18/03/2026

Cuanto más lo golpean, más fuerte se vuelve: la paradoja de Irán que escapa a la estupidez imperial

Tahar Lamri, 16-3-2026

Hay una categoría que falta en el debate sobre la guerra en curso contra Irán, y su ausencia explica por qué quienes la libran siguen equivocándose en todo.

Irán no es un movimiento partisano como el FLN argelino, que era un frente sin dogma unificador -coalición de nacionalistas, socialistas, comunistas, conservadores- unido por un único objetivo: expulsar al colonizador. No es Vietnam del Norte, que era un Estado en una parte del territorio con una doctrina exportable -el comunismo- pero dependiente de Moscú y Pekín y geográficamente limitado. Hamás, Hezbolá, los hutíes son milicias, entidades subnacionales que utilizan tácticas de guerrilla porque no tienen alternativa: su asimetría es forzada, no elegida.

Irán es algo diferente e históricamente nuevo: representa el primer caso histórico de un Estado que adopta estructuralmente la doctrina de la guerra partisana como opción estratégica soberana, combinando la legitimidad y los recursos de un Estado con la lógica operativa del movimiento de resistencia. Tiene un ejército regular, misiles balísticos, una marina, instituciones reconocidas, es un Estado westfaliano en todos los sentidos. Y sin embargo, ha elegido deliberadamente la doctrina de la guerra partisana como estrategia soberana: saturación con armas económicas, desgaste, aceptación consciente de las pérdidas territoriales para hacer insostenible el costo para el adversario. No porque no pudiera hacerlo de otro modo, sino porque consideró que era la estrategia óptima contra una superioridad convencional aplastante.

Esta elección tiene una consecuencia económica devastadora para quien lo combate. Un dron Shahed cuesta veinte mil dólares. Un interceptor THAAD cuesta 12,7 millones. Irán lanzó en la primera semana de guerra quinientos misiles balísticos y casi dos mil drones. La matemática es implacable: la guerra pobre hace pagar un costo insostenible a la guerra rica: no en el campo de batalla, sino en las cadenas de suministro, en los presupuestos, en las reservas de interceptores que se agotan más rápido de lo que pueden producirse.

Pero la novedad más profunda no es militar: es estructural. Irán ha institucionalizado una contradicción que todos los movimientos de liberación han tenido que elegir: ser Estado o ser revolución. Argelia después de 1962 eligió ser estado y dejó de ser revolución. Cuba intentó ambas y fracasó. Irán no: ha construido deliberadamente una dualidad permanente. El ejército regular es el estado westfaliano. Los Pasdaran -los Guardianes de la Revolución- son la revolución permanente, con sus redes regionales, sus ramificaciones en Yemen, Irak, Líbano, todas unidas no por una ideología laica sino por una fe: el islam chií como identidad, memoria, trauma fundacional. No se elige ser chií como se elige ser comunista. Es familia, duelo, cuerpo. Karbala no es un evento histórico: es un paradigma cosmológico que se repite.

El resultado es un internacionalismo religioso que no es una alianza entre Estados, no es una Internacional leninista, sino una red transnacional unida por una gramática existencial común que no necesita un centro de mando explícito para coordinarse.

Y luego USA e Israel hicieron el regalo más grande: crearon el panteón. Soleimani, Nasrallah, Jameneí: cada eliminación selectiva que pensaban que resolvería un problema estratégico produjo un mártir que multiplica la cohesión de la red. En la teología chií, la muerte del líder justo a manos del opresor no es una derrota: es la confirmación de su justicia. Es la estructura narrativa de Karbala. Un general vivo puede equivocarse, puede decepcionar, puede envejecer. Un mártir es eterno y perfecto. Reescribieron, con sus misiles, el guion que la otra parte esperaba.

La República Islámica de Irán tiene como ideal la felicidad humana en toda la sociedad, y considera que el logro de la independencia, la libertad y el imperio de la justicia y la verdad es un derecho de todos los pueblos del mundo. En consecuencia, al tiempo que se abstiene escrupulosamente de toda forma de injerencia en los asuntos internos de otras naciones, apoya las luchas justas de los mustadhafoun (oprimidos) contra los mustakbirun (opresores/arrogantes) en cada rincón del mundo.

Constitución de la República Islámica de Irán, Capítulo 10, Artículo 154

Pero hay un último error, quizás el más grave. Israel golpeó los bancos de Hezbolá (el Instituto Al Qardh al-Hassan) y el banco iraní más grande (Bank Sepah). En el mundo chií jomeinista, el banco no es una institución financiera: es la infraestructura material de la teología. Es el mecanismo a través del cual se distribuye el zakat, se financian las obras de caridad, se mantiene el pacto con los mustadhafin, los más débiles, los oprimidos, los condenados de la tierra de Fanon. Jomeini construyó el consenso de la revolución sobre esta red capilar de solidaridad material. Golpearla no debilita la narrativa de la resistencia: la confirma. Demuestra, en la vida cotidiana de millones de pobres, quiénes son los enemigos de los débiles. Es la mejor propaganda posible, realizada por las propias bombas israelíes.

Resumiendo todo: se está combatiendo con la lógica de la guerra convencional -decapitar la estructura, cortar la financiación, destruir infraestructuras- una forma política que no es una estructura convencional. Es una red simbólica, social, militar y religiosa construida deliberadamente para ser indestructible precisamente a través de la destrucción. Cada bomba que cae fortalece la narrativa. Cada mártir consolida el panteón. Cada banco golpeado demuestra a los pobres de qué lado está el opresor.

Y si el Estado iraní fuera desmembrado o derrotado, los Pasdaran sin Estado -entrenados, armados, formados en una cultura del martirio que no depende de ninguna institución para sobrevivir- se distribuirían en una región que va desde el Líbano hasta Pakistán, desde Azerbaiyán hasta Bahréin, con ramificaciones en tres continentes. Ya no contenidos por ninguna estructura estatal, sin nada que perder, con mártires poderosísimos y una narrativa de resistencia más fuerte que antes. Un Estado iraní hostil es disuadible. Un enjambre de Pasdaran sin Estado no lo es.

Y mientras todo esto sucede, tres señales indican cuán profundamente esta guerra está escapando al control narrativo de quienes la desataron.

Turquía esperaba millones de refugiados iraníes huyendo de las bombas. Vio, en cambio, a miles de iraníes cruzando la frontera en dirección opuesta, para regresar a defender la patria. No necesariamente el régimen: Irán. La civilización persa de cuatro milenios que no se deja reducir a la ecuación “régimen igual a pueblo”. El nacionalismo herido produce lo que años de oposición política no logran construir.

Y luego está Gaza. Irán es atacado después de que el mundo presenciara durante meses el genocidio palestino transmitido en directo, documentado, negado por las cancillerías occidentales. Para los pobres de la tierra, para el Sur global, para cualquiera que se sienta del lado de los humillados, la secuencia es legible y brutal: quienes defendían a los palestinos son ahora bombardeados por los mismos que armaban a quienes los masacraban. Irán se ha convertido, en el imaginario global de los condenados, en algo que va mucho más allá de la política regional o la teología chií: es la promesa de que se puede resistir, es la venganza simbólica de quienes nunca tuvieron justicia. Esa solidaridad no tiene fronteras confesionales ni geográficas.

Finalmente, está China. Sus estrategas no están mirando la guerra: están realizando la evaluación más detallada posible de las capacidades reales usamericanas en condiciones de conflicto de alta intensidad. Cada interceptor THAAD disparado, cada Tomahawk lanzado, cada día de guerra es un dato sobre la resistencia logística e industrial del adversario que tendrán que enfrentar, un día, en el Pacífico. Ven cómo se agotan las reservas, cómo los tiempos de producción no siguen el ritmo del consumo, la cadena logística bajo presión. Están tomando notas. Y no necesitan luchar para ganar esta guerra: les basta con esperar a que USA se quede sin municiones.

Esta guerra no puede ganarse. Solo puede extenderse. Y el mundo lo sabe.

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