05/08/2021

GID’ON LEV
Eduard Douwes Dekker, el funcionario holandés cuya loca novela “Max Hávelaar” inició una revolución anticolonialista

Gid'on Lev ןועדג בל, Haaretz, 7/11/2020 

Traducido pr Sinfo Fernández

Idealista y codicioso, ilustrado y racista, amante de la humanidad y egoísta: Eduard Douwes Dekker, alias Multatuli, generó uno de los escritos anticolonialistas más audaces jamás escritos.

 

Eduard Douwes Dekker, también conocido como Multatuli. En su calidad de funcionario, y más tarde en sus escritos, luchó contra la explotación y opresión de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Foto: Csar Mitkiewicz

A finales del siglo pasado, y del milenio, The New York Times preguntó a varios escritores y pensadores de todo el mundo cuál era la historia que consideraban  más importante de los últimos mil años. El escritor y disidente político indonesio Pramoedya Ananta Toer ofreció una respuesta particularmente sabrosa. A lo largo de cientos de años durante el segundo milenio, señaló, las especias eran más valoradas que los metales preciosos. Se usaban en ceremonias religiosas, como medicación y para mejorar el sabor de los alimentos, esto último resultó crucial en los períodos en los que la variedad de alimentos se limitaba a un nivel difícil de imaginar hoy en día. El ansia de los europeos por las especias impulsó viajes a nuevos reinos a bordo de buques de guerra y generó una riqueza sin precedentes para los conquistadores.

La fuente más abundante de especias, así como de tabaco, azúcar y café, fue el archipiélago de miles de islas y cientos de culturas que se conoce hoy como Indonesia. Poco después de la llegada de la flota holandesa, a finales del siglo XVI, la capital del archipiélago, Batavia (hoy Yakarta), se convirtió en el centro comercial más grande del mundo. Durante más de un siglo, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, con sede en Ámsterdam, fue la mayor empresa comercial del mundo.

Con tal de incrementar sus ganancias, los holandeses no retrocedieron ante nada. Así, entre otras acciones, masacraron a casi toda la población de las Islas Banda, un grupo de diez islas indonesias que eran la única fuente mundial de nuez moscada, y también transportaron allí esclavos y prisioneros de guerra para cultivar dicha especia, lo que rindió una ganancia estimada en un 60.000%.

Otros lugares de las Indias Orientales Holandesas también se transformaron en granjas de sudor. Los agricultores locales se vieron obligados a producir los cultivos ordenados por el gobierno de Holanda; miles murieron de hambre. Además, los isleños debían pagar altos impuestos al gobierno de Ámsterdam, así como a los gobernantes locales que implementaban las políticas del régimen opresivo; un truco inteligente que permitió a Holanda gobernar un país de 13 millones de personas con solo 175 funcionarios con residencia allí.

Una Indonesia tan rentable se convirtió en un modelo a seguir para actividades similares en Asia y más allá. Sin embargo, a principios del siglo XX surgió en aquella zona uno de los primeros movimientos de liberación del mundo, presagiando el final de la historia colonial de siglos de la humanidad, condimentada con codicia, sangre y saqueo. Según el artículo de Pramoedya en The Times, las semillas de esta prodigiosa revolución global se plantaron en 1860, en una novela loca escrita por un representante peleón de la administración holandesa. El “mundo tiene una gran deuda” con Eduard Douwes Dekker, concluía.

Tapiz de contradicciones

Eduard Douwes Dekker nació en Amsterdam en 1820, el cuarto de cinco hijos de un capitán de barco holandés. En 1838 zarpó con su padre rumbo a Oriente, donde se embarcó en una carrera de casi dos décadas como funcionario del gobierno. Su nombre está vinculado a muchas historias que describen su mal genio y su extrema intolerancia ante cualquier forma de injusticia. Fue encarcelado tras defender a un súbdito local en una pelea, utilizó sus ahorros para comprar esclavos y luego liberarlos, y fue suspendido de su trabajo por un año tras denunciar ferozmente el comportamiento corrupto de un alto funcionario al que estaba subordinado. Sin sustento, Dekker casi muere de hambre. Desesperado, se dedicó al juego, que no contribuyó precisamente a aliviar su situación económica.

