21/02/2026

Veinte años después

Fausto Giudice, 21 de febrero de 2026

Era el 21 de febrero de 2006, fecha elegida para lanzar el sitio web Tlaxcala (en aquel entonces tlaxcala.es). La aventura había comenzado en septiembre de 2005. Manuel Talens, escritor y médico español residente en Valencia, responsable de traducciones para el sitio web rebelion.org, había realizado una larga entrevista a Gilad Atzmon, el saxofonista de jazz y escritor exisraelí y antisionista. Habiendo preguntado a Gilad si conocía a alguien para revisar la versión inglesa de la entrevista, éste lo puso en contacto con una autora y activista usamericana que vivía en Italia. Luego, a petición de Manuel de si conocía a alguien para traducir la entrevista al francés, nuestro jazzman lo puso en contacto conmigo. Yo colaboraba entonces con un sitio web musulmán y llevaba dos años intentando organizar el trabajo de traducción para ese sitio. En aquella época, Internet era aún un mundo compartimentado, el 99% de los sitios y blogs publicaban en una sola lengua. El inglés ejercía una supremacía aplastante.


Una vez establecido el contacto, los tres empezamos a discutir las posibilidades y perspectivas de organización de una red transnacional de traductores. Cada uno de nosotros contactó á los pocos traductores con los que trabajábamos. Nos encontramos con una veintena. Acordamos redactar un manifiesto para explicar nuestro proyecto, cuyo objetivo principal era combatir la supremacía de la lengua inglesa en la red, permitiendo al mismo tiempo a los angloparlantes, generalmente monolingües, acceder a textos escritos en otros idiomas para ver más allá de sus anteojeras. En enero de 2006, nuestro manifiesto estaba listo. Pedimos a artistas gráficos y a un desarrollador españoles que diseñaran un sitio web multilingüe adaptado a nuestras ambiciones.

Ante la pregunta de cuándo lanzar nuestro sitio web, propuse la fecha del 21 de febrero, para poner nuestra red bajo un triple patrocinio: el del general Augusto Sandino, el de Missak Manouchian y el de Malcolm X: los tres habían sido asesinados ese mismo día, en 1934, 1944 y 1965.

De una veintena al principio, dos años después éramos un centenar. De 2006 a 2021, unas 250 personas trabajaron con nosotros, algunas solo de paso, otras aportando un trabajo regular. De seis idiomas pasamos a quince, desde el esperanto al chino, pasando por el tamazight y el serbocroata. En los primeros quince años, publicamos unos 70 000 documentos.

La desaparición de Manuel en 2015 asestó un duro golpe a Tlaxcala, del que nunca nos recuperamos. Luego, en 2021, otra catástrofe: nuestro segundo sitio web (tlaxcala-int) desapareció de la noche a la mañana y nuestro proveedor de alojamiento francés respondió a nuestras preguntas con un silencio ensordecedor. La sospecha de un acto de censura exigido por los sospechosos habituales nunca pudo confirmarse. Así que continuamos nuestras publicaciones en un blog creado unos años antes, cuando unos hackers habían llenado nuestros sitios de anuncios de Viagra y nuestro desarrollador tardó unas semanas en limpiarlos.

¿Dónde nos encontramos hoy?

En 2005-2006, el multilingüismo era prácticamente inexistente en la red. Veinte años después, el New York Times publica parte de sus artículos en chino, árabe, criollo, francés; El País publica también en inglés y portugués, y hasta Le Monde, que traduce algunos de sus artículos al inglés. Numerosos sitios web son ahora multilingües, desde Pravda o Russia Today hasta grupos políticos transnacionales, ya sean trotskistas, ecologistas, anarquistas o simplemente anticapitalistas.

El gran cambio se ha producido en estos dos o tres últimos años con la explosión de la inteligencia artificial. De Google translate, que fue mejorando progresivamente tras unos primeros años catastróficos, a Deepl, el número 1 de la “Deutsche Qualität”, hemos pasado a chatgpt, deepseek y otros claude. La pregunta es, por tanto: ¿podemos prescindir del ser humano para traducir? Mi respuesta es no, no y no.

1° No: la IA sigue cometiendo errores, cuando no sufre alucinaciones.

2º No: la IA obviamente no tiene relaciones humanas, ni con los autores ni con los lectores.

3° No: la IA traduce pero no interpreta. Ahora bien, traducir es, como decía José Martí, transpensar.

La red Tlaxcala ya solo existe virtualmente. Pero seguimos siendo un puñado de mohicanos continuando la lucha contra los muros, hatta el mout, hatta el nasr (hasta la muerte, hasta la victoria).

A continuación, un magnífico texto de nuestro amigo Santiago Alba Rico, publicado el 21 de febrero de 2006.

Tlacala contra el Uno o cómo traducir un cordero

Santiago Alba Rico, 21-2-2006

   Siempre me ha parecido extraño que para tocar el piano se necesite un piano, esa especie de dinosaurio de madera que hay que aporrear con las dos manos; como me parece extraño que a nadie le parezca extraño que para traducir un texto de una lengua a otra no se necesiten grúas y poleas, cuerdas y palancas, con las que levantar del suelo todo ese peso. En las lenguas que conozco, todas mal, “traducir” (tradurre, traduire, traduzir, translate, übersetzen) evoca la operación muy física de recolocar una carga, de acarrear un paquete, de transportar y alzar y apoyar en otro sitio un gran piano. También en árabe, donde el verbo “tarjama”, del que se derivan nuestro castellano “trujimán” o “truchimán” o “dragomán”, comparte el campo con “naqala”, literalmente “transportar”, cuya gutural “qaf” central materializa la imagen muy robusta de un camión lleno de naranjas. Creo que los miembros del colectivo Tlaxcala no se sentirán incómodos si me los imagino como fornidos camioneros o mozos de carga (ellas y ellos) que aceptan y se enorgullecen del carácter social tanto de su medio de transporte como del material explosivo que transportan.

El viento que traslada la semilla y poliniza el campo estéril por encima de la valla, ¡es el traductor del trigo!

   El río que traslada agua, barcos y limo de un país a otro sin secarse en las fronteras, ¡es el traductor de la vida!

   El labio impetuoso que traslada saliva al labio del amante, ¡es el traductor del fuego!

   El albañil que traslada ladrillos para construir una casa, ¡es el traductor del empeño!

   El estibador que carga fardos en el puerto, el minero que empuja la vagoneta, la maquiladora que transforma trabajosamente el tejido, ¡son los traductores de la potencia cautiva!

   El militante que pasa un mensaje, el resistente que transmite una información clandestina, el estudiante que reparte un periódico colérico, ¡son los traductores del límite!

   El campesino que transporta armas a las Sierras Maestras del planeta, ¡es el traductor de su pueblo!

   El poeta que traslada los nombres comunes de una posibilidad no entrevista, ¡es el traductor del futuro!

   Pero por eso mismo, y al revés, Tlaxcala, colmena de traductores, falansterio de verbos, es viento, es río, es saliva, es ladrillo, es estibador de puerto, es minero, es maquiladora, es campesino, es militante, es poeta. 

Son tres los misterios. El primero: hablamos. El segundo: hablamos lenguas diferentes. El tercero: podemos traducirlas. De los tres, el más enigmático y definitivo, el que mejor nos define como humanos, es el último. Un león y una mariposa no tienen nada que decirse, una cebra y un cordero pueden chocar, pero no cambiarse de sitio. Lo que distingue a los hombres de los animales es que sólo los hombres pueden traducir y traducirse. Sólo lo que no admite traducción es una especie, sólo lo que no se puede traducir es una raza y por eso una cebra es una cárcel. Si algo no se puede traducir es que no es libre. El racismo, la xenofobia, el machismo, el imperialismo, el capitalismo, se oponen encarnizadamente a toda traducción, quieren agotar el mundo en sus especies estancas, tratan a los hombres como a cebras de una sola versión, como a corderos intraducibles. Traducir es salir de la cebra; es decir, salir de la cárcel. Traducir un cordero es convertirlo –verterlo- en un hombre.

   Lo contrario de traducir es reducir: reducir a un prisionero, reducir una revuelta, reducir a cenizas un poblado, reducir a escombros una casa, reducir un pueblo a la miseria. Esa es la vocación del Imperio. Monsanto quiere embridar los pólenes y el viento; Lyonnaise des Eaux quiere enlatar los ríos; Repsol quiere coagular las salivas; el fuego, las vagonetas, los tejidos, los campos hablan una sola lengua, un idiolecto, y no hay ninguna otra a la que trasladarlos. El relato de Babel es pura propaganda: para que los hombres juntos no construyesen esa torre amenazante para el cielo, Dios tuvo que crear luego un imperio que impidiese la traducción y generalizase un cizañero idioma común. Hacen falta al menos dos lenguas para entenderse y mil para ponerse de acuerdo. Para dividir a los hombres Dios les impuso una sola lengua y los encerró en ella. El Pentágono y la OTAN se ocupan de reducir las casas y los cuerpos; El País, la CNN y The New York Times, entre otros, se encargan de reducir las mentes. El Imperio no se puede traducir: es uno, total e intransitivo.

   La figura del traductor ha estado siempre marcada por una especie de fracaso original: era el zapatero remendón que parcheaba los estragos de babel, la lámpara a media luz que apenas si lograba, como en la hermosa metáfora cervantina, mostrar el revés del tapiz, el traduttore traditore resignado a trasladar sentidos mancos, aproximaciones, tanteos, y a recibir el desprecio con que se despacha a los mensajeros desmemoriados. Tlaxcala, cooperativa del transporte de voces, parque móvil de las palabras comunes, parte del principio contrario y mucho más exacto: el de que el peligro y el fracaso es el monolingüismo; el de que es el Uno el que impide la unidad; el de que sólo una alianza de las diferencias puede triunfar sobre el Todo. Tlaxcala nace para regocijarse en el barullo de Babel y para expedir sus camiones, con armas y con naranjas, en todas direcciones. Tlaxcala nace para afirmar el carácter social del lenguaje y el carácter lingüístico de la emancipación. Tlaxcala nace para combatir el inglés imperial y también para salvar el inglés, reducido –intraducible- a una lengua sumaria, imperativa, enjuta, acerada, esférica y tramposa, una especie y no una lengua (y no cebra sino hiena), una cárcel y no un río, un idiolecto absoluto que sólo puede ser rehabilitado y liberado, como sus propios hablantes, dejando entrar en su seno las traducciones de otras lenguas.

   Poleas y grúas, sogas y palancas, me emociona y agradezco personalmente (oligóglota de a pie) el trabajo musculosamente social de los traductores (los de Rebelión y los de Tlaxcala), sin el cual seguiríamos siendo cebras o hienas en el zoológico de la CNN y El País. Tlaxcala quiere ser la Escuela de Traductores de Toledo del anti-imperialismo, el ejército de trujimanes que levante, ladrillo a ladrillo, la torre bulliciosa contra el Uno enmudecedor, el brazo lingüístico de la revolución que liberará el viento, los ríos, la saliva, las vagonetas y los hombres. El mundo es una traducción y todas sus partes son originales. Que tenga cuidado el Uno que Tlaxcala ha empezado a traducir la Unión. 

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