
Hablábamos, en cierto modo, de ropa,
mientras el ejército nos encerraba en su patio. Ella explicaba: «Para nosotras
es cada día. Entran, registran la casa con el pretexto de que somos
terroristas, a veces nos arrestan. Nosotras podemos vivir con todo el mundo—cristianos,
judíos, musulmanes—pero ellos no, ellos no quieren. Quieren estar solos en
nuestras tierras, por eso nos persiguen.» Luego llegó la policía; fuimos
detenid@s después de haber sido filmad@s por un colono, por el ejército y por
la policía. Abracé fuertemente a estas mujeres que bordan su historia. En el
autobús, una soldada explicó que esa mujer era una terrorista, que yo había
abrazado a una terrorista, que toda su familia lo era, incluido el niño que nos
sirvió café y té y tenía cuidado de nosotras. Después me reuní con mis compañer@s
en el autobús; el propietario y otro agricultor también fueron detenidos. Ese
autobús acabaría llevándonos, después de tres interrogatorios, toma de huellas,
fotografías, un viaje a la frontera jordana, un paso por la policía fronteriza,
hasta la prisión de Givon. Solo salimos de allí el martes 21 de octubre por la
mañana, acusad@s de violar una zona militar, de participar en un grupo
terrorista y de alterar el orden público. Supimos que los dos agricultores
también fueron liberados ese mismo día, sin que nunca llegáramos a saber dónde
habían sido retenidos.
Si se trata, ciertamente, de un objetivo
económico para asfixiar la economía palestina en Cisjordania, se trata también
de alimentar la mentira histórica forjada por el sionismo y sus aliados
occidentales desde su llegada a Palestina: «Palestina era un desierto; la
convertimos en un vergel». La realidad es muy distinta, y lejos de un vergel,
lo que han hecho es un infierno.
Los paisajes luminosos, los vergeles, los
cultivos en terrazas con muros de piedra seca salpican las colinas, los valles
y sus habitantes. En el valle de Qana, por ejemplo, se accede a los olivares
por un camino pedregoso (porque la carretera está prohibida por los colonos),
atravesando campos de naranjos, limoneros, granados y colmenas, donde aún pasan
algunos rebaños de cabras.
Un campesino del Partido Comunista
Palestino al que ayudábamos a recoger las aceitunas señalaba en la ladera
opuesta la antigua casa de piedra donde vivió antes de 1967, fecha de la
invasión de las fuerzas de ocupación israelíes. Nos explicó que antes de la
invasión poseía una tarjeta de identidad jordana, pues ese territorio estaba
bajo protectorado jordano. Le fue confiscada por las fuerzas de ocupación el
mismo día de la invasión. «Jordania combatió un día», nos dijo, «luego se
marcharon y nos dejaron bajo los bombardeos israelíes». Desde entonces, los
asentamientos se han multiplicado y «vivimos bajo la amenaza permanente de los
colonos», dijo señalando las construcciones que cubren las cimas de las colinas
como manchas que se extienden como una gangrena imposible de eliminar.
Estaba en los olivares de Beita el 10 de
octubre junto a familias palestinas y decenas de otras personas voluntarias
internacionales para recoger aceitunas. Fui testiga de uno de estos ataques. Y
escribo ahora con urgencia para que la muerte de Aysam, con 13 años, no sea un
número más añadido a una lista interminable. No será la última, lo sé. Otras
personas ya han muerto desde entonces. Más palestin@s seguirán muriendo bajo
los ataques de colonos y las intervenciones de las fuerzas armadas de
ocupación. Y otr@s palestin@s seguirán en sus tierras, como lo han hecho desde
hace milenios.
Durante uno de estos ataques, en una
breve calma, seguí ayudando a una familia palestina a recoger aceitunas,
metiéndolas en sacos mientras hablaba con una mujer. Le pregunté, en un inglés
rudimentario, qué pensaba del alto el fuego en Gaza. Tras responder riendo
«your English is broken!», me dijo tranquilamente, mientras seguía recogiendo:
«Nunca han respetado un solo acuerdo; no respetarán este». Luego el ataque de
los colonos volvió a comenzar. Esta vez, más numerosos, más violentos. Bajaban
corriendo las colinas gritando, apedreando, disparando, incendiando coches. Los
niños gritaban «¡Allahu Akbar!» y sus voces rebotaban de colina en colina, como
si sus gritos pudieran repeler la brutalidad en la que han nacido.
Gritos contra las masacres, gritos para
proteger sus tierras, sus hermanos, hermanas, madres, padres. Gritos para
defenderse de una barbarie que desde 1948 arrasa a sus familias, sus casas, sus
cosechas, devora sus tierras y vomita muerte bajo la mirada indiferente, a
veces falsamente incómoda y otras acusadora, de todos esos ojos occidentales
que les ordenan callar, desaparecer, sin ruido, en silencio sobre todo.
Aysam inhaló uno de esos gases. Y murió.
L@s palestin@s, para protegernos, nos
pidieron que nos retiráramos. Recogiendo a toda prisa algunas últimas aceitunas
y llenando algunos sacos más, empezamos a retirarnos, a disgusto, pero lo
hicimos. Y mientras nos marchábamos, y un compañero voluntario me decía: «Nosotr@s,
nos vamos; ell@s se quedan», coches destartalados llenos de palestinos llegaban
para intentar frenar los ataques desatados de los colonos.
Ese día, los colonos quemaron una decena
de coches, volcaron una ambulancia e hirieron a más de 35 personas, entre ellas
un fotoperiodista palestino, corresponsal de la AFP [Jaafar
Ashtiyeh]. Entonces decidí escribir, contar un poco de lo que vi,
después de tantas y tantos otros, porque sí, aunque todo esto no sirva de nada,
«habrá que hacer algo», como escribe Éric Vuillard en un libro reciente.
Aysam tenía 13 años. Ya no es el último
muerto de las atrocidades cometidas por un Estado criminal concebido por
Estados nacidos de genocidios y/o cómplices de ellos durante siglos. Pero será
también uno de una larga lista de rostros, de vidas que no ceden, que se niegan
a rendirse, que no se venden, que siguen gritando al mundo que seguirán
viviendo. Que los olivos volverán a florecer, que la cosecha será hermosa y el
aceite verde y brillante como la tierra que lo produjo.
Que estas palabras sean tantas manchas
indelebles, rojo sangre, tatuadas en las frentes despreciativas, altivas e
inhumanas de los genocidas y de sus cómplices en todo el mundo.








