Renée Good y Alex Pretti fueron asesinados por atreverse a interferir con los esfuerzos de la administración Trump para normalizar los secuestros y la violencia estatal.
Fintan O’Toole, The New York Review , 28-1-2026
Traducido por Tlaxcala
Fintan O’Toole (1958) es Editor Asesor de The New York Review y columnista del diario The Irish Times. Su libro For and Against a United Ireland (Por y contra una Irlanda unida), escrito en colaboración con Sam McBride, se publicará en USA en febrero de 2026. @fotoole
El deseo de Donald Trump de poner su nombre a todo,
desde el Centro Kennedy hasta el Golfo de México (“Quería llamarlo el Golfo de
Trump”, declaró en enero), puede parecer casi cómicamente infantil. Pero se ha
convertido en una broma mortal: su régimen califica de terroristas a quienes
ejecuta y arrastra sus nombres por el fango. Este renombrar es una afirmación
de poder absoluto, y USA está en un momento en el que la pretensión de Trump de
dominar el lenguaje se ha vuelto letal, tanto para los individuos como para la
república misma. Si el asesinato de Alex Pretti en las calles de Minneapolis no
puede llamarse asesinato, un régimen autoritario ha superado una de sus pruebas
cruciales: puede invertir todos los significados, dar la vuelta a la
transgresión moral definitiva, haciendo de la víctima el perpetrador, y del
perpetrador la víctima.
Es llamativo que el delito capital por el que tanto
Pretti como Renée Good – a la que semanas antes un agente del ICE disparó
múltiples veces a quemarropa en Minneapolis – fueron ejecutados sumariamente
fue el crimen de ser testigo. Good observaba el trabajo del ICE desde su coche.
Pretti estaba grabando a agentes de la Patrulla Fronteriza en la calle. Ambos
estaban realizando la tarea que las democracias asignan a los ciudadanos:
prestar atención al funcionamiento del poder. Si el precio de la libertad es la
vigilancia eterna, un país que inflige el castigo último a quienes se atreven a
estar vigilantes ya no puede ser libre.
La vigilancia es la forma de resistencia más peligrosa
porque obstruye el proyecto de habituación del régimen de Trump. El fascismo
funciona haciendo normal lo extremo. El hábito, como dice Samuel Beckett, es un
gran amortiguador. Ha sido evidente desde el inicio del segundo mandato de
Trump que está intentando que la visión de hombres armados y enmascarados con
poderes prácticamente ilimitados sea algo a lo que l@s usamerican@s se
acostumbren.
Primero desplegando tropas de la Guardia Nacional en
Los Ángeles y otras ciudades, luego enviando contingentes del ICE a Washington,
Memphis, Nashville, Atlanta, Charlotte, Nueva Orleans, Brownsville, Las Vegas,
Los Ángeles, Filadelfia, Newark, Boston, Chicago, Detroit, Indianápolis y
Minneapolis, el régimen está redefiniendo no solo las normas legales y
políticas, sino la normalidad misma. Está haciendo rutinaria la amenaza de
violencia estatal arbitraria, integrándola en el tejido de la vida urbana diaria.
La esperanza es que la mayoría de l@s usamerican@s puedan ser educad@s para
seguir con sus preocupaciones mundanas incluso mientras son visiblemente ocupad@s.
Sé, por cierto, que esto es muy posible. Durante
treinta años, en partes de mi Irlanda natal, tropas con ametralladoras
agazapadas en portales de tiendas o merodeando en los patios traseros de casas
ordinarias eran algo tan asumido que, si acaso, se veían de reojo. Lo que
siempre está allí acaba por no estar casi en absoluto.
Este procedimiento de habituación es también un
proceso de escalada. La toma del poder autoritaria en una democracia
consolidada debe ser gradual. Y las gradaciones son principalmente morales. La
población debe ser insensibilizada. La gente debe acostumbrarse a imágenes de
niños pequeños secuestrados por agentes enmascarados no identificados. Debe
aclimatarse a ver a mujeres jóvenes siendo agarradas y metidas en furgonetas
sin identificar por hombres sin rostro; deben aprender a no reconocer un
secuestro.
Deben familiarizarse con las desapariciones oficiales,
una idea antes confinada a las tinieblas más allá de la frontera sur pero ahora
completamente domesticada. Deben acostumbrarse a los asesinatos, primero a las
muertes oscuras y apartadas de migrantes: treinta y dos personas murieron bajo
custodia del ICE en 2025, a menudo por la negativa de las autoridades a tratar
condiciones médicas agudas. Y luego deben acostumbrarse a los asesinatos
públicos, abiertos y flagrantes de ciudadan@s usamerican@s. En esta lógica de
escalada, una ejecución sumaria a sangre fría no es un accidente. Es un clímax.
El asesinato de Alex Pretti era en sí mismo un acto obviamente intencional,
pero también era políticamente deliberado. Tras la muerte de Renée Good el 7 de
enero, una administración que no estuviera empeñada en establecer una
autocracia habría detenido los despliegues masivos del ICE. La muerte de Good
habría sido tratada como un desastre, no solo una calamidad privada, sino un
terrible error gubernamental. Trump habría dejado claro que nunca se había
querido que sucediera.
Por supuesto, él y sus subordinados hicieron
exactamente lo contrario, calificando a Good de terrorista doméstica y
justificando su muerte como un acto de legítima defensa individual e
institucional. Pero para que esta táctica no fuera excepcional, para establecer
tales ejecuciones como parte del orden de las cosas, la muerte de Good no podía
ser un caso aislado. Tenía que haber una doble apuesta. Los terroristas
domésticos, por definición, no vienen solos. Son múltiples, y las acciones
necesarias para defenderse de ellos también deben multiplicarse.
Esto no significa que el asesinato de Pretti fuera
específicamente ordenado. Pero el modelo para ello ciertamente se preparó de
antemano. “Sentencia primero, veredicto después”, dice la Reina de Corazones de
Lewis Carroll. Aquí es un caso de justificación primero, ejecución después.
La licencia para matar a Pretti se emitió cuando Good fue redefinida como una
terrorista doméstica que intentaba matar a un agente.
El cuerpo aún caliente de Pretti fue encajado en esta
narrativa preformulada. Era un asesino en masa frustrado. A las pocas horas de
su asesinato, el asesor principal de Trump, Stephen Miller, publicó en X: “Un
aspirante a asesino intentó asesinar a agentes federales de la ley y la cuenta
oficial demócrata se pone del lado de los terroristas”. Tanto Gregory Bovino,
entonces comandante general de la Patrulla Fronteriza, como Tricia McLaughlin,
subsecretaria de Seguridad Nacional, afirmaron que Pretti estaba a punto de “causar
el máximo daño y masacrar a las fuerzas del orden”. La secretaria de Seguridad
Nacional, Kristi Noem, usó casi exactamente la misma frase, dejando pocas dudas
de que había sido elaborada conscientemente.
La gran mentira de la amenaza supuestamente planteada
por Good se agranda aquí deliberadamente. Good estaba realizando “terrorismo
doméstico”; Miller pasó al plural, haciendo de Pretti simplemente uno de “los
terroristas” (como no tienen número, podrían ser legión). Good intentaba matar
a un agente. Pretti planeaba una masacre, no solo de los agentes presentes,
sino de “las fuerzas del orden” mismas. La grotesca inflación del lenguaje por
parte de Trump, su transformación de los políticos opositores en monstruos,
está ahora plenamente integrada en la violencia callejera organizada de su
régimen. Así debe ser siempre en el estado autoritario: la amenaza existencial
solo puede ser derrotada si quienes la encarnan pueden ser privados de sus
propias existencias.
No importa que esta historia exagerada sea más difícil
de hacer creíble que el tipo habitual de mentira oficial que caracteriza tales
asesinatos simplemente como desafortunados accidentes cuya verdadera causa es
imposible de determinar. Hacer que la gente acepte un relato vagamente creíble
es una manifestación menor de poder absoluto que hacer que acepten, o mejor
aún, que simplemente se encojan de hombros ante, uno increíblemente
inverosímil. Existe, en gran parte de los medios usamericanos, un hábito
aprendido de encogerse de hombros, una evitación civilizada de llamar a una
ocupación una ocupación, a una mentira una mentira, a un asesinato un
asesinato. Como señaló Jem Bartholomew en la Columbia Journalism Review
poco después del asesinato de Pretti, “la prensa todavía es tímida para
denunciar directamente las mentiras de la administración”. Pero esta timidez
fuera de lugar en realidad aviva las llamas. Cuando los incendiarios están en
la Casa Blanca y sus objetivos son todos los límites legales, institucionales,
políticos, cívicos y morales a la capacidad de Trump de hacer, como proclama tan
abiertamente, “lo que yo quiera”, el amortiguamiento del lenguaje tiene
consecuencias fatales.
Así, incluso mientras el New York Times hizo un
excelente trabajo analizando las imágenes de video de la ejecución de Pretti,
inicialmente recurrió a la conclusión sosa de que “los videos analizados por el
New York Times parecen contradecir las versiones federales del tiroteo”.
¿Parecen? Como el periódico reconoció implícitamente más tarde, la
verdad es que “los videos contradicen directamente las descripciones del
encuentro por parte de funcionarios de la administración”. Es bueno que el
recurso instintivo a la circunlocución difusa se superara finalmente, pero
seguramente, una vez que el análisis del periódico mostró definitivamente que
la administración mentía descaradamente sobre un asesinato oficial, eso debería
haber sido el titular más crudo.
Mientras tanto, el consejo editorial del Wall
Street Journal declaró que, aunque no merecía ser asesinado a tiros, “Pretti
cometió un error trágico al interferir con agentes del ICE”. Su error fue que “intentó,
tontamente, ayudar a una mujer que había sido rociada con gas pimienta por
agentes”. Se desprende claramente del resto del artículo que el Journal
cree que la administración Trump miente sobre su asesinato injustificado de un
ciudadano usamericano, pero el peso de esta verdad por lo demás asombrosa se
diluye con la sugerencia de que, después de todo, era un tonto. En un Estado
autoritario, ¿quién, sino un tonto, intentaría ayudar a una mujer rociada con
gas pimienta por las tropas de choque del gran líder?
El pecado de la “interferencia” cívica es, de hecho,
la gracia salvadora de la democracia. Good, Pretti y miles de otr@s ciudadan@s
han estado interponiéndose en el derrocamiento armado de las libertades
democráticas haciendo lo que se supone que debe hacer el periodismo: prestar
atención a la realidad efectiva, sobre el terreno. El teléfono que Pretti tenía
en la mano era una conexión con una determinación comunitaria de rechazar el
narcótico de la normalización. Los videos que exponen la trumperia [neologismo
para mendacidad] de la administración sobre su propio uso de la violencia
extrema contra la disidencia pacífica son en sí mismos productos del valor de
presentarse, de estar allí, de ver por uno mismo, impulsos que se supone que
los periodistas valoran por encima de todos los demás, además del uso de un
lenguaje preciso para nombrar lo que se ve.
El desafío que presentan los videos es el de una
evidencia incómodamente irrebatible: prueba de ejecuciones sancionadas y del
mentir sistemático de un gobierno. Si las pruebas tan valientemente recopiladas
no conducen a una profunda reversión, la cesión temporal de Trump a la
indignación pública (diluyendo la campaña de difamación contra Pretti,
retirando a Bovino de Minneapolis y colocando a los dos agentes que dispararon
a Pretti en licencia administrativa) será solo una retirada táctica, otra etapa
en la habituación gradual de l@s usamerican@s a la aplicación arbitraria de la
ley marcial. El nombre de la condición a la que USA se habrá rendido está
escrito por todas partes en los libros de historia de Europa.