A pesar de su comportamiento desenfrenado e independiente, Dekker era estimado tanto por su dedicación al trabajo como por su aguda inteligencia. En enero de 1856 fue nombrado funcionario a cargo de la región de Lebak, en la parte occidental de la isla de Java. Llegó allí con su esposa, Everdine Hubertina, y su hijo mayor, Eduard (posteriormente la pareja también tuvo una hija, Everdine, conocida como Nonni).

En Lebak Dekker descubrió un extenso sistema de explotación y opresión vergonzosa de los agricultores por parte de un gobernante local bajo los auspicios y el estímulo de la administración holandesa. Sus esfuerzos por combatir ese sistema terminaron con su renuncia al servicio del Estado, aunque sabía que el traslado iba a hundir a su familia en una vida de abyecta pobreza.

Al regresar a Holanda con cientos de documentos que proporcionaban pruebas de las injusticias que había presenciado, intentó, en vano, obtener justicia tanto para él como para el pueblo de Java. Sus deudas se acumularon y finalmente se vio obligado a abandonar el país. Tuvo que vivir en destartalados hoteles en Alemania, y se esforzó freneticamente en desarrollar un sistema para ganarle a la banca de un casino en Wiesbaden. Eso tampoco ayudó mucho.

 

El castillo de Batavia, el centro administrativo de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en Asia. Foto: Rijksmuseum

Tras unos años viviendo como un vagabundo indigente, Dekker pasó seis semanas -“en parte... sobre una mesa sucia y destartalada en una taberna de Bruselas”, como él la describe- escribiendo la novela semiautobiográfica “Max Hávelaar: o las subastas de café de la Compañía Comercial Holandesa”, que relata su vida en Indonesia. Publicó el libro en 1860 bajo el seudónimo de Multatuli (en latín, “mucho he sufrido”).

Inesperadamente, la novela fue un tremendo éxito de publicación ese mes de abril. El libro, lleno de claras intenciones didácticas, se lee a veces como un tratado de propaganda: los esfuerzos por justificar al autor y vilipendiar a sus rivales son completamente transparentes, casi vergonzosos por su falta de timidez.

Además de ser una de las novelas más influyentes de la historia, “Max Halevaar” es sin duda también una de las más extrañas. Es una concatenación caótica de estilos, incorporada en una estructura literaria aparentemente imposible. Como escribió D.H. Lawrence en la introducción de su segunda edición en inglés, publicada en 1927, el libro es “el mayor de los posibles líos”. Es, de hecho, un batiburrillo de voces y lenguajes, que además de diálogos estándar contiene cartas, parábolas, contratos, un maravilloso cuento popular (la conmovedora historia de Adinda y Saidjah), memorandos oficiales, poemas, discursos, sermones religiosos, multitud de notas a pie de página, reflexiones filosóficas y no pocas descripciones arcaicas de la política holandesa en las islas.

Pero también hay una trama. Al principio del libro, un burgués corredor de bolsa holandés llamado Drystubble se encuentra con una figura misteriosa de su pasado, que le entrega un paquete que contiene documentos que documentan su vida en Indonesia. Drystubble se da cuenta de que los documentos tienen un alto valor público y financiero. Decide entregárselos a su asistente, Ernest Stern, un alemán que habla un holandés básico, y al hijo de Stern, Fritz. A partir de esos documentos, crean la biografía ficticia de una figura misteriosa, a quien llaman Max Hávelaar. Las secciones insertadas entre los capítulos autobiográficos suavizan la narrativa, bastante subversiva, presentada por el asistente de Drystubble y su hijo, para hacerla más aceptable a la sensibilidad del público en general. El resultado es una combinación de la historia real de Dekker, la historia de ficción de Hávelaar, el comentario narrativo presentado por Drystubble y finalmente la narrativa de Multatuli, quien al final de la novela deconstruye la estructura de ficción que él creó y apela directamente a la conciencia del lector.

