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14/02/2026

The problem is not Chomsky, it’s us


Raúl Zibechi, 14/2/2026

Versione italiana

The adoration of public figures, to whom enormous merits are attributed, to the point of turning them into “almost gods,” is a problem that has persisted for a long time on the left and in emancipatory movements. Virtues are exalted, but never defects. A reality is invented in shades of black or white, excluding nuances, the greys, and anything that might tarnish the deified figure.

The very word “grey” is used as a derogatory adjective. “A grey person” is boring, without merit, incapable of attracting us or capturing our attention, let alone any kind of admiration. However, reality is painted in multiple colors and is much richer than the binary black-white. With this cleavage, we most often seek to calm our uncertainties, fleeing from the uncomfortable nuances that cause us so much insecurity. Because, let’s admit it, the white, Western human is desperately seeking security.

Many left-wing people admit that the personality cult around Stalin was something negative, but they accept the cult of Lenin or Marx, for example. I believe that on this point, the “emancipatory” culture of the left is heir to the caudillismo [cult of strongmen] and the cult of kings so present in human history, from the earliest societies to today. With the aggravating factor that today’s cults are disguised as emancipation, but at heart they are as absurd as submission to kings and queens.

Even today, we see how this cult continues its tremendous work of paralyzing societies, whether in the uncritical support for Evo Morales or Hugo Chávez, to give just two examples. The progressive processes in Latin America have all been linked to a caudillo, from Néstor Kirchner to Lula, through Correa and those already mentioned.



In Chomsky’s case, the gravity of his close link with the pedocriminal millionaire Epstein stands out, even after he was convicted and his misdeeds became known. However, if Epstein hadn’t been a pedocriminal, would anything have changed? Can we validate that a left-wing public figure has close ties with a millionaire? Not every friendship is acceptable, with just anyone, overlooking class, political positions, and people’s status. Not to mention that Chomsky committed other sins, like working for military programs.

Can a person like us, the readers of this page, associate with just anyone, a Berlusconi, a Bolsonaro, or a Putin? I’m not referring to grassroots people who may have supported these figures, but to relationships with the dominant elites, a style cultivated in parliaments around the world, when deputies in opposing political positions eat at the same table and end up socializing in the same spaces.

What Chomsky did is simply repugnant. Even more serious because he is a public personality who should set an example and apologize when he is wrong. What I aim for with these lines is to hold up a collective mirror to ourselves, as the Zapatistas often say, to ask: And what about us?

How many Chomskys are there in our brains and hearts? Putting all the evil on the linguist is the same as putting all the merits on a caudillo, like Pepe Mujica, for example. Being Uruguayan, I suffer every time grassroots people in some corner of the planet tell me wonders about a figure who, in this country, we know and do not admire, at least not the author of these lines and a large part of his friends.

The personality cult also reveals our proverbial individualism, since we place all the positive values in one person, but not in a collective. The Zapatistas do well to cover their faces, to make themselves all equal with the balaclava and the bandana. Observe that all capitalist culture revolves around individuals, from Messi to Trump, whether to deify or condemn. Even in the case of Zapatism, our attitudes are not the same towards Subcomandante Marcos or towards any of the comandantas, including the author of these lines.

Perhaps the lesson we can learn from the Epstein-Chomsky case is that we must be more careful, more moderate when it comes to mitycizing figures. But above all, be more community-oriented, highlight the collective and the simple, the innocence of children before the system leads them to the adoration of celebrities.

El problema no es Chomsky, somos nosotros

Raúl Zibechi,14-2-2026

Versione italiana

La adoración de personajes públicos, a los que se atribuyen enormes méritos, llegándose a convertirlos en “casi dioses”, es un problema que se arrastra desde mucho tiempo atrás en las izquierdas y en los movimientos emancipatorios. Se exaltan virtudes, pero nunca defectos. Se inventa una realidad en tonos de blanco o negro excluyendo matices, los grises y todo aquello que pueda opacar al personaje endiosado.

La propia palabra gris es usada como adjetivo. “Una persona gris”, es aburrida, sin méritos, incapaz de atraernos o concitar nuestra atención, menos aún algún tipo de admiración. Sin embargo, la realidad está pintada en múltiples colores y es mucho más rica que el binario blanco-negro. Con ese clivaje, las más de las veces pretendemos calmar nuestras incertidumbres, huyendo de los incómodos matices que tanta inseguridad nos provocan. Porque, admitamos, el ser humano blanco y occidental busca desesperadamente la seguridad.

Muchas personas de izquierda admiten que el culto a la personalidad de Stalin fue algo negativo, per aceptan el culto a Lenin o a Marx, por ejemplo. Creo que en este punto la cultura “emancipatoria” de las izquierdas es heredera del caudillismo y del culto a los reyes tan presentes en la historia de la humanidad, desde las primeras sociedades hasta hoy. Con el agravante de que los cultos actuales se disfrazan de emancipación, pero en el fondo son tan absurdos como la sumisión a los reyes y reinas.

Aún hoy vemos cómo ese culto sigue haciendo su tremendo trabajo de parálisis de las sociedades, ya sea en el apoyo acrítico a Evo Morales o Hugo Chávez, por poner apenas dos ejemplos. Los procesos progresistas de América Latina han estado, todos ellos, ligados a un caudillo, desde Néstor Kirchner hasta Lula, pasando por Correa y los ya mencionados.



En el caso de Chomsky sobresale la gravedad de su estrecho vínculo con el pedocriminal millonario Epstein, incluso después de haber sido condenado y de conocerse sus fechorías. Sin embargo, si Epstein no hubiera sido pedocriminal, ¿algo hubiera cambiado? ¿Podemos validar que un personaje público de las izquierdas tenga estrechos vínculos con un millonario? No se vale cualquier amistad, con cualquier persona, pasando por encima de las clases, las posiciones políticas y el estatus de las personas. Sin olvidar que Chomsky cometió otros pecados, como trabajar para programas militares.

Una persona como nosotros, los lectores de esta página, ¿puede relacionarse con cualquier persona, con un Berlusconi, un Bolsonaro o un Putin? No me refiero a gente de abajo que haya apoyado a esos personajes, sino a las relaciones con las elites dominantes, un estilo que se cultiva en los parlamentos de todo el mundo, cuando diputados que están en posiciones políticas opuestas, comen en la misma mesa y se terminan socializando en los mismos espacios.

Lo de Chomsky es sencillamente repugnante. Más grave aún por tratarse de una personalidad pública que debe dar el ejemplo y pedir perdón cuando se equivoca. Lo que pretendo con estas líneas, es ponernos un espejo colectivo, como suelen decir los zapatistas, para preguntarnos: ¿Y nosotros qué?

¿Cuántos Chomsky hay en nuestros cerebros y corazones? Poner toda la maldad en el lingüista es igual a poner todos los méritos en un caudillo, como Pepe Mujica, por ejemplo. Siendo uruguayo, sufro cada vez que gente de abajo en algún rincón del planeta, me dice maravillas de un personaje que, en este país, conocemos y no admiramos, por lo menos quien esto escribe y gran parte de sus amigos.

El culto a la personalidad revela, además, nuestro proverbial individualismo, ya que colocamos todos los valores positivos en una persona, pero no en un colectivo. Hacen bien los zapatistas en cubrirse el rostro, en igualarse todos y todas con el pasamontaña y el paliacate. Observemos que toda la cultura capitalista gira en torno a personas, desde Messi hasta Trump, ya sea para endiosar o reprobar. Incluso en el caso del zapatismo, no son iguales las actitudes que tenemos hacia el subcomandante Marcos o hacia cualquiera de las comandantas, incluyendo a quien esto escribe.

Tal vez la lección que podemos aprender del caso Epstein-Chomsky es que debemos ser más cuidadosos, más moderados a la hora de mitificar personajes. Pero, sobre todo, ser más comunitarios, destacar lo colectivo y lo simple, la inocencia de las niñas y niños antes de que el sistema los conduzca hacia la adoración de las celebridades.