Tahar Lamri, 16-3-2026
Hay
una categoría que falta en el debate sobre la guerra en curso contra Irán, y su
ausencia explica por qué quienes la libran siguen equivocándose en todo.
Irán
no es un movimiento partisano como el FLN argelino, que era un frente sin dogma
unificador -coalición de nacionalistas, socialistas, comunistas, conservadores-
unido por un único objetivo: expulsar al colonizador. No es Vietnam del Norte,
que era un Estado en una parte del territorio con una doctrina exportable -el
comunismo- pero dependiente de Moscú y Pekín y geográficamente limitado. Hamás,
Hezbolá, los hutíes son milicias, entidades subnacionales que utilizan tácticas
de guerrilla porque no tienen alternativa: su asimetría es forzada, no elegida.
Irán
es algo diferente e históricamente nuevo: representa el primer caso histórico
de un Estado que adopta estructuralmente la doctrina de la guerra partisana
como opción estratégica soberana, combinando la legitimidad y los recursos de
un Estado con la lógica operativa del movimiento de resistencia. Tiene un
ejército regular, misiles balísticos, una marina, instituciones reconocidas, es
un Estado westfaliano en todos los sentidos. Y sin embargo, ha elegido
deliberadamente la doctrina de la guerra partisana como estrategia soberana:
saturación con armas económicas, desgaste, aceptación consciente de las
pérdidas territoriales para hacer insostenible el costo para el adversario. No
porque no pudiera hacerlo de otro modo, sino porque consideró que era la
estrategia óptima contra una superioridad convencional aplastante.
Esta
elección tiene una consecuencia económica devastadora para quien lo combate. Un
dron Shahed cuesta veinte mil dólares. Un interceptor THAAD cuesta 12,7
millones. Irán lanzó en la primera semana de guerra quinientos misiles
balísticos y casi dos mil drones. La matemática es implacable: la guerra pobre
hace pagar un costo insostenible a la guerra rica: no en el campo de batalla,
sino en las cadenas de suministro, en los presupuestos, en las reservas de
interceptores que se agotan más rápido de lo que pueden producirse.
Pero
la novedad más profunda no es militar: es estructural. Irán ha
institucionalizado una contradicción que todos los movimientos de liberación
han tenido que elegir: ser Estado o ser revolución. Argelia después de 1962
eligió ser estado y dejó de ser revolución. Cuba intentó ambas y fracasó. Irán
no: ha construido deliberadamente una dualidad permanente. El ejército regular
es el estado westfaliano. Los Pasdaran -los Guardianes de la Revolución- son la
revolución permanente, con sus redes regionales, sus ramificaciones en Yemen,
Irak, Líbano, todas unidas no por una ideología laica sino por una fe: el islam
chií como identidad, memoria, trauma fundacional. No se elige ser chií como se
elige ser comunista. Es familia, duelo, cuerpo. Karbala no es un evento
histórico: es un paradigma cosmológico que se repite.
El
resultado es un internacionalismo religioso que no es una alianza entre Estados,
no es una Internacional leninista, sino una red transnacional unida por una
gramática existencial común que no necesita un centro de mando explícito para
coordinarse.
Y
luego USA e Israel hicieron el regalo más grande: crearon el panteón.
Soleimani, Nasrallah, Jameneí: cada eliminación selectiva que pensaban que
resolvería un problema estratégico produjo un mártir que multiplica la cohesión
de la red. En la teología chií, la muerte del líder justo a manos del opresor
no es una derrota: es la confirmación de su justicia. Es la estructura
narrativa de Karbala. Un general vivo puede equivocarse, puede decepcionar,
puede envejecer. Un mártir es eterno y perfecto. Reescribieron, con sus
misiles, el guion que la otra parte esperaba.
La República Islámica de Irán tiene como ideal la
felicidad humana en toda la sociedad, y considera que el logro de la
independencia, la libertad y el imperio de la justicia y la verdad es un
derecho de todos los pueblos del mundo. En consecuencia, al tiempo que se
abstiene escrupulosamente de toda forma de injerencia en los asuntos internos
de otras naciones, apoya las luchas justas de los mustadhafoun
(oprimidos) contra los mustakbirun (opresores/arrogantes) en cada rincón
del mundo.
Constitución de la República Islámica de Irán,
Capítulo 10, Artículo 154
Pero
hay un último error, quizás el más grave. Israel golpeó los bancos de Hezbolá
(el Instituto Al Qardh al-Hassan) y el banco iraní más grande (Bank Sepah). En
el mundo chií jomeinista, el banco no es una institución financiera: es la
infraestructura material de la teología. Es el mecanismo a través del cual se
distribuye el zakat, se financian las obras de caridad, se mantiene el pacto
con los mustadhafin, los más débiles, los oprimidos, los condenados de
la tierra de Fanon. Jomeini construyó el consenso de la revolución sobre esta
red capilar de solidaridad material. Golpearla no debilita la narrativa de la
resistencia: la confirma. Demuestra, en la vida cotidiana de millones de
pobres, quiénes son los enemigos de los débiles. Es la mejor propaganda
posible, realizada por las propias bombas israelíes.
Resumiendo
todo: se está combatiendo con la lógica de la guerra convencional -decapitar la
estructura, cortar la financiación, destruir infraestructuras- una forma
política que no es una estructura convencional. Es una red simbólica, social,
militar y religiosa construida deliberadamente para ser indestructible
precisamente a través de la destrucción. Cada bomba que cae fortalece la
narrativa. Cada mártir consolida el panteón. Cada banco golpeado demuestra a
los pobres de qué lado está el opresor.
Y si
el Estado iraní fuera desmembrado o derrotado, los Pasdaran sin Estado
-entrenados, armados, formados en una cultura del martirio que no depende de
ninguna institución para sobrevivir- se distribuirían en una región que va
desde el Líbano hasta Pakistán, desde Azerbaiyán hasta Bahréin, con
ramificaciones en tres continentes. Ya no contenidos por ninguna estructura
estatal, sin nada que perder, con mártires poderosísimos y una narrativa de
resistencia más fuerte que antes. Un Estado iraní hostil es disuadible. Un
enjambre de Pasdaran sin Estado no lo es.
Y
mientras todo esto sucede, tres señales indican cuán profundamente esta guerra
está escapando al control narrativo de quienes la desataron.
Turquía
esperaba millones de refugiados iraníes huyendo de las bombas. Vio, en cambio,
a miles de iraníes cruzando la frontera en dirección opuesta, para regresar a
defender la patria. No necesariamente el régimen: Irán. La civilización persa
de cuatro milenios que no se deja reducir a la ecuación “régimen igual a pueblo”.
El nacionalismo herido produce lo que años de oposición política no logran
construir.
Y
luego está Gaza. Irán es atacado después de que el mundo presenciara durante
meses el genocidio palestino transmitido en directo, documentado, negado por
las cancillerías occidentales. Para los pobres de la tierra, para el Sur
global, para cualquiera que se sienta del lado de los humillados, la secuencia
es legible y brutal: quienes defendían a los palestinos son ahora bombardeados
por los mismos que armaban a quienes los masacraban. Irán se ha convertido, en
el imaginario global de los condenados, en algo que va mucho más allá de la
política regional o la teología chií: es la promesa de que se puede resistir,
es la venganza simbólica de quienes nunca tuvieron justicia. Esa solidaridad no
tiene fronteras confesionales ni geográficas.
Finalmente,
está China. Sus estrategas no están mirando la guerra: están realizando la
evaluación más detallada posible de las capacidades reales usamericanas en
condiciones de conflicto de alta intensidad. Cada interceptor THAAD disparado,
cada Tomahawk lanzado, cada día de guerra es un dato sobre la resistencia
logística e industrial del adversario que tendrán que enfrentar, un día, en el
Pacífico. Ven cómo se agotan las reservas, cómo los tiempos de producción no
siguen el ritmo del consumo, la cadena logística bajo presión. Están tomando
notas. Y no necesitan luchar para ganar esta guerra: les basta con esperar a
que USA se quede sin municiones.
Esta
guerra no puede ganarse. Solo puede extenderse. Y el mundo lo sabe.



