Además de ser un violador de mujeres y niñas y un chantajista en serie, Jeffrey Epstein era un ideólogo de la superioridad racial. Con su círculo de interlocutores perseguía una lúcida visión eugenésica.
Tahar Lamri, Kritica.it, 25-2-2026
Traducido por Tlaxcala
No es un escándalo como los demás. Los archivos Epstein – los miles de páginas de correos electrónicos, transcripciones y grabaciones de audio publicados entre finales de 2025 y febrero de 2026 – hablan, sí, de poder, dinero y violencia sexual. Pero también hablan, y quizás, ante todo, de un pensamiento que circulaba entre las mentes más celebradas del occidente académico y político: un pensamiento sobre la jerarquía humana, sobre la calidad del material biológico, sobre la posibilidad – más aún, la necesidad – de seleccionar, controlar y mejorar la composición de las poblaciones. En una palabra: eugenesia. Solo que nadie la llamaba así.
La grabación de la conversación entre Ehud Barak, ex primer ministro de Israel, Jeffrey Epstein y el ex secretario del Tesoro usamericano Larry Summers – tres horas y media, privada, aparentemente de 2015 – se ha convertido en la puerta de entrada a este universo.
La grabación Epstein-Barak: jerarquía étnica en forma
de estrategia
En la grabación con Epstein y Summers, Barak no pierde
tiempo en preámbulos. Habla de lo que denomina “el desafío demográfico de
Israel a largo plazo” y su razonamiento procede con la naturalidad de quien
expresa opiniones que nunca ha tenido razón para ocultar.
El punto de partida es una constatación numérica: la
población árabe de Israel ha pasado de alrededor del 16% de hace cuarenta años,
al actual 20% (en el momento de la conversación). A esto se añade el
crecimiento demográfico de los judíos ultraortodoxos (haredim), que
Barak considera – con su típica franqueza laico-militar – otra carga
improductiva para el Estado. El problema, tal como él lo ve, es de equilibrio.
Su solución se articula en tres ejes. Primero:
inmigración selectiva, en particular de judíos rusoparlantes desde Rusia.
Segundo: conversión masiva al judaísmo, previa demolición del monopolio del
rabinato ortodoxo sobre los procedimientos de conversión. Tercero: una
jerarquía explícita dentro de la ciudadanía árabe-israelí: drusos en la cima (“totalmente
israelíes en su comportamiento”), cristianos árabes en segundo lugar (“tienen
un sistema educativo mejor que el nuestro”), musulmanes implícitamente en el
fondo.
Pero el pasaje más revelador – el que ha suscitado el
mayor escándalo – se refiere a la historia de la inmigración judía misma.
Refiriéndose a la ola de inmigración posterior a 1948 desde el norte de África
y el mundo árabe, Barak dice: “Fue una especie de ola de rescate desde el norte
de África, el mundo árabe o lo que sea. Tomaron cualquier cosa que llegara;
ahora podemos ser selectivos”.
Y aún más: “Podemos controlar la calidad mucho más
eficazmente, mucho más de lo que lo hacían los fundadores de Israel”.
La palabra calidad aplicada a ejemplares
humanos. El término “selectivos” para describir una política migratoria hacia
sus propios correligionarios. Estas afirmaciones han sido reportadas y
analizadas por Middle East Eye, Al Jazeera, Times of Israel y Ynet News. Y, de fondo, la evaluación implícita – e histórica –
de la inmigración mizrahi (judíos del norte de África y Oriente Medio)
como inmigración de serie B, aceptada por necesidad, no por elección.
La cuestión asquenazí: un eurocentrismo fundacional
Para entender el peso de tales palabras, hay que
conocer la historia que subyace. Israel nunca ha sido un Estado homogéneo.
Desde su fundación en 1948, su liderazgo político, militar y cultural fue casi
enteramente asquenazí – es decir, de origen judío de Europa oriental y central.
Ben-Gurión, Golda Meir, Beguin, Peres, Rabin, el propio Barak, son todos parte
de esa tradición.
Esta élite traía consigo los valores, prejuicios y el
sentido de superioridad cultural de la Europa oriental judía. El sionismo
laborista – el movimiento político que construyó las instituciones del Estado –
era profundamente eurocéntrico: imaginaba Israel como una “villa en el desierto”
[o en la jungla, NdT], un puesto avanzado de la civilización occidental
en un Oriente Medio atrasado. Los judíos orientales – los mizrajim, los sefardíes
del norte de África, Yemen, Irak, Siria – eran vistos con ambivalencia. Eran
hermanos de fe, sí, pero portadores de una cultura sospechosa de atraso,
contigüidad con el mundo árabe e inadecuación al proyecto modernista.