A pesar del gran “lío” -y debido también a algún tipo de alquimia-, el libro funciona. Incluso después de 160 años, “Max Hávelaar” resulta ser una obra maestra: inquietante, triste, tremendamente relevante y también tremendamente divertida. Como explicó el traductor de la edición hebrea, Ran HaCohen, en 1998: “Traduje el libro porque me hizo reír, al igual que hizo reír al padre de mi abuelo hace cien años. Era el shamash [asistente de la sinagoga] en un pequeño pueblo del norte de Holanda, de quien se decía que sus dos grandes amores eran Multatuli y la Biblia”. (Por cierto, hace unas semanas HaCohen fue galardonado con el premio de traducción de la Fundación Holandesa de Literatura, gracias, sobre todo, a su espléndida traducción de “Max Hávelaar”).

El encanto del libro se deriva en gran parte de unas caracterizaciones muy bien definidas: los personajes buenos son maravillosos, los malos son horribles. Multatuli compara sin pestañear a su personificación ficticia, el inteligente y valiente Hávelaar, con Sócrates y Jesús. Drystubble, en cambio, es uno de los personajes más repugnantes de los anales de la literatura. Pero el mal de Drystubble es del tipo “banal”, por tomar prestada la terminología de Hannah Arendt. Su maldad es del tipo legal, mundano y socialmente aceptada.

Lo que quizás toca el corazón del lector es la cercanía revelada entre estos dos personajes en conflicto: la conexión engañosa que cada persona siente dentro de sí misma entre lo puro, lo espiritual, lo honesto y lo moral, y lo mezquino, lo farisaico, lo hipócrita y lo avaro. Cuanto más intenso es el vitriolo y el desprecio que Multatuli siente por Drystubble, más evidente se vuelve para el lector que él es en realidad su alter ego.

En efecto, en un momento dado, Dekker/Multatuli, que es más puro que puro y más justo que justo -el hombre que escribió lo que el autor israelí Batya Gur llamó una de “las obras de protesta más audaces e impresionantes de todos los tiempos contra la autoridad y la explotación que los imperios imponen a sus colonias ocupadas”- se ofreció a aplazar la publicación del libro si se le concedía un puesto suficientemente gratificante en las colonias. De hecho, era uno y otro al mismo tiempo: idealista y codicioso, indiferente a la riqueza y avaro, ilustrado y racista, amante de la humanidad y egoísta.

Como todos nosotros, aparentemente. En uno de los pasajes más hermosos del libro, Multatuli escribe: “Créanme, no tiene sentido reprender a un tipo por ser muy malo, ¡ya que los buenos de entre nosotros difícilmente son mejores! Si consideramos que la perfección es igual a cero grados y la maldad a cien, ¿quiénes somos -oscilando como oscilamos entre 98 y 99- para condenar a alguien que obtiene ciento uno? Aun así, creo que muchas personas no alcanzan los cien grados solo por falta de buenas cualidades, como el coraje para ser ellos mismos”.

Un sucesor de Multatuli en el análisis de las profundas contradicciones del corazón humano -Sigmund Freud-, dijo que el holandés era uno de sus autores favoritos. Freud colocó la recopilación de escritos de Multatuli en primer lugar en una lista que elaboró ​​en 1907 de los “10 mejores libros”.

 

Placa del siglo XVII en honor a la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en la ciudad portuaria de Hoorn, Países Bajos. Durante un tiempo, fue la empresa comercial más grande del mundo, pero una empresa asesina. Foto: Stephencdick

El horror golpea el país

La Holanda de mediados del siglo XIX era uno de los lugares menos probables para la publicación de un libro subversivo y antiimperialista. El país se encontraba en un estado de profundo estancamiento y su población era conocida por su estrechez de miras, cautela y apatía. Como escribió un crítico social de la época: “Puede oírse caer una hoja: todo lo que hay allí está tan muerto como sea posible estarlo”.

La publicación del libro tuvo un efecto tremendo. Como comentó un miembro del parlamento holandés inmediatamente después de su publicación, “conmovió a todo el país”. La sociedad holandesa, ultraburguesa y ultrareligiosa, se sintió abrumada al ver así expuesta su hipocresía.

De la noche a la mañana, Multatuli se convirtió en un autor famoso, pero su esperanza de que se hiciera justiciar, en su nombre y en el de los javaneses, quedó frustrada. Los intereses creados en su contra eran demasiado poderosos. En el año en que se publicó el libro, las ganancias de la Compañía de las Indias Orientales, que entonces controlaba ese espacio, representaron el 34% de los ingresos del Estado holandés.

Incluso después de convertirse en una sensación literaria, Multatuli siguió siendo un paria social. Su familia se deshizo. Se ganaba la vida a duras penas con la escritura literaria y periodística, y continuó manteniendo su promesa de luchar contra todo en el ámbito moral, social y político que fuera pequeño, miserable, constreñido o sofocado. Entre otros males sociales, luchó contra el antisemitismo, que estaba muy extendido en la Holanda de su época (en su libro “Love Letters”, se describe saltando a un canal de Ámsterdam para pescar la kipá de un niño judío que alguien había arrojado allí) y contra la discriminación hacia las mujeres. En 1920, el centenario de su nacimiento, un historiador holandés escribió que “las mujeres de los Países Bajos deben su liberación, en gran medida, a la crítica incisiva de Multatuli”.

Dekker murió en 1887 a causa de un ataque de asma en el exilio en Alemania. Aunque no vio los resultados del proyecto de su vida, en un epílogo, que añadió al libro seis años antes de su muerte, no mostraba ninguna duda sobre el resultado: “¡Triunfaré!” Sabía que, al final, la verdad ganaba. De hecho, 50 años después de la publicación de “Max Hávelaar” comenzó a emerger bajo la forma del movimiento de liberación de Indonesia.

A principios del siglo XX, después de más de 300 años de dominio colonial, menos del 5% de la población indonesia sabía leer y escribir. Un porcentaje mucho menor sabía leer holandés, la mayoría de ellos jóvenes miembros de la aristocracia local, que recibían una educación elitista. Algunos de ellos, incluido Ahmed Sukarno, uno de los líderes de la lucha nacional contra el dominio holandés y más tarde el primer presidente de la Indonesia independiente, dirían que su lectura de “Max Hávelaar” les impulsó a rebelarse contra generaciones de opresión. Hay calles y plazas que llevan el nombre de Multatuli en casi todas las comunidades de Indonesia.

El crítico cultural y estudioso del colonialismo Edward Said señaló a Multatuli, en su libro “Cultura e imperialismo”, como uno de los pocos escritores del siglo XIX que abordaron el tema de la ocupación colonial como tal. Multatuli es también considerado el primer escritor europeo que ha expuesto los detalles de la explotación, opresión y corrupción generadas por la ocupación colonial. “Max Hávelaar” es descrito a menudo como “el libro que mató al colonialismo” y se compara con “La cabaña del tío Tom”, que ejerció una influencia similar en la actitud pública hacia la esclavitud en USA.

El libro se ha traducido a 40 idiomas y en 1976 se estrenó una adaptación cinematográfica. Hay varias biografías de Multatuli, así como una revista literaria y una enciclopedia dedicada a sus escritos. Sus obras completas se publicaron en 25 volúmenes.

En 2002 la Fundación Holandesa de Literatura eligió a Multatuli, por una gran mayoría, como el escritor holandés más importante de todos los tiempos y a “Max Hávelaar” como la obra literaria más importante jamás publicada en los Países Bajos. Pero lo que podría haberle dado la mayor alegría a Dekker fue el establecimiento en 1988 de la Fundación Max Hávelaar, la primera organización de este tipo en emitir la Marca de Certificación de Comercio Justo para los productos agrícolas cultivados en el mundo en desarrollo en condiciones de comercio justo, una idea que se repitió en otros lugares. en el mundo.

Multatuli triunfó. Y la lucha continúa.

 


 

 

Aucun commentaire: