Frederic Wehrey (bio),
The New York Review of
Books, 18/12/2021
Traducido del inglés por S. Seguí, Tlaxcala
La revuelta bereber de la década de 1920, que fue un movimiento
anticolonial que sirvió de modelo para los que le siguieron, sigue resonando a
lo largo de un siglo de historia.

El grabado representa a al-Jattabi a caballo liderando a
los rebeldes del Rif contra las fuerzas españolas, Marruecos, años 20; Apic/Getty
Images
Una noche del pasado mes de octubre, tomé un autobús en Rabat, la capital
marroquí, para un trayecto nocturno hasta la costa mediterránea. Tras unas
horas, nos adentramos en las montañas del Rif, con el vehículo gimiendo y
balanceándose en las curvas cerradas. El Rif, una cadena montañosa
relativamente reciente, geológicamente más joven que las cumbres más conocidas
del Atlas y menos grandiosa que éstas, se eleva abruptamente desde el mar en su
parte norte, pero cae en suaves escarpaduras hacia el sur.
El paisaje resultaba premonitorio en la penumbra de la luna: elevados
macizos alfombrados de monte bajo, bosquecillos de cedros y abetos, y profundos
barrancos amurallados por peñascos de piedra caliza. No era difícil entender
cómo, hace cien años, este terreno infundía temor en los corazones de los
jóvenes reclutas de España, país que gobernaba el norte de Marruecos como
protectorado, al enfrentarse a una feroz insurgencia de los indígenas amazig,
también conocidos como bereberes.
“La peor guerra, en el peor momento, en el peor lugar del mundo”, escribió
un periodista español sobre el conflicto de cinco años conocido como la Guerra
del Rif.
Los combates comenzaron a principios de junio de 1921, cuando tribus
rifeñas tendieron una emboscada a un pequeño contingente de fuerzas españolas
en un afloramiento rocoso de la franja norte del Rif conocido como Monte Ubarrán.
En retrospectiva, este enfrentamiento no fue más que la primera escaramuza de
una batalla mucho más importante y, desde el punto de vista español,
catastrófica, que tuvo lugar un mes más tarde en el cercano pueblo de Annual y
sus alrededores. El “desastre de Annual”, como se conoce hoy en día en España,
supuso la muerte de al menos 13.000 soldados españoles a manos de sólo 3.000
rifeños. A lo largo de dieciocho días, los combatientes asediaron a unos
soldados españoles y tropas nativas mal entrenados, situados en puestos
avanzados protegidos con sacos de arena, privándoles de provisiones y agua
-algunos soldados llegaron a beber su orina- y reduciéndolos con disparos o armas
blancas mientras las tropas españolas se retiraban a toda prisa hacia el
enclave español de Melilla. El comandante de campo español, general Manuel
Fernández Silvestre, conocido por su imprudencia, pereció en la refriega,
posiblemente por suicidio. Sus restos nunca se encontraron.

El campamento español de Annual tras su captura por los
rifeños, Marruecos, 21 de julio de 1921. Foto12/UIG vía Getty Images
Sin embargo, el rey de Marruecos, Mohamed VI, parece reacio a insistir en
el asunto con el gobierno español por temor a que empeoren las tensiones
diplomáticas entre ambos países, tensiones relacionadas con otros asuntos
bilaterales, como la migración africana y marroquí a los enclaves españoles de
Ceuta y Melilla, en el norte de Marruecos, y el deseo del gobierno marroquí de
asegurarse el apoyo de España a su posición en el conflicto del Sahara
Occidental. Sin embargo, hay otra razón para la vacilación del monarca, y es una
razón más cercana a “palacio”. El significado mismo de la Guerra del Rif y sus
implicaciones para la identidad nacional y la construcción del Estado dentro
del reino son asuntos controvertidos y profundamente sensibles en Marruecos.