Las pruebas históricas de esta discriminación son
abundantes y están documentadas. En los años 50 del siglo XX, decenas de miles
de niños yemeníes y norteafricanos desaparecieron de los hospitales israelíes:
murieron, dijo el Estado, de enfermedad. Décadas después, comisiones de
investigación han determinado que muchos fueron dados en adopción a asquenazíes
sin el consentimiento de las familias, en el marco de una ideología que
consideraba a los niños orientales “recuperables” solo si se les sustraía de su
cultura de origen. Fue uno de los crímenes fundacionales más silenciados de la
historia israelí.
Los inmigrantes norteafricanos llegados en los años 50
fueron encaminados hacia las ma’abarot – campos de tránsito – y luego
hacia las “ciudades de desarrollo” en las periferias del desierto, lejos del
centro del país. La segregación no era formal – no había apartheid jurídico
entre judíos – pero era real, estructural, y se tradujo en décadas de
subrepresentación política, económica y cultural de los mizrajim.
Cuando Barak dice que los fundadores “tomaron
cualquier cosa que llegaba”, está reproduciendo inconscientemente – o
conscientemente – esa misma narrativa. El periodista israelí Rogel Alpher en Haaretz ha fotografiado la cosa con precisión quirúrgica:
Barak hablaba “como si fuera miembro de un comité de admisión de una comunidad
residencial israelí”.
La idea de la conversión masiva como ingeniería étnica
Aún más elaborada es la propuesta de conversión
masiva. Barak quiere que Israel abra las puertas a otro millón de inmigrantes
rusoparlantes – muchos de los cuales no son judíos según la halajá, la
ley religiosa – y los integre a través de un proceso de conversión
simplificado, vaciando al rabinato ortodoxo de su poder de veto.
La idea de que un ex primer ministro haya propuesto a
Putin “enviar otro millón de rusos” es de por sí extraordinaria. El rabino
Pinchas Goldschmidt, ex rabino jefe de Moscú, ha contado a The Forward que recibió hace ya décadas una propuesta similar,
mediada por el entonces ministro Haim Ramon, y que la rechazó: “La halajá
no habla en cifras. No hay un número alto ni un número bajo. La halajá habla de
normas y condiciones”. Más tarde, descubrió que la misma idea había sido
discutida con Epstein.
El detalle más inquietante es la referencia a las “chicas
jóvenes” de la primera ola rusa de los años 90, pronunciada con Epstein
riéndose de fondo. En un documento que concierne a un pedocriminal convicto y
un traficante en serie de mujeres jóvenes, ese detalle no es inocente. Es el
momento en que la conversación demográfica se revela inmersa en un contexto de
mercantilización de los cuerpos femeninos – donde las mujeres rusoparlantes son
citadas tanto como ingrediente del plan demográfico, como objeto de deseo.
Jeffrey Epstein: el eugenista que se compraba las
mentes
Para entender el papel de Epstein en todo esto, hay
que liberarse de la imagen del simple pedocriminal rico. Epstein era eso,
ciertamente – un criminal en serie, un violador de niñas – pero era también
otra cosa: era un ideólogo. Tenía una visión del mundo, y usaba su dinero para
financiarla, para difundirla y atraer a su alrededor a las mentes que pudieran
darle legitimidad académica.
Su obsesión central era la eugenesia. Según The New York Times, Epstein ambicionaba “sembrar la raza humana” con su
ADN embarazando a mujeres en su rancho de Nuevo México. Había hablado de querer
congelar su cerebro y su pene al morir, para ser traído de vuelta a la vida en
la era del transhumanismo. Financió el trabajo de George Church,
genetista de Harvard, que estaba desarrollando una aplicación para emparejar
parejas según su compatibilidad genética. Discutió con biólogos evolucionistas
y neurocientíficos sobre la posibilidad de modificar los genes responsables de
la “memoria de trabajo”. Usaba el término “altruismo genético” para dar una
pátina filantrópica a lo que era, de hecho, eugenesia clásica.
Edge: el salón donde la pseudociencia se volvía
mainstream
El vector principal a través del cual Epstein se
insertó en el mundo intelectual fue Edge, el salón fundado por el agente
literario John Brockman en los años 90. Como ha reconstruido la periodista Virginia
Heffernan – que fue miembro
– Edge se presentaba como el lugar donde las mentes más brillantes del mundo se
encontraban para discutir las grandes cuestiones del tiempo. Entre sus miembros
figuraban Richard Dawkins, Steven Pinker, Daniel Dennett, Marvin Minsky, Martin
Nowak, Robert Trivers. Pero el verdadero anfitrión, el que pagaba, financiaba y
atraía hacia sí a las mentes punteras, era Epstein.
Los archivos revelan correos electrónicos en los que
el financiero discute sobre “jerarquía racial” con científicos de su círculo.
Cultivaba relaciones con figuras de la derecha alternativa en línea. Discutió
con sus interlocutores científicos sobre la “utilidad del fascismo”.
La inversión más grande – 9,1 millones de dólares
entre 1998 y 2008, de los cuales 6,5 millones en un único tramo en 2003 – fue
al Program for Evolutionary Dynamics de Harvard, dirigido por el
matemático-biólogo Martin Nowak. Como ha escrito la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes en Scientific American: “Epstein era un eugenista de la era moderna cuya
obsesión estaba ligada a la ilusión delirante de sembrar la raza humana con su
propio ADN. Lo que empeora las cosas es que concentrara su generosidad en la
investigación sobre la base genética del comportamiento humano”.
El transhumanismo como eugenesia presentable
Hay un hilo que conecta el pensamiento de Epstein con
el Silicon Valley contemporáneo: con Elon Musk, con Peter Thiel, con las
fantasías de “mejora humana” que circulan entre los multimillonarios
tecnológicos. Ese hilo es el transhumanismo: la idea de que la
tecnología puede y debe trascender los límites biológicos del hombre, llevando
a una nueva especie superior. Como en la versión clásica de la eugenesia
novecentista, está la convicción de que algunos son más aptos que otros para la
supervivencia y la reproducción. Solo que en lugar de racismo biológico
explícito se habla de “optimización genética”, de “edición del ADN” o de “altruismo
evolutivo”.
La diferencia con la eugenesia nazi o usamericana de
los años 30 es solo de forma. El fondo es el mismo: la idea de que hay
poblaciones “de calidad superior” que reproducir y poblaciones “problemáticas”
que gestionar, reducir o excluir. Que se exprese en lenguaje de startup
tecnológica en lugar de en alemán no la hace menos peligrosa.
El caso Chomsky: el disidente cooptado
De todas las revelaciones surgidas de los archivos
Epstein, la que ha golpeado más duramente a la izquierda intelectual es la que
concierne a Noam Chomsky. El lingüista del MIT, de 97 años, autor de Understanding
Power y Manufacturing Consent, resulta haber mantenido con Epstein
una relación extensa, multifacética y – a pesar de las negativas – difícilmente
reducible a un simple malentendido. El expediente completo ha sido reconstruido
por World Socialist Web Site, New Statesman, CounterPunch y The Canary.
La magnitud de la relación
Los correos electrónicos y mensajes de texto
publicados documentan años de frecuentación. Epstein transfirió 270.000 dólares
a las cuentas de Chomsky o de su familia. Le ofreció el uso de su apartamento
en Manhattan. Lo invitó a su isla. Le envió kits de ADN en 2017: un movimiento
que se inscribe, como ahora está claro, en su obsesión por la recolección de
material genético de individuos intelectuales destacados.
En uno de los intercambios más inquietantes, Epstein
empujó a Chomsky sobre temas de diferencias cognitivas entre grupos raciales y
posibilidad de edición genética. La respuesta de Chomsky fue la de un hombre
que intenta resistir a la provocación: atribuyó las disparidades medidas en los
tests cognitivos a la herencia histórica del racismo, no a factores biológicos.
Pero luego concedió el terreno al que Epstein quería llevarlo: dijo que, si los
genes pudieran ser modificados, la prioridad debería ser reducir la “ferocidad
dedicada” de quienes buscan el poder. Epstein había rebautizado el conjunto
como “altruismo genético”. Cuando en 2016 Epstein le envió un enlace al podcast
neonazi The Right Stuff – la misma red que luego participaría
activamente en la concentración de Charlottesville de 2017 – no consta que
Chomsky interrumpiera la relación.
