29/01/2026

MinneapolICE: cuando testificar se convierte en un delito castigado con la muerte
“Sentencia primero, veredicto después”

Renée Good y Alex Pretti fueron asesinados por atreverse a interferir con los esfuerzos de la administración Trump para normalizar los secuestros y la violencia estatal.

 


Renée Good y Alex Pretti; ilustraciones de John Brooks


Fintan O’TooleThe New York Review , 28-1-2026
Traducido por Tlaxcala

Fintan O’Toole (1958) es Editor Asesor de The New York Review y columnista del diario The Irish Times. Su libro For and Against a United Ireland  (Por y contra una Irlanda unida), escrito en colaboración con Sam McBride, se publicará en USA en febrero de 2026. @fotoole


El deseo de Donald Trump de poner su nombre a todo, desde el Centro Kennedy hasta el Golfo de México (“Quería llamarlo el Golfo de Trump”, declaró en enero), puede parecer casi cómicamente infantil. Pero se ha convertido en una broma mortal: su régimen califica de terroristas a quienes ejecuta y arrastra sus nombres por el fango. Este renombrar es una afirmación de poder absoluto, y USA está en un momento en el que la pretensión de Trump de dominar el lenguaje se ha vuelto letal, tanto para los individuos como para la república misma. Si el asesinato de Alex Pretti en las calles de Minneapolis no puede llamarse asesinato, un régimen autoritario ha superado una de sus pruebas cruciales: puede invertir todos los significados, dar la vuelta a la transgresión moral definitiva, haciendo de la víctima el perpetrador, y del perpetrador la víctima.

Es llamativo que el delito capital por el que tanto Pretti como Renée Good – a la que semanas antes un agente del ICE disparó múltiples veces a quemarropa en Minneapolis – fueron ejecutados sumariamente fue el crimen de ser testigo. Good observaba el trabajo del ICE desde su coche. Pretti estaba grabando a agentes de la Patrulla Fronteriza en la calle. Ambos estaban realizando la tarea que las democracias asignan a los ciudadanos: prestar atención al funcionamiento del poder. Si el precio de la libertad es la vigilancia eterna, un país que inflige el castigo último a quienes se atreven a estar vigilantes ya no puede ser libre.

La vigilancia es la forma de resistencia más peligrosa porque obstruye el proyecto de habituación del régimen de Trump. El fascismo funciona haciendo normal lo extremo. El hábito, como dice Samuel Beckett, es un gran amortiguador. Ha sido evidente desde el inicio del segundo mandato de Trump que está intentando que la visión de hombres armados y enmascarados con poderes prácticamente ilimitados sea algo a lo que l@s usamerican@s se acostumbren.

Primero desplegando tropas de la Guardia Nacional en Los Ángeles y otras ciudades, luego enviando contingentes del ICE a Washington, Memphis, Nashville, Atlanta, Charlotte, Nueva Orleans, Brownsville, Las Vegas, Los Ángeles, Filadelfia, Newark, Boston, Chicago, Detroit, Indianápolis y Minneapolis, el régimen está redefiniendo no solo las normas legales y políticas, sino la normalidad misma. Está haciendo rutinaria la amenaza de violencia estatal arbitraria, integrándola en el tejido de la vida urbana diaria. La esperanza es que la mayoría de l@s usamerican@s puedan ser educad@s para seguir con sus preocupaciones mundanas incluso mientras son visiblemente ocupad@s.

Sé, por cierto, que esto es muy posible. Durante treinta años, en partes de mi Irlanda natal, tropas con ametralladoras agazapadas en portales de tiendas o merodeando en los patios traseros de casas ordinarias eran algo tan asumido que, si acaso, se veían de reojo. Lo que siempre está allí acaba por no estar casi en absoluto.

Este procedimiento de habituación es también un proceso de escalada. La toma del poder autoritaria en una democracia consolidada debe ser gradual. Y las gradaciones son principalmente morales. La población debe ser insensibilizada. La gente debe acostumbrarse a imágenes de niños pequeños secuestrados por agentes enmascarados no identificados. Debe aclimatarse a ver a mujeres jóvenes siendo agarradas y metidas en furgonetas sin identificar por hombres sin rostro; deben aprender a no reconocer un secuestro.

Deben familiarizarse con las desapariciones oficiales, una idea antes confinada a las tinieblas más allá de la frontera sur pero ahora completamente domesticada. Deben acostumbrarse a los asesinatos, primero a las muertes oscuras y apartadas de migrantes: treinta y dos personas murieron bajo custodia del ICE en 2025, a menudo por la negativa de las autoridades a tratar condiciones médicas agudas. Y luego deben acostumbrarse a los asesinatos públicos, abiertos y flagrantes de ciudadan@s usamerican@s. En esta lógica de escalada, una ejecución sumaria a sangre fría no es un accidente. Es un clímax. El asesinato de Alex Pretti era en sí mismo un acto obviamente intencional, pero también era políticamente deliberado. Tras la muerte de Renée Good el 7 de enero, una administración que no estuviera empeñada en establecer una autocracia habría detenido los despliegues masivos del ICE. La muerte de Good habría sido tratada como un desastre, no solo una calamidad privada, sino un terrible error gubernamental. Trump habría dejado claro que nunca se había querido que sucediera.

Por supuesto, él y sus subordinados hicieron exactamente lo contrario, calificando a Good de terrorista doméstica y justificando su muerte como un acto de legítima defensa individual e institucional. Pero para que esta táctica no fuera excepcional, para establecer tales ejecuciones como parte del orden de las cosas, la muerte de Good no podía ser un caso aislado. Tenía que haber una doble apuesta. Los terroristas domésticos, por definición, no vienen solos. Son múltiples, y las acciones necesarias para defenderse de ellos también deben multiplicarse.

Esto no significa que el asesinato de Pretti fuera específicamente ordenado. Pero el modelo para ello ciertamente se preparó de antemano. “Sentencia primero, veredicto después”, dice la Reina de Corazones de Lewis Carroll. Aquí es un caso de justificación primero, ejecución después. La licencia para matar a Pretti se emitió cuando Good fue redefinida como una terrorista doméstica que intentaba matar a un agente.

El cuerpo aún caliente de Pretti fue encajado en esta narrativa preformulada. Era un asesino en masa frustrado. A las pocas horas de su asesinato, el asesor principal de Trump, Stephen Miller, publicó en X: “Un aspirante a asesino intentó asesinar a agentes federales de la ley y la cuenta oficial demócrata se pone del lado de los terroristas”. Tanto Gregory Bovino, entonces comandante general de la Patrulla Fronteriza, como Tricia McLaughlin, subsecretaria de Seguridad Nacional, afirmaron que Pretti estaba a punto de “causar el máximo daño y masacrar a las fuerzas del orden”. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, usó casi exactamente la misma frase, dejando pocas dudas de que había sido elaborada conscientemente.

La gran mentira de la amenaza supuestamente planteada por Good se agranda aquí deliberadamente. Good estaba realizando “terrorismo doméstico”; Miller pasó al plural, haciendo de Pretti simplemente uno de “los terroristas” (como no tienen número, podrían ser legión). Good intentaba matar a un agente. Pretti planeaba una masacre, no solo de los agentes presentes, sino de “las fuerzas del orden” mismas. La grotesca inflación del lenguaje por parte de Trump, su transformación de los políticos opositores en monstruos, está ahora plenamente integrada en la violencia callejera organizada de su régimen. Así debe ser siempre en el estado autoritario: la amenaza existencial solo puede ser derrotada si quienes la encarnan pueden ser privados de sus propias existencias.

No importa que esta historia exagerada sea más difícil de hacer creíble que el tipo habitual de mentira oficial que caracteriza tales asesinatos simplemente como desafortunados accidentes cuya verdadera causa es imposible de determinar. Hacer que la gente acepte un relato vagamente creíble es una manifestación menor de poder absoluto que hacer que acepten, o mejor aún, que simplemente se encojan de hombros ante, uno increíblemente inverosímil. Existe, en gran parte de los medios usamericanos, un hábito aprendido de encogerse de hombros, una evitación civilizada de llamar a una ocupación una ocupación, a una mentira una mentira, a un asesinato un asesinato. Como señaló Jem Bartholomew en la Columbia Journalism Review poco después del asesinato de Pretti, “la prensa todavía es tímida para denunciar directamente las mentiras de la administración”. Pero esta timidez fuera de lugar en realidad aviva las llamas. Cuando los incendiarios están en la Casa Blanca y sus objetivos son todos los límites legales, institucionales, políticos, cívicos y morales a la capacidad de Trump de hacer, como proclama tan abiertamente, “lo que yo quiera”, el amortiguamiento del lenguaje tiene consecuencias fatales.

Así, incluso mientras el New York Times hizo un excelente trabajo analizando las imágenes de video de la ejecución de Pretti, inicialmente recurrió a la conclusión sosa de que “los videos analizados por el New York Times parecen contradecir las versiones federales del tiroteo”. ¿Parecen? Como el periódico reconoció implícitamente más tarde, la verdad es que “los videos contradicen directamente las descripciones del encuentro por parte de funcionarios de la administración”. Es bueno que el recurso instintivo a la circunlocución difusa se superara finalmente, pero seguramente, una vez que el análisis del periódico mostró definitivamente que la administración mentía descaradamente sobre un asesinato oficial, eso debería haber sido el titular más crudo.

Mientras tanto, el consejo editorial del Wall Street Journal declaró que, aunque no merecía ser asesinado a tiros, “Pretti cometió un error trágico al interferir con agentes del ICE”. Su error fue que “intentó, tontamente, ayudar a una mujer que había sido rociada con gas pimienta por agentes”. Se desprende claramente del resto del artículo que el Journal cree que la administración Trump miente sobre su asesinato injustificado de un ciudadano usamericano, pero el peso de esta verdad por lo demás asombrosa se diluye con la sugerencia de que, después de todo, era un tonto. En un Estado autoritario, ¿quién, sino un tonto, intentaría ayudar a una mujer rociada con gas pimienta por las tropas de choque del gran líder?

El pecado de la “interferencia” cívica es, de hecho, la gracia salvadora de la democracia. Good, Pretti y miles de otr@s ciudadan@s han estado interponiéndose en el derrocamiento armado de las libertades democráticas haciendo lo que se supone que debe hacer el periodismo: prestar atención a la realidad efectiva, sobre el terreno. El teléfono que Pretti tenía en la mano era una conexión con una determinación comunitaria de rechazar el narcótico de la normalización. Los videos que exponen la trumperia [neologismo para mendacidad] de la administración sobre su propio uso de la violencia extrema contra la disidencia pacífica son en sí mismos productos del valor de presentarse, de estar allí, de ver por uno mismo, impulsos que se supone que los periodistas valoran por encima de todos los demás, además del uso de un lenguaje preciso para nombrar lo que se ve.

El desafío que presentan los videos es el de una evidencia incómodamente irrebatible: prueba de ejecuciones sancionadas y del mentir sistemático de un gobierno. Si las pruebas tan valientemente recopiladas no conducen a una profunda reversión, la cesión temporal de Trump a la indignación pública (diluyendo la campaña de difamación contra Pretti, retirando a Bovino de Minneapolis y colocando a los dos agentes que dispararon a Pretti en licencia administrativa) será solo una retirada táctica, otra etapa en la habituación gradual de l@s usamerican@s a la aplicación arbitraria de la ley marcial. El nombre de la condición a la que USA se habrá rendido está escrito por todas partes en los libros de historia de Europa.

MinneapolICE : quand témoigner devient un crime puni de mort
“La sentence d’abord, le verdict ensuite”

Renée Good et Alex Pretti ont été assassinés pour avoir osé entraver les efforts de l’administration Trump visant à banaliser les kidnappings et la violence d’État.

 


Renée Good et Alex Pretti ; illustrations de John Brooks 

Fintan O’Toole, The New York Review , 28/1/2026
Traduit par Tlaxcala

Fintan O’Toole (1958) est éditeur conseil à The New York Review et chroniqueur au quotidien  Irish Times. Son livre For and Against a United Ireland  (Pour et contre une Irlande unie), coécrit avec Sam McBride, paraîtra aux USA en février 2026) @fotoole


Le désir de Donald Trump de tout baptiser de son nom, du Centre Kennedy au golfe du Mexique (« Je voulais l’appeler le golfe de Trump », a-t-il déclaré en janvier), peut sembler presque comiquement puéril. Mais cette plaisanterie est devenue meurtrière : son régime étiquette « terroristes » ceux qu’il exécute et traîne leur nom dans la boue. Cet renommage est une affirmation de pouvoir absolu, et les USA sont à un moment où la prétention de Trump à la domination du langage est devenue mortelle – tant pour les individus que pour la république elle-même. Si le meurtre d’Alex Pretti dans les rues de Minneapolis ne peut être appelé meurtre, un régime autoritaire a réussi l’une de ses épreuves cruciales : il peut inverser tous les sens, retourner la transgression morale ultime, faisant de la victime le coupable, et du coupable la victime.

Il est frappant que le crime capital pour lequel Pretti et Renée Good – abattue de plusieurs balles à bout portant par un agent de l’ICE à Minneapolis quelques semaines plus tôt – ont été sommairement exécutés, soit le crime de témoignage. Good observait le travail de l’ICE depuis sa voiture. Pretti filmait des agents de la Patrouille frontalière dans la rue. Tous deux s’acquittaient de la tâche que les démocraties assignent aux citoyens : être attentifs au fonctionnement du pouvoir. Si le prix de la liberté est une vigilance éternelle, un pays qui inflige le châtiment ultime à ceux qui osent être vigilants ne peut plus être libre.

La vigilance est la forme de résistance la plus dangereuse car elle entrave le projet d’accoutumance du régime Trump. Le fascisme opère en rendant l’extrême normal. L’habitude, comme le dit Samuel Beckett, est une grande anesthésiante. Il est évident depuis le début du second mandat de Trump qu’il tente de faire en sorte que la vue d’hommes armés et masqués aux pouvoirs pratiquement illimités devienne familière aux USAméricains.

D’abord en déployant des troupes de la Garde nationale à Los Angeles et dans d’autres villes, puis en envoyant des contingents de l’ICE à Washington, Memphis, Nashville, Atlanta, Charlotte, La Nouvelle-Orléans, Brownsville, Las Vegas, Los Angeles, Philadelphie, Newark, Boston, Chicago, Détroit, Indianapolis et Minneapolis, le régime redéfinit non seulement les normes juridiques et politiques, mais la normalité elle-même. Il rend routinière la menace d’une violence d’État arbitraire, l’intégrant au tissu de la vie urbaine quotidienne. L’espoir est que la plupart des USAméricains puissent être éduqués à vaquer à leurs occupations ordinaires tout en étant visiblement occupés.

Je sais, d’ailleurs, que c’est tout à fait possible. Pendant trente ans, dans certaines régions de mon Irlande natale, des soldats avec des mitraillettes tapis dans l’embrasure des boutiques ou rôdant dans les arrière-cours des maisons étaient tellement considérés comme allant de soi qu’on ne les voyait, si on les voyait, que du coin de l’œil. Ce qui est toujours présent finit par être à peine là.

Cette procédure d’accoutumance est aussi un processus d’escalade. La prise de pouvoir autoritaire dans une démocratie bien établie doit être graduelle. Et les gradations sont principalement morales. La population doit être désensibilisée. Les gens doivent s’habituer aux images d’enfants enlevés par des agents masqués non identifiés. Ils doivent s’acclimater à voir de jeunes femmes saisies et embarquées dans des camionnettes banalisées par des hommes sans visage ; ils doivent apprendre à ne pas reconnaître un kidnapping.

Ils doivent se familiariser avec les disparitions officielles – une idée autrefois confinée aux ténèbres au-delà de la frontière sud, mais maintenant pleinement domestiquée. Ils doivent s’habituer aux meurtres – d’abord aux morts obscures et isolées de migrants : trente-deux personnes sont mortes en détention de l’ICE en 2025, souvent à cause du refus des autorités de traiter des affections médicales aiguës. Et puis ils doivent s’habituer aux meurtres publics, ouverts et flagrants de citoyens usaméricains. Dans cette logique d’escalade, une exécution sommaire de sang-froid n’est pas un accident. C’est un point culminant. Le meurtre d’Alex Pretti était en soi un acte manifestement intentionnel, mais il était aussi politiquement délibéré. Après la mort de Renée Good le 7 janvier, une administration qui ne serait pas déterminée à instaurer une autocratie aurait mis un terme aux déploiements massifs de l’ICE. La mort de Good aurait été traitée comme un désastre – pas seulement une tragédie privée, mais une terrible bévue gouvernementale. Trump aurait clairement indiqué que cela n’aurait jamais dû arriver.

Bien sûr, lui et ses subordonnés ont fait exactement le contraire, qualifiant Good de terroriste intérieure et justifiant son meurtre comme un acte de légitime défense individuelle et institutionnelle. Mais pour que cette tactique devienne banale, pour établir de telles exécutions comme faisant partie de l’ordre des choses, la mort de Good ne pouvait être un cas isolé. Il fallait doubler la mise. Les terroristes intérieurs, par définition, ne viennent pas seuls. Ils sont multiples – et les actions nécessaires pour s’en défendre doivent aussi être multipliées.

Cela ne signifie pas que le meurtre de Pretti ait été spécifiquement ordonné. Mais le modèle était certainement préparé à l’avance. « La sentence d’abord – le verdict ensuite », dit la Reine de Cœur de Lewis Carroll. Ici, c’est un cas de justification d’abord, exécution ensuite. La licence de tuer Pretti a été émise lorsque Good a été redéfinie comme une terroriste intérieure tentant de tuer un agent.

Le corps à peine refroidi de Pretti a été enfoncé dans ce récit préformulé. C’était un tueur de masse contrarié. Quelques heures après son meurtre, le conseiller principal de Trump, Stephen Miller, a posté sur X : « Un assassin potentiel a tenté de tuer des forces de l’ordre fédérales et le compte officiel démocrate prend le parti des terroristes. » Tant Gregory Bovino, alors commandant suprême de la Patrouille frontalière, que Tricia McLaughlin, secrétaire adjointe à la Sécurité intérieure, ont affirmé que Pretti était sur le point de « faire un maximum de dégâts et de massacrer les forces de l’ordre ». La secrétaire à la Sécurité intérieure, Kristi Noem, a utilisé presque exactement la même expression, laissant peu de doute sur le fait qu’elle avait été consciemment élaborée.

Le grand mensonge de la menace prétendument posée par Good est ici délibérément amplifié. Good s’était livrée à du « terrorisme intérieur » ; Miller est passé au pluriel, faisant de Pretti simplement l’un « des terroristes ». (Puisqu’ils sont innombrables, ils pourraient être légion.) Good tentait de tuer un agent. Pretti planifiait un massacre – pas seulement des agents présents, mais des « forces de l’ordre » elles-mêmes. L’inflation grotesque du langage par Trump, sa diabolisation des politiciens d’opposition, sont désormais pleinement intégrées à la violence organisée de rue de son régime. Ainsi doit-il en être toujours dans l’État autoritaire : la menace existentielle ne peut être vaincue que si ceux qui l’incarnent peuvent être privés de leur existence même.

Peu importe que cette histoire enflée soit plus difficile à rendre crédible que le mensonge officiel habituel qui caractérise de tels meurtres comme de simples accidents malheureux dont la cause réelle est impossible à déterminer. Amener les gens à accepter un récit vaguement crédible est une manifestation de pouvoir absolu moindre que de les amener à accepter – ou mieux encore, à simplement hausser les épaules devant – un récit incroyable au possible. Il y a, dans une grande partie des médias usaméricains, une habitude acquise de haussement d’épaules, une retenue civilisée à ne pas appeler une occupation une occupation, un mensonge un mensonge, un meurtre un meurtre. Comme l’a noté Jem Bartholomew dans la Columbia Journalism Review peu après le meurtre de Pretti, « la presse est encore réticente à dénoncer directement les mensonges de l’administration ». Mais cette timidité déplacée attise en réalité le feu. Quand les incendiaires sont à la Maison Blanche et que leurs cibles sont toutes les limites légales, institutionnelles, politiques, civiques et morales à la capacité de Trump de faire, comme il le proclame si ouvertement, « tout ce que je veux », l’anesthésie du langage a des conséquences fatales.

Ainsi, même si le New York Times a fait un excellent travail en analysant les images vidéo de l’exécution de Pretti, il a initialement eu recours à la conclusion anodine que « les vidéos analysées par le New York Times semblent contredire les récits fédéraux de la fusillade ». Semblent ? Comme le journal l’a implicitement reconnu plus tard, la vérité est que « les vidéos contredisent directement les descriptions de l’incident par les responsables de l’administration ». Il est bon que le réflexe instinctif de la circonlocution floue ait finalement été surmonté, mais assurément, une fois que l’analyse du journal a montré de manière définitive que l’administration mentait effrontément au sujet d’un meurtre officiel, cela aurait dû faire les titres les plus crus.

Pendant ce temps, le comité de rédaction du Wall Street Journal déclarait que bien qu’il ne méritât pas d’être abattu, « Pretti a commis une erreur tragique en interférant avec des agents de l’ICE ». Son erreur était d’avoir « tenté, stupidement, d’aider une femme qui avait été gazée au poivre par des agents ». Il ressort clairement du reste de l’article que le Journal croit que l’administration Trump ment au sujet de son meurtre injustifié d’un citoyen usaméricain, mais la portée de cette vérité par ailleurs stupéfiante est diluée par la suggestion qu’il était, après tout, un imbécile. Dans un État autoritaire, qui, à part un imbécile, tenterait d’aider une femme gazée au poivre par les troupes de choc du grand leader ?

Le péché d’« interférence » civique est en fait la grâce salvatrice de la démocratie. Good, Pretti et des milliers d’autres citoyens ont entravé le renversement armé des libertés démocratiques en faisant ce que le journalisme est censé faire : prêter attention à la réalité effective, sur le terrain. Le téléphone que Pretti avait à la main était un lien avec une détermination communautaire à refuser le narcotique de la normalisation. Les vidéos qui exposent les trumperies de l’administration sur son propre usage d’une violence extrême contre une dissidence pacifique sont elles-mêmes le produit du courage de se montrer, d’être là, de voir par soi-même – des impulsions que les journalistes sont censés valoriser par-dessus tout, à côté de l’usage d’un langage précis pour nommer ce que l’on voit.

Le défi que posent les vidéos est celui d’une preuve inconfortablement irréfutable : la preuve d’exécutions sanctionnées et du mensonge systématique d’un gouvernement. Si les preuves si courageusement rassemblées ne mènent pas à un profond renversement, le recul temporaire de Trump face à l’indignation publique (atténuant la campagne de diffamation contre Pretti, retirant Bovino de Minneapolis, et plaçant les deux officiers ayant abattu Pretti en congé administratif) ne sera qu’une retraite tactique , une autre étape dans l’accoutumance progressive des USAméricains à l’application arbitraire de la loi martiale. Le nom de la condition à laquelle les USA se seront rendus est écrit en toutes lettres dans les livres d’histoire de l’Europe.

28/01/2026

MinneapolICE : du Klu Klux Klan à l’ICE, une même idéologie incite les tueurs de dissident·es

NdT
Ci-dessous, traduits par Tlaxcala, deux articles d’intellectuels afro-usaméricains sur les meurtres de Minneapolis et sur l’idéologie à l’œuvre dans les crimes d’État trumpesques, avec un rappel historique salutaire.

Le nationalisme « Sang et Sol »* qui a tué Alex Pretti et Renee Good

Pretti et Good ont été étiquetés « terroristes intérieurs » par la Homeland** – une rhétorique employée par l’administration pour justifier que l’État ôte la vie, en associant les morts à la scélératesse nationale.

Ta-Nehisi Coates, Vanity Fair, 26/01/2026

Ta-NehisiCoates (Baltimore, 1975) est l’auteur de The Beautiful Struggle, We Were Eight Years in Power, The Water Dancer, et Between the World and Me, qui a remporté le National Book Award en 2015. Il est récipiendaire d’un National Magazine Award et d’une bourse MacArthur. Il occupe actuellement la chaire Sterling Brown au département d’anglais de l’Université Howard.

Suite au meurtre de la poète et écrivaine Renee Good, Donald Trump et ses collaborateurs ont fait tout leur possible pour la définir comme une ennemie de « la Patrie » L’administration affirme, par exemple, que Good était une « terroriste intérieure », un terme qu’elle applique désormais également à Alex Prettil’infirmier de réanimation tué par des agents fédéraux samedi. Cette rhétorique est employée pour justifier que l’État ôte la vie, en associant les morts à la scélératesse nationale. Mais la campagne contre Good est différente – parce que la Patrie porte un intérêt particulier et pervers aux femmes jugées insuffisamment respectueuses du foyer et de la famille. Les propagandistes de Trump nous disent que Good faisait partie d’une cabale grandissante de dames blanches insolentes devenues violentes ; qu’elle était une « agitatrice lesbienne » de connivence avec des « escrocs somaliens avec un QI de 68 » ; ou qu’elle était simplement, comme son meurtrier l’a apparemment qualifiée, une « fucking bitch » (une putain de salope). Pour ces péchés et d’autres, sa stigmatisation s’est prolongée dans l’au-delà : avec l’outil d’IA Grok d’Elon Musk, les utilisateurs ont produit en masse des deepfakes de Good avec des balles dans la tête et de son cadavre en bikini. Tout cela est approprié : en défendant les sans-papiers, Good a violé la sainteté de la Patrie, c’est-à-dire qu’elle a remis en question la promesse divine du sol américain à un peuple mythique et singulier.


American Progress de John Gast, vers 1872, que le Département de la Sécurité intérieure a récemment posté sur les réseaux sociaux. Bibliothèque du Congrès.

Car la Patrie n’est pas « l’État » ni même « le Pays ». La Patrie n’est pas définie par une simple géographie. Elle existe au-delà des lois et des normes. Elle se moque des concepts usaméricains traditionnels comme « liberté », « libre arbitre » ou « pluralisme ». La Patrie est ce morceau de terre providentiellement attribué au Volk. Les frontières de la Patrie sont tracées dans un sang non souillé, sa sainteté exemplifiée par une conduite genrée appropriée et l’accomplissement des rôles de genre. C’est la Patrie que l’ICE vénère dans ses posts de recrutement parés de colons blancs victorieux et d’Amérindiens écrasés. C’est la Patrie que Musk a saluée (deux fois) lors de l’investiture de Trump. C’est la Patrie que feu Charlie Kirk aimait invoquer :

Je veux pouvoir me marier, acheter une maison, avoir des enfants, leur permettre de faire du vélo jusqu’au coucher du soleil, les envoyer dans une bonne école, avoir un quartier peu criminogène, ne pas qu’on enseigne à mon enfant ces conneries lesbiennes, gays, transgenres à l’école. Tout en n’ayant pas non plus à entendre l’appel à la prière musulman cinq fois par jour.

On dit souvent que la Patrie se méfie des immigrants, mais plus précisément, la Patrie se méfie des aliens. Les demandeurs d’asile de Gaza fuyant un génocide n’ont pas leur place dans la Patrie ; les Afrikaners souffrant de l’indignité de l’après-apartheid sont les bienvenus. La Patrie convoite les Nord-Européens, mais considère les USAméricains d’origine somalienne comme « des déchets ». « Pourquoi ne pouvons-nous pas avoir des gens de Norvège, de Suède, juste quelques-uns ? », a récemment déclaré Trump. « Mais nous prenons toujours des gens de Somalie, des endroits qui sont un désastre, n’est-ce pas ? Crades, sales, dégoûtants, infestés par la criminalité ». Les critères de ces distinctions – entre immigrant putatif et alien indélébile – ne sont pas compliqués ; car avant tout, la Patrie est un projet raciste.

Sécuriser la Patrie est la caractéristique centrale de l’administration Trump. À Los Angeles et Chicago, Trump cherche à la purifier. Avec le Groenland et le Venezuela, Trump cherche à l’étendre et l’enrichir. Les hommes hétérosexuels sont les défenseurs légitimes de la Patrie. Les agitatrices lesbiennes, comme Good, en sont les ennemies jurées. Les chrétiens sont le sang vital de la Patrie. Les « stupides musulmans » en sont le cancer. Une caractéristique de la Patrie est que ses ennemis doivent être infrahumains – les membres de la communauté LGBTQ+ sont des « pédés », les femmes récalcitrantes sont des truies « moches » , et les habitants de Washington sont des « cafards”.


Portrait de la militante usaméricaine des droits civiques Viola Liuzzo avec ses enfants. Getty Images.

Pendant des années, un certain type de libéraux a soit minimisé une telle rhétorique de guerre culturelle venant de l’autre camp, soit exhorté les acteurs politiques de tout bord à l’ignorer au profit de questions « matérielles » ou « du quotidien » – comme si le fait que l’État considère la vie de quelqu’un comme « des déchets » n’avait aucune conséquence tangible, comme si les termes d’un combat pouvaient être déterminés par la personne qui reçoit les coups. Mais Trump a clarifié un fait gênant – la guerre culturelle est une vraie guerre. L’ICE, pleine de myrmidons de la Patrie, jouit d’un budget de 85 milliards de dollars, une somme « supérieure au budget militaire annuel de tous les pays du monde à l’exception des USA et de la Chine », comme Caitlin Dickerson l’a rapporté dans The Atlantic : « Immigration and Customs Enforcement – juste une composante du Département de la Sécurité intérieure – reçoit plus d’argent que toute autre agence d’application de la loi en Amérique ».

Les expulsions ont augmenté sous Trump, mais ce n’est pas le véritable but de l’ICE. « Ils ne prennent pas au sérieux  le fait de se débarrasser du plus grand nombre de personnes possible. Ils prennent au sérieux le fait de causer de la douleur et de la souffrance humaines », a déclaré un ancien responsable de l’ICE à Dickerson. « Mettre quelqu’un en détention n’est pas une expulsion, c’est une punition ». Trente-deux personnes sont mortes sous la garde de l’ICE en 2025 – le nombre le plus élevé depuis 20 ans. Et comme il sied à administration remplie de stars de la télé-réalité, une politique de douleur et de souffrance humaines est actuellement reconditionnée comme spectacle. Les portraits de militants arrêtés pour avoir défié la Patrie ont été modifiés via l’IA. Des célébrités mineures, dont le statut douteux décline, ont cherché à booster leurs perspectives en accompagnant l’ICE lors de raids ou même en rejoignant ses rangs. Kristi Noem, la chef du Département de la Sécurité intérieure, a posé devant un groupe d’immigrants envoyés sur un site de torture au Salvador, dans un show d’excitation sadique. En juin dernier, la superviseure du comté de Los Angeles Janice Hahn a regardé Noem mener un raid de l’ICE à Huntington Park. « Je pouvais dire qu’elle faisait une production complète avec équipe de tournage », a déclaré Hahn. « Elle se faisait coiffer et maquiller ». Noem, comme le président qu’elle sert, a le sens du théâtral. Elle fait du cosplay [costumade] en tenue de camouflage et gilets pare-balles. L’accent mis sur l’apparence et la valeur de production est essentiel dans un mouvement qui cherche non seulement à purifier l’USAmérique réelle, mais à ressusciter l’USAmérique de la légende et du mythe. Sécuriser la Patrie, nous disent-ils, est une priorité existentielle. C’est aussi du contenu.

De nombreux USAméricains, horrifiés par les agents de la Patrie qui déferlent sur des communautés entières, saisissent des enfants, emmènent en menottes des vieillards à moitié nus, et détiennent qui bon leur semble, avec ou sans inculpation, tout en jouissant d’une « immunité absolue », se sont arrêtés sur un terme intéressant :  “occupation”. Cette désignation est aussi correcte qu’elle est peu originale – un fait dont plus d’USAméricains feraient bien de se souvenir. L’ICE a contracté des outils de surveillance qui, selon Joseph Cox de 404 Media, lui permettent de « suivre des téléphones sans mandat et de suivre leurs propriétaires jusqu’à leur domicile ou leur employeur ». Ces outils, déployés dans tout Minneapolis selon les rapports, n’ont pas été créés en Amérique, mais en Israël, une autre patrie encore, qui applique « l’occupation » la plus longue de l’histoire moderne. Ainsi, les citoyens du Minnesota ont, en tant que contribuables usaméricains, subventionné une occupation à l’étranger qui est effectivement un laboratoire pour la leur.

Nous ne sommes pas tombés aveuglément dans cette ère de règne de la Patrie. Il y a près de 25 ans, lorsque le Département de la Sécurité intérieure a été proposé pour la première fois, il y avait des pressentiments, même parmi les partisans, que les choses pourraient un jour en arriver là. « Homeland n’est pas vraiment un mot américain », a écrit Peggy Noonan dans The Wall Street Journal en 2002. Elle soutenait la création du département. Mais quelque chose la gênait dans le nom. « Ce n’est pas quelque chose que nous disions ou disons maintenant. Cela a une résonance vaguement teutonique – Ve must help ze Fuehrer protect ze Homeland! » Le blogueur Mickey Kaus, écrivant pour Slate cette année-là, a fait écho aux inquiétudes de Noonan, notant que le nom proposé pour le département « lie explicitement nos sentiments à la terre, pas à nos idées ».

Russell Feingold, qui était à l’époque le sénateur junior du Wisconsin, a vu quelque chose de plus substantiel à l’œuvre. Feingold a vu des lacunes dans la législation qu’un tyran en puissance pourrait facilement exploiter. Une telle figure serait totalement dépourvue de vertu, et les collègues de Feingold ne pouvaient imaginer que le peuple usaméricain, dans son infinie sagesse, permettrait à un tel archi-méchant d’accéder à la présidence.

« Les gens disaient : ‘Russ, aucun président ne ferait X, Y ou Z’ », m’a récemment confié Feingold. « En d’autres termes, les normes sont assez fortes pour que tu fasses figure de Cassandre." Feingold a été le seul sénateur à voter contre le Patriot Act, et l’un des neuf seuls sénateurs à s’opposer à la création du Département de la Sécurité intérieure. Il a observé avec inquiétude comment, après le 11 septembre, la politique d’immigration du pays a été absorbée par la lutte antiterroriste.


Un portrait de Renee Nicole Good est collé à un lampadaire près du lieu de sa fusillade. Photo prise le 8 janvier 2026 à Minneapolis, Minnesota. Stephen Maturen/Getty Images

« Dès que le 11 septembre s’est produit, en quelques secondes, il est devenu clair que l’administration Bush allait cibler les Américains musulmans et arabes », a déclaré Feingold. En effet, sur une période de mois, le FBI a détenu 762 immigrés sans papiers, principalement de pays musulmans ou arabes, comme personnes « d’intérêt ». Le Bureau de l’Inspecteur Général du Département de la Justice a rapporté plus tard que la détention pouvait résulter de quelque chose d’aussi simple que « le signalement par un propriétaire d’activités suspectes d’un locataire arabe » ou la possession « d’objets suspects », comme des photos du World Trade Center et d’autres bâtiments célèbres. Ces hommes ont été détenus pendant des semaines ou des mois, certains privés de contact avec des représentants légaux, certains physiquement maltraités, et certains mis à l’isolement 23 heures sur 24. La plupart ont été expulsés. Et bien qu’ayant fait l’objet d’une enquête après le 11 septembre, aucun n’a jamais été inculpé de quoi que ce soit en lien avec le terrorisme.

En 2008, après que Barack Obama eut remporté la primaire démocrate, Feingold a commencé à voir émerger une autre tendance, plus ancienne, qui est fondamentale pour le mythe de la Patrie. Alors qu’il était au Sénat, Feingold tenait à organiser des réunions publiques dans les 72 comtés du Wisconsin. Les réunions étaient, selon lui, « plutôt calmes », remplies de partisans et de quelques conservateurs. « Elles étaient toujours civiles », dit Feingold. « Et puis Obama est élu, et... je commence à aller à ces 15 dernières réunions publiques environ, et c’était incroyable. Le gars n’avait même pas encore prêté serment. Et tout à coup, toutes ces personnes ont commencé à venir, une sorte de foule à l’air dur, et à huer et dire : « C’est un socialiste ; il n’est pas né aux States ; il va faire ci, il va faire ça, et il y avait du feu dans leurs yeux. Et c’était très étrange, parce qu’Obama avait remporté beaucoup de ces comtés dans les zones rurales, et pourtant il y avait cette chose qui se passait ».

Quand les experts ont ensuite essayé d’attribuer la croissance du Tea Party, puis la première élection de Trump, à « l’anxiété économique » et à une classe ouvrière bafouée, Feingold était sceptique. Il y avait « toute cette dynamique qui s’est cristallisée [en] ce sentiment que les Blancs étaient assiégés », dit Feingold. « ça, pour moi, c’est en quelque sorte le contexte politique qui ouvre la porte ».

Mais aussi sceptique qu’il fût, Feingold n’a jamais vu les choses aller aussi loin. (Il a perdu sa candidature à la réélection en 2010 face au républicain Ron Johnson, un allié de Trump toujours en fonction et qui n’a pas encore commenté le meurtre de Pretti.) « Je serai le premier à l’admettre, la raison pour laquelle je l’ai fait était parce que je craignais qu’un jour il pourrait y avoir quelqu’un qui ferait certaines de ces choses de manière abusive », dit Feingold à propos de son vote contre le DHS, « mais je n’ai jamais imaginé qu’il y aurait quelqu’un qui ferait toutes ces choses à chaque occasion ».

Le problème survivra presque certainement à la présidence de Trump. Le budget de l’ICE a régulièrement augmenté sous les administrations démocrates et républicaines. Ce financement est allé à ce que le journaliste Radley Balko appelle « l’agence de police fédérale la plus voyoute, renégate, et certainement pro-Trump ». Peu importe qui gagne les élections de mi-mandat cette année, ou l’élection présidentielle de 2028, l’Armée de la Patrie restera, et ses ennemis au Parti Démocrate semblent avoir peu d’envie de riposter.

Et donc, il revient alors au peuple lui-même de le faire.

En ces moments, je trouve du réconfort et de l’inspiration chez les ancêtres et les martyrs. Il y a plus d’un demi-siècle, comme l’a récemment noté l’écrivain Jelani Cobb [voir ci-dessous], la militante Viola Liuzzo, mère au foyer de cinq enfants, a quitté sa famille à Détroit et s’est rendue dans le Sud pour rejoindre la marche vers Montgomery, et ce faisant a laissé derrière elle les privilèges de la condition de dame blanche. Pour avoir transgressé contre la Patrie de cette époque – le Sud néo-confédéré – Liuzzo a été assassinée par des suprémacistes blancs. Tout comme Good a été diffamée par les autorités de la Patrie comme terroriste intérieure et « putain de salope », Liuzzo a été diffamée par les dirigeants de la Patrie comme une héroïnomane et nymphomane qui était allée dans le Sud pour cocufier son mari.

Mais la diffamation était, en elle-même, révélatrice, car elle démontrait les normes perverses et exigeantes de la Patrie, son obsession de la hiérarchie, ses frontières rigides et le prix élevé imposé à quiconque osait les franchir. Les forces du Sud néo-confédéré « ne représentaient pas simplement une menace pour les Afro-Américains, comme c’était la perception populaire », a écrit Cobb. « Elles étaient un danger mortel pour quiconque n’était pas d’accord avec elles, quels que soient sa race, son origine ou son genre ».

Peut-être sommes-nous dans un tel moment maintenant, où une mort démontre au pays la nature large de la menace. Mais c’est un espoir passif, et dans la vie de Liuzzo, nous trouvons un appel à l’action plus actif. Liuzzo est née dans la pauvreté. Son père était mineur de charbon ; son mari, un organisateur syndical. Sa famille était du genre sel de la terre souvent célébré dans les hymnes de la Patrie. Alors que la Patrie voit la liberté comme la seule prérogative de sa tribu, la vision de Liuzzo s’étendait à l’humanité elle-même. Tout en comprenant l’exploitation économique de sa famille, elle comprenait aussi que la blanchitude l’avait enrôlée dans l’exploitation des autres.

Quand Liuzzo a acquis cette connaissance, quand elle est devenue « éveillée » (woke), elle a été transfigurée en traîtresse à sa race et en menace pour la Patrie. Pour avoir été une menace, pour avoir été « éveillée », elle a été tuée – tout comme Renee Good. (Et comme Alex Pretti.) Mais les révélations ont aussi leurs bénédictions. En l’occurrence, une vie, aussi brève soit-elle, qui est propre et ne dépend pas de l’oppression et de l’avilissement d’autrui. La révélation de liens humains profonds, la croyance que nous sommes tous également élus, a condamné Liuzzo, Good et Pretti, comme la révélation le fait si souvent. Mais elle les a aussi immortalisés.

NdT

 *« Sang et Sol » (Blut und Boden) est un concept-clé de l’idéologie nazie, empruntant à des courants antérieurs, qui postule un lien organique et exclusif entre une race pure et son territoire ancestral. Utilisé pour justifier des politiques agricoles, expansionnistes et génocidaires, il reste aujourd’hui une référence pour critiquer les formes contemporaines d’ethnonationalisme exclusif.

**Homeland: litt. Patrie. Désigne le Department of Homeland Security (DHS), super-ministère de l’Intérieur fédéral créé  au lendemain du 11 septembre, et employant actuellement environ 300 000 personnes, avec un budget de plus de 103 milliards de $.

***Volk : peuple/nation/race en allemand ; adjectif  dérivé : « völkisch »

 

CASSEZ-VOUS !

De Selma à Minneapolis

En cette journée Martin Luther King, la mort de Renee Good rappelle une autre femme morte en protestant pour les droits d’autrui.

Jelani Cobb, The New Yorker, 19/01/2026

Jelani Cobb (New York, 1969) contribue au New Yorker depuis 2012 et est devenu membre de sa rédaction en 2015. Il écrit fréquemment sur la race, la politique, l’histoire et la culture. Ses livres incluent "Three or More Is a Riot: Notes on How We Got Here, 2012-2025" et "The Substance of Hope: Barack Obama and the Paradox of Progress". Il est éditeur, avec David Remnick, de "The Matter of Black Lives", une anthologie d’écrits du New Yorker sur la race en Amérique. Sa thèse de doctorat à l’Université Howard s’intitulait Antidote to Revolution: African American Anticommunism and the Struggle for Civil Rights, 1931--1957 (Columbia University Press, 2004). Il a remporté le prix Sidney Hillman 2015 pour le journalisme d’opinion et d’analyse, pour ses chroniques sur la race, la police et l’injustice. Il est doyen de la Columbia Journalism School depuis 2022.



La voiture de Viola Liuzzo transportait d’autres militants après la marche de Selma à Montgomery. Archives Photos / Getty

Le 16 mars 1965, une femme de trente-neuf ans nommée Viola Liuzzo est montée dans une Oldsmobile de modèle récent et a parcouru huit cents miles depuis sa maison de Détroit, Michigan, jusqu’à Selma, Alabama. Quelques jours plus tôt, suite aux manifestations du Dimanche Sanglant, où des manifestants pour le droit de vote avaient été gazés et battus, le Dr Martin Luther King, Jr., avait lancé un appel aux personnes de conscience à travers le pays pour qu’elles viennent en Alabama et participent à ce qui était déjà devenu l’un des théâtres les plus importants du mouvement pour l’égalité. Liuzzo, une femme blanche née en Pennsylvanie, avait déménagé au Michigan, où elle avait finalement épousé un responsable des Teamsters [syndicat des camionneurs, NdT] et était devenue active à la N.A.A.C.P. de Détroit. Elle a dit à sa famille et à ses amis qu’elle se sentait obligée de faire quelque chose concernant la situation en Alabama, a organisé la garde de ses cinq enfants et a roulé vers le sud.

Le 25 mars, la troisième tentative de marche de Selma à Montgomery, la capitale de l’État, s’est avérée réussie, et King a prononcé l’un de ses discours les moins connus mais les plus significatifs sur la manière dont la privation du droit de vote des électeurs noirs avait été essentielle pour démanteler la politique progressiste interraciale dans tout le Sud. « La ségrégation raciale », a souligné King, « n’est pas survenue comme un résultat naturel de la haine entre les races immédiatement après la guerre civile ». Elle avait plutôt évolué, a-t-il soutenu, dans le cadre d’une campagne plus large visant à détruire l’alliance naissante entre les anciens esclaves et les Blancs dépossédés qui est apparue pendant la Reconstruction. Ensuite, Liuzzo, qui s’était portée volontaire pour transporter des militants entre les deux villes, a roulé vers Montgomery avec Leroy Moton, un organisateur noir de dix-neuf ans. Ils ne sont jamais arrivés. La voiture de Liuzzo a été interceptée par une voiture transportant quatre hommes associés au Ku Klux Klan. Des balles ont été tirées dans la voiture de Liuzzo, la tuant. Moton, couvert du sang de Liuzzo, a fait semblant d’être mort, puis est parti chercher de l’aide après le départ des tueurs.

Le meurtre a envoyé des ondes de choc à travers le mouvement et à travers la nation. Les travailleurs des droits civiques Andrew Goodman, James Chaney et Michael Schwerner avaient été assassinés à Philadelphie, Mississippi, l’été précédent, et en février de la même année, Jimmie Lee Jackson, un marcheur de vingt-six ans, avait été mortellement abattu par un policier de l’État de l’Alabama après une manifestation pour le droit de vote. Deux semaines avant que Liuzzo ne soit attaquée, le révérend James Reeb, un ministre unitarien et membre de la Southern Christian Leadership Conference de Boston qui était également bénévole dans la campagne pour le droit de vote, avait été battu à mort. Néanmoins, la mort de Liuzzo – et, spécifiquement, le fait que les antagonistes du mouvement étaient prêts à tuer une femme blanche – pointait vers une conclusion plus large. Les forces alignées contre le mouvement ne représentaient pas simplement une menace pour les Afro-Américains, comme c’était la perception populaire. Elles étaient un danger mortel pour quiconque n’était pas d’accord avec elles, quels que soient sa race, son origine ou son genre.

Les événements récents ont donné une pertinence renouvelée aux circonstances de la mort de Viola Liuzzo. À Minneapolis, le 7 janvier, Renee Good, une poète et mère de trois enfants de trente-sept ans originaire du Colorado, a été tuée par Jonathan Ross, un agent de l’Immigration and Customs Enforcement qui a tiré sur sa voiture alors qu’elle tentait de s’enfuir. Good, qui venait de déposer son plus jeune enfant à l’école, tentait de bloquer la rue dans le cadre d’une protestation contre une vaste répression de l’ICE qui assiège Minneapolis depuis des semaines. Superficiellement, les circonstances des deux morts, séparées de plus de soixante ans, présentaient quelques ressemblances : deux femmes blanches d’âge similaire, toutes deux poussées par leur conscience à venir défendre des communautés vulnérables, toutes deux tuées dans leurs véhicules au milieu d’un conflit sociétal beaucoup plus large se déroulant autour d’elles.

Pourtant, il y a des similitudes plus troublantes dans ce qui s’est passé après leurs morts, et dans ce qu’elles ont révélé sur les crises dans lesquelles elles sont survenues. Les funérailles de Liuzzo, à Détroit, ont attiré les leaders du mouvement, dont King et Roy Wilkins, le secrétaire exécutif de la N.A.A.C.P., ainsi que des personnalités du syndicalisme organisé, comme Walter Reuther et Jimmy Hoffa. Néanmoins, le F.B.I. de J. Edgar Hoover a immédiatement lancé une campagne de diffamation contre Liuzzo, affirmant faussement que des preuves physiques suggéraient qu’elle avait consommé de l’héroïne peu avant sa mort et laissant entendre qu’elle avait été attirée en Alabama non pas par des principes profondément ancrés mais par la perspective de relations sexuelles avec des hommes noirs. Le Bureau tentait probablement de détourner l’attention du public du fait que l’un des quatre hommes dans la voiture lorsque Liuzzo a été tuée était un « agent infiltré » – un indicateur payé – qui n’avait apparemment rien fait pour empêcher sa mort. Hoover avait peut-être décidé que si le caractère de Liuzzo pouvait être suffisamment discrédité, alors tout contrecoup potentiel à la connexion du Bureau avec un incident impliquant le meurtre d’une mère de famille blanche pourrait être évité.

Compte tenu du cynisme et de la malhonnêteté qui ont défini la seconde administration Trump, il n’était pas surprenant de voir un schéma similaire émerger dans les heures suivant la mort de Good. Trump a initialement affirmé que Good avait renversé Ross avec sa voiture, l’accusant d’avoir « agi horriblement » et laissant entendre qu’elle était responsable de sa propre mort. La Secrétaire à la Sécurité intérieure, Kristi Noem, est allée plus loin et a accusé Good de s’être livrée à un acte de « terrorisme intérieur ». La porte-parole de la Maison Blanche, Karoline Leavitt, a dénigré Good comme « une folle dérangée ». L’objectif clair de cette campagne était de faire paraître l’inconcevable raisonnable, et le raisonnable louable.

Pourtant, malgré toutes les similitudes entre les préjudices subis par Liuzzo et Good, il y a la possibilité troublante que les circonstances entourant la mort de cette dernière soient encore plus sombres. Le lendemain du meurtre de Liuzzo, le président Lyndon B. Johnson a déclaré qu’elle avait été « assassinée par les ennemis de la justice qui pendant des décennies ont utilisé la corde et le pistolet, le goudron et les plumes pour terroriser leurs voisins ».  Les trois hommes inculpés pour sa mort ont été acquittés des accusations de meurtre lors d’un procès étatique, mais reconnus coupables d’accusations fédérales de violation des droits civiques, et ont écopé chacun d’une décennie de prison, bien que l’un soit mort avant le début de sa peine.

La mort de Good est survenue dans un paysage où l’implication fédérale va au-delà de la volonté de fournir une histoire de couverture pour les actions de Ross jusqu’au refus du Département de la Justice d’enquêter même si la fusillade a violé les droits civiques de Good. Le D.O.J., en fait, est allé dans la direction opposée, poussant pour une enquête criminelle sur la veuve de Good, tout en refusant d’enquêter sur le tireur ; six procureurs fédéraux de carrière du Minnesota ont démissionné en réponse. (Vendredi, il a été rapporté que le D.O.J. avait ouvert une enquête criminelle sur le gouverneur de l’État, Tim Walz, et le maire de Minneapolis, Jacob Frey, pour conspiration présumée visant à entraver l’application de la loi fédérale.) Même à ce stade précoce, les implications de la mort de Good sont claires. La déclaration du vice-président J. D. Vance selon laquelle l’ICE peut opérer avec une « immunité absolue » clarifie le sentiment que l’agence opère comme une sorte de police secrète pouvant agir en toute impunité, sachant que les mécanismes de responsabilité ont été annulés par le Président à qui ils doivent leur allégeance première. L’ICE a commencé ce chapitre en antagonisant et en détenant des personnes qu’elle prétendait être sans papiers, mais le danger s’est étendu bien au-delà de toute communauté unique à quiconque – à travers les lignes de genre, d’origine ou de statut de citoyenneté – ayant la témérité de dissentir.

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