El detalle quizás más embarazoso concierne a 2019:
cuando el Miami Herald publicó la investigación sobre los abusos de Epstein, Chomsky le escribió aconsejándole ignorar las
acusaciones, describiendo el
tratamiento recibido como fruto de una histeria mediática. “La mejor manera de
proceder es ignorarla”, escribió. Chomsky expresaba simpatía a Epstein por “la
manera horrible en que eres tratado por la prensa y el público”.
La esposa de Chomsky, Valeria, ha emitido una declaración admitiendo “graves errores de juicio”: Epstein habría
construido “un relato manipulador” sobre su propia inocencia en el que Chomsky,
de buena fe, habría creído. Pero cartas como aquella en la que Valeria
describía a Epstein como “nuestro mejor amigo, quiero decir el único”– o
aquella en la que Noam concluía con “como una verdadera amistad, profunda y
sincera y eterna de nosotros dos” – son difíciles de reducir a manipulación
unilateral.
¿Cómo se explica?
La explicación más convincente es estructural, no
psicológica. Chomsky siempre ha creído que el cambio no venía de la clase
trabajadora organizada, sino de la acción educativa sobre las élites. Siempre
ha pensado que era más útil influir en quienes detentan el poder que organizar
a quienes no lo tienen. Esta visión le llevaba naturalmente a buscar acceso a
los centros del poder, no a contenerlos desde fuera.
En este sentido, Chomsky y Barak son especulares:
ambos se mueven en un universo en el que las decisiones que importan se
toman en privado – en apartamentos de Manhattan, en la isla de Little St.
James, en los salones de Edge, en conversaciones reservadas con jefes de
Estado. Ambos aceptan, en formas diversas, la lógica elitista que Epstein
encarnaba.
La vergüenza de la izquierda
La reacción de la izquierda intelectual usamericana
ante este asunto ha sido reveladora. El silencio ha sido la respuesta
dominante. Jacobin [órgano de los demócratas socialistas apoyando a Bernie
Sanders, NdT], que en junio de 2024 había celebrado a Chomsky como ‘campeón
intelectual y moral’, no ha publicado un análisis crítico digno de mención. Y
la asimetría – la misma que Barak ha reivindicado en su autodefensa – es ella
misma un problema político. La crítica del poder aplicada solo a los
adversarios deja de ser crítica y se convierte en identidad sectaria.
¿Quién más en el círculo?
Barak, Chomsky y Epstein son las figuras centrales de
este asunto, pero no las únicas. A su alrededor se mueve una galaxia de nombres
que los archivos continúan revelando.
Lawrence Summers
El ex secretario del Tesoro de Clinton, ex presidente
de Harvard y uno de los arquitectos de la desregulación financiera de los años
90 estaba presente en la conversación con Barak. Es él quien introdujo el
concepto de la terrible demography: la expresión que en la política
israelí identifica el crecimiento demográfico palestino como una amenaza
existencial. Summers y Epstein intercambiaron correos electrónicos de forma
rutinaria durante años, según The New York Times. Summers estaba también en la cena de Harvard de 2004
con Epstein, Dershowitz, Trivers y Pinker: la foto que los retrata vale más de mil
palabras.
Cambridge, Massachusetts, USA, 9 de
septiembre de 2004: Jeffrey Epstein durante una cena que organizó en la
Universidad de Harvard con los profesores Alan Dershowitz, Stephen Pinker,
Robert Trivers (Princeton), Larry Summers, E. O. Wilson, Marvin Minsky, Lisa
Randall, Martin Nowak y Alan Guth. Foto: Rick Friedman.
El círculo científico
Martin Nowak, el matemático financiado por Epstein con
6,5 millones de dólares, es solo el caso más llamativo. También están: el
físico teórico Lawrence Krauss, presidente del proyecto Origins de la Arizona
State University, que pedía consejos a Epstein tras sus propias acusaciones de
acoso sexual; la física Lisa Randall de Harvard, que bromeaba sobre el arresto
de Epstein en tono afectuoso. Elementos ampliamente reconstruidos por Scientific American en noviembre de 2025.
El denominador común no es la adhesión consciente a la
eugenesia, al menos no en todos los casos. Es algo más sutil: la aceptación de
la financiación, la disponibilidad a frecuentar al personaje, la renuncia a
hacer preguntas sobre la procedencia del dinero y sobre las intenciones de
quien lo otorgaba. La cooptación rara vez funciona con violencia o corrupción
explícita. Funciona con la adulación, la conveniencia, el sentimiento de
pertenecer a un círculo especial.
El cuerpo como territorio: pedocriminalidad, linaje y
dominio
Hay una dimensión de los archivos Epstein que el
debate público ha tenido dificultades para enfocar, y que los relatores
especiales del Consejo de Derechos Humanos de la ONU han tenido el valor de
nombrar sin eufemismos. En la declaración del 17 de febrero de 2026, los relatores escriben que las pruebas contenidas en
los archivos son tales que configuran potencialmente crímenes contra la
humanidad: esclavitud sexual, violencia reproductiva, desaparición forzada,
tortura, feminicidio. Su análisis añade algo fundamental: estos crímenes fueron
cometidos “en un contexto de ideologías supremacistas, racismo y misoginia
extrema”. Es decir: había un marco ideológico. Había un sistema de creencias
que los hacía pensables, incluso racionales, para quienes los planificaban.
Es precisamente esta conexión – entre el plano
ideológico y el criminal – la que la politóloga australiana Melinda Cooper ha
contribuido a clarificar. Cooper, cuyo trabajo ha sido señalado en italiano por
Francesca Coin en il manifesto, propone un
análisis que va contra corriente respecto a la narrativa predominante. La
versión más difundida del caso Epstein separa netamente dos planos: el de los
abusos sexuales y el de las ideas eugenésicas. Como si fueran dos patologías
independientes presentes en el mismo individuo. Cooper sostiene en cambio que
esta separación es analíticamente errónea: los dos planos son manifestaciones
diferentes de la misma estructura de pensamiento.
La horda patriarcal y el control de los cuerpos
Para comprender esta unidad profunda, Cooper recupera
una categoría freudiana: la de la horda primitiva. En Tótem y Tabú,
Freud describía la fantasía arcaica que subyace a las formas de organización
patriarcal del poder: el macho dominante que se apropia de los cuerpos
femeninos para garantizar su propia continuidad biológica y construir una
descendencia que prolongue su presencia más allá de la muerte. La horda, en
esta lectura, responde a un proyecto de inmortalidad a través de la
reproducción controlada.
Esta rejilla, aplicada al caso Epstein, revela algo
que el moralismo individual no logra ver. El plan de Epstein de fecundar a
decenas de mujeres en su rancho de Nuevo México, lejos de ser la fantasía de un
rico excéntrico, representaba la versión explícita, desvergonzada, de una
lógica que atraviesa toda su red. El archivo EFTA02731395 – el diario de una
menor de edad a la que le arrebataron a su hijo recién nacido – testimonia que
esta lógica había sido traducida en práctica. Un proyecto de producción genealógica,
en el que los cuerpos de las chicas eran el medio y el linaje de Epstein el
fin.
Esta misma lógica, disfrazada de visión tecnológica
del futuro, es reconocible en la ambición de Elon Musk de multiplicar su
descendencia a escala industrial y de usar SpaceX como vector de su herencia
genética hacia Marte. No es una coincidencia que tanto Epstein como Musk
gravitaran en torno a los mismos ambientes intelectuales: – el transhumanismo,
la red Edge, el Silicon Valley eugenista. En todos estos casos,
la fantasía de la horda se presenta de nuevo en forma moderna: el macho
excepcional que pretende perpetuar sus genes, usando el cuerpo de las mujeres
como instrumento y la ciencia como legitimación.
Se trata de un sistema
La comprensión sistémica que propone Cooper resuelve
un enigma que ha dejado perplejos a muchos comentaristas: ¿cómo podía la misma
red incluir a un ex primer ministro israelí que discutía de ingeniería
demográfica de Estado, académicos de Harvard que proyectaban optimizaciones
genéticas, un intelectual de izquierdas como Chomsky seducido por el acceso a
la élite, y abusadores en serie de niñas? Estos sujetos parecen tener poco en
común, y sin embargo gravitaban en torno al mismo epicentro.
La respuesta es que compartían, en formas diversamente
elaboradas y con diferentes grados de conciencia, una ontología social en la
que la jerarquía entre seres humanos es natural y el dominio es su ejercicio
legítimo. En esta visión del mundo, los cuerpos – en particular los cuerpos
femeninos, y más aún los cuerpos de las mujeres pobres, no blancas, procedentes
de países subalternos – no son sujetos con derechos y dignidad propios: son
recursos. Como ha sintetizado Cooper, citada en un artículo de CounterPunch, el proyecto político de esta clase es el de “gobernar
una economía de amos y sirvientes”. La red Epstein era el lugar donde ese
proyecto se ejercía sin filtros.
La genealogía intelectual: de The Bell Curve a los
correos de Epstein
Este sistema de ideas tiene una historia, e ignorarla
significa no comprender el caso. En 1994 Charles Murray y Richard Herrnstein
publicaron The Bell Curve, un volumen que sostenía la existencia de
diferencias cognitivas estructurales entre grupos raciales. La tesis implícita
era de naturaleza eugenésica: el declive cognitivo de la especie se combate
desalentando la reproducción de las clases inferiores y de los grupos
considerados menos dotados. El libro fue ampliamente criticado por la comunidad
científica, pero no por ello ignorado; fue más bien recibido, discutido,
metabolizado en esa parte del establishment usamericano que se reconocía
en el llamado “pensamiento duro”, ese capaz de afrontar “verdades incómodas”.
Tres décadas después, esta genealogía es rastreable
directamente en la correspondencia de Epstein. En los correos con Chomsky,
Epstein citaba artículos de The Right Stuff – el podcast vinculado a los
círculos neonazis que contribuiría a organizar la concentración de
Charlottesville – como vehículo de sus tesis sobre la “ciencia de la raza”. En
los correos con Joscha Bach, tecnólogo de Silicon Valley, se discutía
abiertamente de presuntas inferioridades cognitivas ligadas a la pertenencia
étnica. Epstein financiaba a George Church para desarrollar herramientas de
selección genética. Financiaba a Nick Bostrom, filósofo transhumanista con un
historial documentado de declaraciones racistas y vínculos con Musk, para
desarrollar una organización que Epstein usaba como envoltorio presentable de
su proyecto eugenésico. El hilo es continuo, y no es casual.
El elemento que emerge con fuerza de un análisis
integrado es este: las chicas y las niñas traficadas, sometidas a violencia
reproductiva en el contexto de la red Epstein, eran la parte más expuesta, el
punto donde la ideología se traducía en práctica corporal. Pero la misma lógica
de instrumentalización operaba, en formas menos visibles y socialmente más
aceptadas, en los debates demográficos de Barak, en las ambiciones genealógicas
de Epstein, en las teorías de optimización genética de los investigadores de
Harvard. El desprecio por la igual dignidad de los seres humanos funcionaba en
todos estos planos simultáneamente, con registros diferentes, pero con la misma
estructura profunda.
La eugenesia como lógica del poder
¿Qué nos dice todo esto sobre el momento histórico en
que vivimos? Mucho. Quizás todo.
La eugenesia nunca ha desaparecido. Fue puesta en la
clandestinidad después de Auschwitz: nadie podía hablar ya explícitamente de
ella, después de que el proyecto nazi hubiera mostrado adónde llevaba. Pero las
ideas no mueren, se disfrazan. Se disfrazan de “realismo demográfico” (como
dice Barak), de “eugenesia positiva” y “altruismo genético” (como dice
Epstein), de “optimización genética” y “transhumanismo” (como dicen en Silicon
Valley). La estructura del pensamiento sigue siendo idéntica: hay poblaciones
de calidad superior y poblaciones problemáticas; el futuro de la humanidad
requiere amplificar las primeras y reducir o controlar las segundas.
En el caso israelí, este pensamiento tiene una
valencia geopolítica directa. La pregunta demográfica – quién tendrá la mayoría
numérica entre el Jordán y el Mediterráneo – es real, y las respuestas que se
le dan estructuran las políticas concretas. La idea de Barak de importar un
millón de rusos, convertirlos pro forma, y usarlos como contrapeso al
crecimiento árabe no es ciencia ficción política: es una propuesta seria,
discutida con un jefe de gobierno (Putin) y con el establishment
económico usamericano (Summers). Si se hubiera llevado a cabo, habría cambiado
radicalmente la composición de la sociedad israelí.
El engaño del ‘pensamiento duro’
En la jerga de los ambientes que giran en torno a la
red Edge y al Silicon Valley reaccionario, está difundido un enfoque
intelectual que va bajo el nombre de “dark enlightenment” [Ilustración oscura]
Una expresión acuñada por el filósofo británico Nick Land y el bloguero Curtis
Yarvin para designar un pensamiento que se quiere libre de toda atadura
igualitaria y democrática. En Italia aún no tiene un nombre consolidado, pero
su lógica es reconocible: reivindicar el coraje de “decir lo que no se puede
decir”, presentando como censura cualquier objeción ética. En este ensayo lo
traducimos con la expresión “pensamiento duro”.
El pensamiento duro es la trampa intelectual en la que
muchos de estos personajes han caído. La trampa de la idea de que los “hechos
incómodos” deben ser afrontados sin tabú, so riesgo de ser dominados por quien
lo hace. Esta retórica del coraje intelectual sirve para desacreditar
preventivamente a cualquiera que plantee objeciones éticas. Como ha analizado
Virginia Heffernan en su artículo para The Nerve: "El salón [Edge] ha servido de intermediario
entre el dinero multimillonario y las mentes de machos dominantes, y juntos, a
lo largo de las décadas, han llegado a una filosofía común: eran depredadores
naturales, llamados a explotar y someter a los demás”.
El espejo europeo: Renaud Camus, Sellner y la
remigración como eugenesia negativa
Hay un hilo que conecta el laboratorio ideológico de
la red Epstein con la derecha identitaria europea, y pasa por la misma
obsesión: quién tiene derecho a habitar un territorio, y quién debe ser
inducido – u obligado – a irse. Es la misma pregunta que Barak formulaba en
positivo (importar el material humano “correcto”) y que el movimiento
identitario europeo formula en negativo: expulsar al “equivocado”. Dos
respuestas especulares a la misma visión del mundo, en la que la composición
étnica de la población es un problema técnico a resolver mediante la ingeniería
demográfica.
El marco teórico es el del Grand Remplacement,
la teoría elaborada por el escritor francés Renaud Camus en 2011, según la cual
las poblaciones europeas de origen cristiano estarían sufriendo una sustitución
progresiva por parte de inmigrantes no europeos. Camus proporciona el
diagnóstico. La traducción en programa político operativo es obra del austriaco
Martin Sellner, jefe del Movimiento Identitario austriaco y hoy figura de
referencia de la internacional identitaria europea. Con su libro Remigration.
Ein Vorschlag (2024) – traducido y publicado en Italia con el título Remigrazione.
Una proposta en 2025, por Passaggio al Bosco – Sellner transforma la
consigna en propuesta de ley: repatriación “incentivada” o forzosa no solo de
los irregulares, sino de inmigrantes con permiso de residencia regular, de
naturalizados, de personas nacidas y criadas en Europa. Como ha escrito
Annalisa Camilli en Internazionale, lo que se llama “remigración” es, si se le
llama por su nombre, deportación sobre base identitaria: la revocación
selectiva de la pertenencia.
La genealogía intelectual de este movimiento comparte
raíces con la de la red Epstein, aunque los recorridos son distintos. El
Pioneer Fund – la fundación usamericana fundada en 1937 con el objetivo
explícito de promover la “ciencia racial” y la mejora de la “raza blanca”,
clasificada como hate group por el Southern Poverty Law Center – ha
financiado durante décadas tanto la investigación eugenésica que alimentó
libros como The Bell Curve, como las redes de publicaciones que
nutrieron a la derecha identitaria europea. Como ha reconstruido una
investigación de The Conversation, las mismas fundaciones, los mismos donantes y a
menudo los mismos investigadores circulaban entre las revistas de race
science anglosajonas y los movimientos identitarios europeos. La eugenesia
nunca ha dejado de existir: ha cambiado de editor y dirección.
En el lado de Silicon Valley, la conexión es aún más
explícita. Peter Thiel – multimillonario libertario presente en la red de
Epstein, financiador del transhumanista Nick Bostrom y de una constelación de think
tanks de la derecha radical uisamericana – se reunió en 2016 con
representantes del movimiento alt-right y white nationalist usamericano, como
documentó BuzzFeed News. El ex canciller austriaco Sebastian Kurz, el político
europeo más cercano al entorno de Thiel, acaba de fundar un nuevo think tank
llamado Global Shift Institute. Sellner ha anunciado la creación de un Institute
for Remigration con ambiciones transnacionales, declarando estar en
contacto con representantes de la Liga del Norte y de Hermanos de Italia, el
partido de Meloni. La red se extiende y se consolida.
Italia, laboratorio para políticas de ingeniería
demográfica
Italia se ha convertido en un laboratorio privilegiado
de estos fenómenos. El Remigration Summit de mayo de 2025 se celebró en
Gallarate, en la provincia de Varese, en un teatro puesto a disposición por el
alcalde de la Liga, Andrea Cassani. Sellner lo eligió porque Italia es
considerada “un país seguro para una reunión de la extrema derecha”, según
informaron los organizadores. Entre los ponentes: Jean-Yves Le Gallou (ex
Frente Nacional), Eva Vlaardingerbroek (Países Bajos), Afonso Gonçalves del
grupo pronazi portugués Reconquista. En enero de 2026, la conferencia de prensa
en la Cámara de los Diputados para el lanzamiento de la recogida de firmas
sobre la “Remigrazione e Riconquista” – organizada por el leghista Domenico
Furgiuele con los grupos fascistas CasaPound, Veneto Fronte Skinheads y Rete
dei Patrioti – fue bloqueada por la oposición. Pero en veinticuatro horas la
petición ya había alcanzado las 50.000 firmas necesarias para el examen
parlamentario, según informó il manifesto.
La propuesta de ley de 24 artículos es un documento
revelador. Prevée la “remigración voluntaria o forzosa”, la abolición del
decreto de flujos migratorios, la revisión de la reagrupación familiar, un
Fondo para la Natalidad Italiana reservado “a los verdaderos italianos”, la
prioridad en las viviendas públicas y en las guarderías para los solos
ciudadanos italianos. Es, en su integridad, un programa de ingeniería
demográfica de Estado – exactamente de lo que Barak discutía con Epstein y
Summers, pero con el signo invertido, como se ha dicho. La lógica que los une
es idéntica: la composición étnica de la población vista como un problema
técnico a resolver con instrumentos de selección.
La diferencia entre remigración y planificación
demográfica es de método y de signo, no de principio. Ambas comparten la
premisa de que ciertas categorías de seres humanos son elementos de una
ecuación demográfica más que sujetos portadores de derechos inalienables. Es la
misma premisa que hacía pensable, a los ojos de Epstein, usar cuerpos de niñas
como incubadoras para su linaje. Cuando se acepta que la composición humana de
una sociedad es una variable a optimizar, las consecuencias se multiplican en
direcciones que – como la historia ya ha mostrado – tienden a converger hacia
el mismo punto.
Las grabaciones Epstein nos han dado algo raro: la
posibilidad de escuchar a los poderosos cuando creen hablar entre sí. Sin las
mediaciones del discurso público, sin la prudencia de lo políticamente
presentable, sin la necesidad de tener en cuenta a los “others”. Y lo que
emerge es un mundo en el que la jerarquía humana se da por sentada, en el que
la selección de las poblaciones se discute como se discutiría la optimización
de una cadena de producción, en el que el dinero y el poder confieren el
derecho no solo de dominar a los demás, sino de decidir quién merece existir y
en qué proporción, y qué cuerpos están disponibles para ser usados.
Ehud Barak es el producto coherente de una cultura
política – el sionismo laborista asquenazí – que ha construido su Estado sobre
la exclusión sistemática y la jerarquía étnica, y que siempre ha encontrado la
manera de justificarla como realismo, necesidad, clarividencia. Jeffrey Epstein
era la encarnación de la lógica de la horda – en el sentido freudiano que
Melinda Cooper ha exhumado –, el patriarca que usa los cuerpos de las mujeres y
las niñas para garantizar la inmortalidad de su linaje, mientras usa las mentes
de los intelectuales para legitimar el dominio de su clase. Noam Chomsky es el
ejemplo paradigmático de cómo el pensamiento crítico puede ser cooptado cuando
pierde el contacto con la perspectiva de los excluidos y busca el poder en
lugar de organizar a quienes carecen de él.
La complicidad de las instituciones
En su conjunto, el caso Epstein es también – quizás
sobre todo – una historia de impunidad institucional. Un hombre condenado en
2008 por crímenes sexuales graves continuó durante una década frecuentando
presidentes, académicos, jefes de Estado, ex primeros ministros. Continuó
financiando investigaciones universitarias. Continuó discutiendo de eugenesia
con premios Nobel y ministros. Y las instituciones – Harvard, el MIT, la
Arizona State University, la justicia usamericana, los gobiernos israelí y usamericano
– dejaron hacer.
El Consejo de Derechos Humanos de la ONU ha dicho lo
que demasiados comentaristas aún dudan en decir: no se trata de historias de
criminales aislados. Los crímenes fueron cometidos en un contexto ideológico
preciso – supremacismo, racismo, misoginia extrema – que hizo posible, durante
décadas, la impunidad. Las supervivientes que han tenido el valor de denunciar,
y las protagonistas del #metoo que las precedieron, reconocieron antes que
nadie el mundo que estaba renaciendo.



Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire