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2-M | 5º aniversario de la movilización en Madrid por los presos políticos saharauis: cinco años sin respuestas

El próximo lunes 2 de marzo se cumplen cinco años de concentraciones semanales ante el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la Plaza de la Provincia (Madrid), para denunciar la situación de los presos políticos saharauis encarcelados en Marruecos y exigir al Gobierno español que asuma su responsabilidad política y jurídica ante esta vulneración continuada de derechos fundamentales.

26/02/2026

Epstein, Barak, Chomsky y los demás: la eugenesia de las élites

Para quienes no pueden o no desean leer todo el texto 

Además de ser un violador de mujeres y niñas y un chantajista en serie, Jeffrey Epstein era un ideólogo de la superioridad racial. Con su círculo de interlocutores perseguía una lúcida visión eugenésica.

Tahar Lamri, Kritica.it, 25-2-2026
Traducido por
Tlaxcala

No es un escándalo como los demás. Los archivos Epstein – los miles de páginas de correos electrónicos, transcripciones y grabaciones de audio publicados entre finales de 2025 y febrero de 2026 – hablan, sí, de poder, dinero y violencia sexual. Pero también hablan, y quizás, ante todo, de un pensamiento que circulaba entre las mentes más celebradas del occidente académico y político: un pensamiento sobre la jerarquía humana, sobre la calidad del material biológico, sobre la posibilidad – más aún, la necesidad – de seleccionar, controlar y mejorar la composición de las poblaciones. En una palabra: eugenesia. Solo que nadie la llamaba así.

La grabación de la conversación entre Ehud Barak, ex primer ministro de Israel, Jeffrey Epstein y el ex secretario del Tesoro usamericano Larry Summers – tres horas y media, privada, aparentemente de 2015 – se ha convertido en la puerta de entrada a este universo.


La grabación Epstein-Barak: jerarquía étnica en forma de estrategia

En la grabación con Epstein y Summers, Barak no pierde tiempo en preámbulos. Habla de lo que denomina “el desafío demográfico de Israel a largo plazo” y su razonamiento procede con la naturalidad de quien expresa opiniones que nunca ha tenido razón para ocultar.

El punto de partida es una constatación numérica: la población árabe de Israel ha pasado de alrededor del 16% de hace cuarenta años, al actual 20% (en el momento de la conversación). A esto se añade el crecimiento demográfico de los judíos ultraortodoxos (haredim), que Barak considera – con su típica franqueza laico-militar – otra carga improductiva para el Estado. El problema, tal como él lo ve, es de equilibrio.

Su solución se articula en tres ejes. Primero: inmigración selectiva, en particular de judíos rusoparlantes desde Rusia. Segundo: conversión masiva al judaísmo, previa demolición del monopolio del rabinato ortodoxo sobre los procedimientos de conversión. Tercero: una jerarquía explícita dentro de la ciudadanía árabe-israelí: drusos en la cima (“totalmente israelíes en su comportamiento”), cristianos árabes en segundo lugar (“tienen un sistema educativo mejor que el nuestro”), musulmanes implícitamente en el fondo.

Pero el pasaje más revelador – el que ha suscitado el mayor escándalo – se refiere a la historia de la inmigración judía misma. Refiriéndose a la ola de inmigración posterior a 1948 desde el norte de África y el mundo árabe, Barak dice: “Fue una especie de ola de rescate desde el norte de África, el mundo árabe o lo que sea. Tomaron cualquier cosa que llegara; ahora podemos ser selectivos”.

Y aún más: “Podemos controlar la calidad mucho más eficazmente, mucho más de lo que lo hacían los fundadores de Israel”.

La palabra calidad aplicada a ejemplares humanos. El término “selectivos” para describir una política migratoria hacia sus propios correligionarios. Estas afirmaciones han sido reportadas y analizadas por Middle East Eye, Al Jazeera, Times of Israel y Ynet News. Y, de fondo, la evaluación implícita – e histórica – de la inmigración mizrahi (judíos del norte de África y Oriente Medio) como inmigración de serie B, aceptada por necesidad, no por elección.

La cuestión asquenazí: un eurocentrismo fundacional

Para entender el peso de tales palabras, hay que conocer la historia que subyace. Israel nunca ha sido un Estado homogéneo. Desde su fundación en 1948, su liderazgo político, militar y cultural fue casi enteramente asquenazí – es decir, de origen judío de Europa oriental y central. Ben-Gurión, Golda Meir, Beguin, Peres, Rabin, el propio Barak, son todos parte de esa tradición.

Esta élite traía consigo los valores, prejuicios y el sentido de superioridad cultural de la Europa oriental judía. El sionismo laborista – el movimiento político que construyó las instituciones del Estado – era profundamente eurocéntrico: imaginaba Israel como una “villa en el desierto” [o en la jungla, NdT], un puesto avanzado de la civilización occidental en un Oriente Medio atrasado. Los judíos orientales – los mizrajim, los sefardíes del norte de África, Yemen, Irak, Siria – eran vistos con ambivalencia. Eran hermanos de fe, sí, pero portadores de una cultura sospechosa de atraso, contigüidad con el mundo árabe e inadecuación al proyecto modernista.

Las pruebas históricas de esta discriminación son abundantes y están documentadas. En los años 50 del siglo XX, decenas de miles de niños yemeníes y norteafricanos desaparecieron de los hospitales israelíes: murieron, dijo el Estado, de enfermedad. Décadas después, comisiones de investigación han determinado que muchos fueron dados en adopción a asquenazíes sin el consentimiento de las familias, en el marco de una ideología que consideraba a los niños orientales “recuperables” solo si se les sustraía de su cultura de origen. Fue uno de los crímenes fundacionales más silenciados de la historia israelí.

Los inmigrantes norteafricanos llegados en los años 50 fueron encaminados hacia las ma’abarot – campos de tránsito – y luego hacia las “ciudades de desarrollo” en las periferias del desierto, lejos del centro del país. La segregación no era formal – no había apartheid jurídico entre judíos – pero era real, estructural, y se tradujo en décadas de subrepresentación política, económica y cultural de los mizrajim.

Cuando Barak dice que los fundadores “tomaron cualquier cosa que llegaba”, está reproduciendo inconscientemente – o conscientemente – esa misma narrativa. El periodista israelí Rogel Alpher en Haaretz ha fotografiado la cosa con precisión quirúrgica: Barak hablaba “como si fuera miembro de un comité de admisión de una comunidad residencial israelí”.

La idea de la conversión masiva como ingeniería étnica

Aún más elaborada es la propuesta de conversión masiva. Barak quiere que Israel abra las puertas a otro millón de inmigrantes rusoparlantes – muchos de los cuales no son judíos según la halajá, la ley religiosa – y los integre a través de un proceso de conversión simplificado, vaciando al rabinato ortodoxo de su poder de veto.

La idea de que un ex primer ministro haya propuesto a Putin “enviar otro millón de rusos” es de por sí extraordinaria. El rabino Pinchas Goldschmidt, ex rabino jefe de Moscú, ha contado a The Forward que recibió hace ya décadas una propuesta similar, mediada por el entonces ministro Haim Ramon, y que la rechazó: “La halajá no habla en cifras. No hay un número alto ni un número bajo. La halajá habla de normas y condiciones”. Más tarde, descubrió que la misma idea había sido discutida con Epstein.

El detalle más inquietante es la referencia a las “chicas jóvenes” de la primera ola rusa de los años 90, pronunciada con Epstein riéndose de fondo. En un documento que concierne a un pedocriminal convicto y un traficante en serie de mujeres jóvenes, ese detalle no es inocente. Es el momento en que la conversación demográfica se revela inmersa en un contexto de mercantilización de los cuerpos femeninos – donde las mujeres rusoparlantes son citadas tanto como ingrediente del plan demográfico, como objeto de deseo.

Jeffrey Epstein: el eugenista que se compraba las mentes

Para entender el papel de Epstein en todo esto, hay que liberarse de la imagen del simple pedocriminal rico. Epstein era eso, ciertamente – un criminal en serie, un violador de niñas – pero era también otra cosa: era un ideólogo. Tenía una visión del mundo, y usaba su dinero para financiarla, para difundirla y atraer a su alrededor a las mentes que pudieran darle legitimidad académica.

Su obsesión central era la eugenesia. Según The New York Times, Epstein ambicionaba “sembrar la raza humana” con su ADN embarazando a mujeres en su rancho de Nuevo México. Había hablado de querer congelar su cerebro y su pene al morir, para ser traído de vuelta a la vida en la era del transhumanismo. Financió el trabajo de George Church, genetista de Harvard, que estaba desarrollando una aplicación para emparejar parejas según su compatibilidad genética. Discutió con biólogos evolucionistas y neurocientíficos sobre la posibilidad de modificar los genes responsables de la “memoria de trabajo”. Usaba el término “altruismo genético” para dar una pátina filantrópica a lo que era, de hecho, eugenesia clásica.

Edge: el salón donde la pseudociencia se volvía mainstream

El vector principal a través del cual Epstein se insertó en el mundo intelectual fue Edge, el salón fundado por el agente literario John Brockman en los años 90. Como ha reconstruido la periodista Virginia Heffernan – que fue miembro – Edge se presentaba como el lugar donde las mentes más brillantes del mundo se encontraban para discutir las grandes cuestiones del tiempo. Entre sus miembros figuraban Richard Dawkins, Steven Pinker, Daniel Dennett, Marvin Minsky, Martin Nowak, Robert Trivers. Pero el verdadero anfitrión, el que pagaba, financiaba y atraía hacia sí a las mentes punteras, era Epstein.

Los archivos revelan correos electrónicos en los que el financiero discute sobre “jerarquía racial” con científicos de su círculo. Cultivaba relaciones con figuras de la derecha alternativa en línea. Discutió con sus interlocutores científicos sobre la “utilidad del fascismo”.

La inversión más grande – 9,1 millones de dólares entre 1998 y 2008, de los cuales 6,5 millones en un único tramo en 2003 – fue al Program for Evolutionary Dynamics de Harvard, dirigido por el matemático-biólogo Martin Nowak. Como ha escrito la historiadora de la ciencia Naomi Oreskes en Scientific American: “Epstein era un eugenista de la era moderna cuya obsesión estaba ligada a la ilusión delirante de sembrar la raza humana con su propio ADN. Lo que empeora las cosas es que concentrara su generosidad en la investigación sobre la base genética del comportamiento humano”.

El transhumanismo como eugenesia presentable

Hay un hilo que conecta el pensamiento de Epstein con el Silicon Valley contemporáneo: con Elon Musk, con Peter Thiel, con las fantasías de “mejora humana” que circulan entre los multimillonarios tecnológicos. Ese hilo es el transhumanismo: la idea de que la tecnología puede y debe trascender los límites biológicos del hombre, llevando a una nueva especie superior. Como en la versión clásica de la eugenesia novecentista, está la convicción de que algunos son más aptos que otros para la supervivencia y la reproducción. Solo que en lugar de racismo biológico explícito se habla de “optimización genética”, de “edición del ADN” o de “altruismo evolutivo”.

La diferencia con la eugenesia nazi o usamericana de los años 30 es solo de forma. El fondo es el mismo: la idea de que hay poblaciones “de calidad superior” que reproducir y poblaciones “problemáticas” que gestionar, reducir o excluir. Que se exprese en lenguaje de startup tecnológica en lugar de en alemán no la hace menos peligrosa.

El caso Chomsky: el disidente cooptado

De todas las revelaciones surgidas de los archivos Epstein, la que ha golpeado más duramente a la izquierda intelectual es la que concierne a Noam Chomsky. El lingüista del MIT, de 97 años, autor de Understanding Power y Manufacturing Consent, resulta haber mantenido con Epstein una relación extensa, multifacética y – a pesar de las negativas – difícilmente reducible a un simple malentendido. El expediente completo ha sido reconstruido por World Socialist Web Site, New Statesman, CounterPunch y The Canary.

La magnitud de la relación

Los correos electrónicos y mensajes de texto publicados documentan años de frecuentación. Epstein transfirió 270.000 dólares a las cuentas de Chomsky o de su familia. Le ofreció el uso de su apartamento en Manhattan. Lo invitó a su isla. Le envió kits de ADN en 2017: un movimiento que se inscribe, como ahora está claro, en su obsesión por la recolección de material genético de individuos intelectuales destacados.

En uno de los intercambios más inquietantes, Epstein empujó a Chomsky sobre temas de diferencias cognitivas entre grupos raciales y posibilidad de edición genética. La respuesta de Chomsky fue la de un hombre que intenta resistir a la provocación: atribuyó las disparidades medidas en los tests cognitivos a la herencia histórica del racismo, no a factores biológicos. Pero luego concedió el terreno al que Epstein quería llevarlo: dijo que, si los genes pudieran ser modificados, la prioridad debería ser reducir la “ferocidad dedicada” de quienes buscan el poder. Epstein había rebautizado el conjunto como “altruismo genético”. Cuando en 2016 Epstein le envió un enlace al podcast neonazi The Right Stuff – la misma red que luego participaría activamente en la concentración de Charlottesville de 2017 – no consta que Chomsky interrumpiera la relación.

El detalle quizás más embarazoso concierne a 2019: cuando el Miami Herald publicó la investigación sobre los abusos de Epstein, Chomsky le escribió aconsejándole ignorar las acusaciones, describiendo el tratamiento recibido como fruto de una histeria mediática. “La mejor manera de proceder es ignorarla”, escribió. Chomsky expresaba simpatía a Epstein por “la manera horrible en que eres tratado por la prensa y el público”.

La esposa de Chomsky, Valeria, ha emitido una declaración admitiendo “graves errores de juicio”: Epstein habría construido “un relato manipulador” sobre su propia inocencia en el que Chomsky, de buena fe, habría creído. Pero cartas como aquella en la que Valeria describía a Epstein como “nuestro mejor amigo, quiero decir el único”– o aquella en la que Noam concluía con “como una verdadera amistad, profunda y sincera y eterna de nosotros dos” – son difíciles de reducir a manipulación unilateral.

¿Cómo se explica?

La explicación más convincente es estructural, no psicológica. Chomsky siempre ha creído que el cambio no venía de la clase trabajadora organizada, sino de la acción educativa sobre las élites. Siempre ha pensado que era más útil influir en quienes detentan el poder que organizar a quienes no lo tienen. Esta visión le llevaba naturalmente a buscar acceso a los centros del poder, no a contenerlos desde fuera.

En este sentido, Chomsky y Barak son especulares: ambos se mueven en un universo en el que las decisiones que importan se toman en privado – en apartamentos de Manhattan, en la isla de Little St. James, en los salones de Edge, en conversaciones reservadas con jefes de Estado. Ambos aceptan, en formas diversas, la lógica elitista que Epstein encarnaba.

La vergüenza de la izquierda

La reacción de la izquierda intelectual usamericana ante este asunto ha sido reveladora. El silencio ha sido la respuesta dominante. Jacobin [órgano de los demócratas socialistas apoyando a Bernie Sanders, NdT], que en junio de 2024 había celebrado a Chomsky como ‘campeón intelectual y moral’, no ha publicado un análisis crítico digno de mención. Y la asimetría – la misma que Barak ha reivindicado en su autodefensa – es ella misma un problema político. La crítica del poder aplicada solo a los adversarios deja de ser crítica y se convierte en identidad sectaria.

¿Quién más en el círculo?

Barak, Chomsky y Epstein son las figuras centrales de este asunto, pero no las únicas. A su alrededor se mueve una galaxia de nombres que los archivos continúan revelando.

Lawrence Summers

El ex secretario del Tesoro de Clinton, ex presidente de Harvard y uno de los arquitectos de la desregulación financiera de los años 90 estaba presente en la conversación con Barak. Es él quien introdujo el concepto de la terrible demography: la expresión que en la política israelí identifica el crecimiento demográfico palestino como una amenaza existencial. Summers y Epstein intercambiaron correos electrónicos de forma rutinaria durante años, según The New York Times. Summers estaba también en la cena de Harvard de 2004 con Epstein, Dershowitz, Trivers y Pinker: la foto que los retrata vale más de mil palabras.

Cambridge, Massachusetts, USA, 9 de septiembre de 2004: Jeffrey Epstein durante una cena que organizó en la Universidad de Harvard con los profesores Alan Dershowitz, Stephen Pinker, Robert Trivers (Princeton), Larry Summers, E. O. Wilson, Marvin Minsky, Lisa Randall, Martin Nowak y Alan Guth. Foto: Rick Friedman.

El círculo científico

Martin Nowak, el matemático financiado por Epstein con 6,5 millones de dólares, es solo el caso más llamativo. También están: el físico teórico Lawrence Krauss, presidente del proyecto Origins de la Arizona State University, que pedía consejos a Epstein tras sus propias acusaciones de acoso sexual; la física Lisa Randall de Harvard, que bromeaba sobre el arresto de Epstein en tono afectuoso. Elementos ampliamente reconstruidos por Scientific American en noviembre de 2025.

El denominador común no es la adhesión consciente a la eugenesia, al menos no en todos los casos. Es algo más sutil: la aceptación de la financiación, la disponibilidad a frecuentar al personaje, la renuncia a hacer preguntas sobre la procedencia del dinero y sobre las intenciones de quien lo otorgaba. La cooptación rara vez funciona con violencia o corrupción explícita. Funciona con la adulación, la conveniencia, el sentimiento de pertenecer a un círculo especial.

El cuerpo como territorio: pedocriminalidad, linaje y dominio

Hay una dimensión de los archivos Epstein que el debate público ha tenido dificultades para enfocar, y que los relatores especiales del Consejo de Derechos Humanos de la ONU han tenido el valor de nombrar sin eufemismos. En la declaración del 17 de febrero de 2026, los relatores escriben que las pruebas contenidas en los archivos son tales que configuran potencialmente crímenes contra la humanidad: esclavitud sexual, violencia reproductiva, desaparición forzada, tortura, feminicidio. Su análisis añade algo fundamental: estos crímenes fueron cometidos “en un contexto de ideologías supremacistas, racismo y misoginia extrema”. Es decir: había un marco ideológico. Había un sistema de creencias que los hacía pensables, incluso racionales, para quienes los planificaban.

Es precisamente esta conexión – entre el plano ideológico y el criminal – la que la politóloga australiana Melinda Cooper ha contribuido a clarificar. Cooper, cuyo trabajo ha sido señalado en italiano por Francesca Coin en il manifesto, propone un análisis que va contra corriente respecto a la narrativa predominante. La versión más difundida del caso Epstein separa netamente dos planos: el de los abusos sexuales y el de las ideas eugenésicas. Como si fueran dos patologías independientes presentes en el mismo individuo. Cooper sostiene en cambio que esta separación es analíticamente errónea: los dos planos son manifestaciones diferentes de la misma estructura de pensamiento.

La horda patriarcal y el control de los cuerpos

Para comprender esta unidad profunda, Cooper recupera una categoría freudiana: la de la horda primitiva. En Tótem y Tabú, Freud describía la fantasía arcaica que subyace a las formas de organización patriarcal del poder: el macho dominante que se apropia de los cuerpos femeninos para garantizar su propia continuidad biológica y construir una descendencia que prolongue su presencia más allá de la muerte. La horda, en esta lectura, responde a un proyecto de inmortalidad a través de la reproducción controlada.

Esta rejilla, aplicada al caso Epstein, revela algo que el moralismo individual no logra ver. El plan de Epstein de fecundar a decenas de mujeres en su rancho de Nuevo México, lejos de ser la fantasía de un rico excéntrico, representaba la versión explícita, desvergonzada, de una lógica que atraviesa toda su red. El archivo EFTA02731395 – el diario de una menor de edad a la que le arrebataron a su hijo recién nacido – testimonia que esta lógica había sido traducida en práctica. Un proyecto de producción genealógica, en el que los cuerpos de las chicas eran el medio y el linaje de Epstein el fin.

Esta misma lógica, disfrazada de visión tecnológica del futuro, es reconocible en la ambición de Elon Musk de multiplicar su descendencia a escala industrial y de usar SpaceX como vector de su herencia genética hacia Marte. No es una coincidencia que tanto Epstein como Musk gravitaran en torno a los mismos ambientes intelectuales: – el transhumanismo, la red Edge, el Silicon Valley eugenista. En todos estos casos, la fantasía de la horda se presenta de nuevo en forma moderna: el macho excepcional que pretende perpetuar sus genes, usando el cuerpo de las mujeres como instrumento y la ciencia como legitimación.

Se trata de un sistema

La comprensión sistémica que propone Cooper resuelve un enigma que ha dejado perplejos a muchos comentaristas: ¿cómo podía la misma red incluir a un ex primer ministro israelí que discutía de ingeniería demográfica de Estado, académicos de Harvard que proyectaban optimizaciones genéticas, un intelectual de izquierdas como Chomsky seducido por el acceso a la élite, y abusadores en serie de niñas? Estos sujetos parecen tener poco en común, y sin embargo gravitaban en torno al mismo epicentro.

La respuesta es que compartían, en formas diversamente elaboradas y con diferentes grados de conciencia, una ontología social en la que la jerarquía entre seres humanos es natural y el dominio es su ejercicio legítimo. En esta visión del mundo, los cuerpos – en particular los cuerpos femeninos, y más aún los cuerpos de las mujeres pobres, no blancas, procedentes de países subalternos – no son sujetos con derechos y dignidad propios: son recursos. Como ha sintetizado Cooper, citada en un artículo de CounterPunch, el proyecto político de esta clase es el de “gobernar una economía de amos y sirvientes”. La red Epstein era el lugar donde ese proyecto se ejercía sin filtros.

La genealogía intelectual: de The Bell Curve a los correos de Epstein

Este sistema de ideas tiene una historia, e ignorarla significa no comprender el caso. En 1994 Charles Murray y Richard Herrnstein publicaron The Bell Curve, un volumen que sostenía la existencia de diferencias cognitivas estructurales entre grupos raciales. La tesis implícita era de naturaleza eugenésica: el declive cognitivo de la especie se combate desalentando la reproducción de las clases inferiores y de los grupos considerados menos dotados. El libro fue ampliamente criticado por la comunidad científica, pero no por ello ignorado; fue más bien recibido, discutido, metabolizado en esa parte del establishment usamericano que se reconocía en el llamado “pensamiento duro”, ese capaz de afrontar “verdades incómodas”.

Tres décadas después, esta genealogía es rastreable directamente en la correspondencia de Epstein. En los correos con Chomsky, Epstein citaba artículos de The Right Stuff – el podcast vinculado a los círculos neonazis que contribuiría a organizar la concentración de Charlottesville – como vehículo de sus tesis sobre la “ciencia de la raza”. En los correos con Joscha Bach, tecnólogo de Silicon Valley, se discutía abiertamente de presuntas inferioridades cognitivas ligadas a la pertenencia étnica. Epstein financiaba a George Church para desarrollar herramientas de selección genética. Financiaba a Nick Bostrom, filósofo transhumanista con un historial documentado de declaraciones racistas y vínculos con Musk, para desarrollar una organización que Epstein usaba como envoltorio presentable de su proyecto eugenésico. El hilo es continuo, y no es casual.

El elemento que emerge con fuerza de un análisis integrado es este: las chicas y las niñas traficadas, sometidas a violencia reproductiva en el contexto de la red Epstein, eran la parte más expuesta, el punto donde la ideología se traducía en práctica corporal. Pero la misma lógica de instrumentalización operaba, en formas menos visibles y socialmente más aceptadas, en los debates demográficos de Barak, en las ambiciones genealógicas de Epstein, en las teorías de optimización genética de los investigadores de Harvard. El desprecio por la igual dignidad de los seres humanos funcionaba en todos estos planos simultáneamente, con registros diferentes, pero con la misma estructura profunda.

La eugenesia como lógica del poder

¿Qué nos dice todo esto sobre el momento histórico en que vivimos? Mucho. Quizás todo.

La eugenesia nunca ha desaparecido. Fue puesta en la clandestinidad después de Auschwitz: nadie podía hablar ya explícitamente de ella, después de que el proyecto nazi hubiera mostrado adónde llevaba. Pero las ideas no mueren, se disfrazan. Se disfrazan de “realismo demográfico” (como dice Barak), de “eugenesia positiva” y “altruismo genético” (como dice Epstein), de “optimización genética” y “transhumanismo” (como dicen en Silicon Valley). La estructura del pensamiento sigue siendo idéntica: hay poblaciones de calidad superior y poblaciones problemáticas; el futuro de la humanidad requiere amplificar las primeras y reducir o controlar las segundas.

En el caso israelí, este pensamiento tiene una valencia geopolítica directa. La pregunta demográfica – quién tendrá la mayoría numérica entre el Jordán y el Mediterráneo – es real, y las respuestas que se le dan estructuran las políticas concretas. La idea de Barak de importar un millón de rusos, convertirlos pro forma, y usarlos como contrapeso al crecimiento árabe no es ciencia ficción política: es una propuesta seria, discutida con un jefe de gobierno (Putin) y con el establishment económico usamericano (Summers). Si se hubiera llevado a cabo, habría cambiado radicalmente la composición de la sociedad israelí.

El engaño del ‘pensamiento duro’

En la jerga de los ambientes que giran en torno a la red Edge y al Silicon Valley reaccionario, está difundido un enfoque intelectual que va bajo el nombre de “dark enlightenment” [Ilustración oscura] Una expresión acuñada por el filósofo británico Nick Land y el bloguero Curtis Yarvin para designar un pensamiento que se quiere libre de toda atadura igualitaria y democrática. En Italia aún no tiene un nombre consolidado, pero su lógica es reconocible: reivindicar el coraje de “decir lo que no se puede decir”, presentando como censura cualquier objeción ética. En este ensayo lo traducimos con la expresión “pensamiento duro”.

El pensamiento duro es la trampa intelectual en la que muchos de estos personajes han caído. La trampa de la idea de que los “hechos incómodos” deben ser afrontados sin tabú, so riesgo de ser dominados por quien lo hace. Esta retórica del coraje intelectual sirve para desacreditar preventivamente a cualquiera que plantee objeciones éticas. Como ha analizado Virginia Heffernan en su artículo para The Nerve: "El salón [Edge] ha servido de intermediario entre el dinero multimillonario y las mentes de machos dominantes, y juntos, a lo largo de las décadas, han llegado a una filosofía común: eran depredadores naturales, llamados a explotar y someter a los demás”.

El espejo europeo: Renaud Camus, Sellner y la remigración como eugenesia negativa

Hay un hilo que conecta el laboratorio ideológico de la red Epstein con la derecha identitaria europea, y pasa por la misma obsesión: quién tiene derecho a habitar un territorio, y quién debe ser inducido – u obligado – a irse. Es la misma pregunta que Barak formulaba en positivo (importar el material humano “correcto”) y que el movimiento identitario europeo formula en negativo: expulsar al “equivocado”. Dos respuestas especulares a la misma visión del mundo, en la que la composición étnica de la población es un problema técnico a resolver mediante la ingeniería demográfica.

El marco teórico es el del Grand Remplacement, la teoría elaborada por el escritor francés Renaud Camus en 2011, según la cual las poblaciones europeas de origen cristiano estarían sufriendo una sustitución progresiva por parte de inmigrantes no europeos. Camus proporciona el diagnóstico. La traducción en programa político operativo es obra del austriaco Martin Sellner, jefe del Movimiento Identitario austriaco y hoy figura de referencia de la internacional identitaria europea. Con su libro Remigration. Ein Vorschlag (2024) – traducido y publicado en Italia con el título Remigrazione. Una proposta en 2025, por Passaggio al Bosco – Sellner transforma la consigna en propuesta de ley: repatriación “incentivada” o forzosa no solo de los irregulares, sino de inmigrantes con permiso de residencia regular, de naturalizados, de personas nacidas y criadas en Europa. Como ha escrito Annalisa Camilli en Internazionale, lo que se llama “remigración” es, si se le llama por su nombre, deportación sobre base identitaria: la revocación selectiva de la pertenencia.

La genealogía intelectual de este movimiento comparte raíces con la de la red Epstein, aunque los recorridos son distintos. El Pioneer Fund – la fundación usamericana fundada en 1937 con el objetivo explícito de promover la “ciencia racial” y la mejora de la “raza blanca”, clasificada como hate group por el Southern Poverty Law Center – ha financiado durante décadas tanto la investigación eugenésica que alimentó libros como The Bell Curve, como las redes de publicaciones que nutrieron a la derecha identitaria europea. Como ha reconstruido una investigación de The Conversation, las mismas fundaciones, los mismos donantes y a menudo los mismos investigadores circulaban entre las revistas de race science anglosajonas y los movimientos identitarios europeos. La eugenesia nunca ha dejado de existir: ha cambiado de editor y dirección.

En el lado de Silicon Valley, la conexión es aún más explícita. Peter Thiel – multimillonario libertario presente en la red de Epstein, financiador del transhumanista Nick Bostrom y de una constelación de think tanks de la derecha radical uisamericana – se reunió en 2016 con representantes del movimiento alt-right y white nationalist usamericano, como documentó BuzzFeed News. El ex canciller austriaco Sebastian Kurz, el político europeo más cercano al entorno de Thiel, acaba de fundar un nuevo think tank llamado Global Shift Institute. Sellner ha anunciado la creación de un Institute for Remigration con ambiciones transnacionales, declarando estar en contacto con representantes de la Liga del Norte y de Hermanos de Italia, el partido de Meloni. La red se extiende y se consolida.

Italia, laboratorio para políticas de ingeniería demográfica

Italia se ha convertido en un laboratorio privilegiado de estos fenómenos. El Remigration Summit de mayo de 2025 se celebró en Gallarate, en la provincia de Varese, en un teatro puesto a disposición por el alcalde de la Liga, Andrea Cassani. Sellner lo eligió porque Italia es considerada “un país seguro para una reunión de la extrema derecha”, según informaron los organizadores. Entre los ponentes: Jean-Yves Le Gallou (ex Frente Nacional), Eva Vlaardingerbroek (Países Bajos), Afonso Gonçalves del grupo pronazi portugués Reconquista. En enero de 2026, la conferencia de prensa en la Cámara de los Diputados para el lanzamiento de la recogida de firmas sobre la “Remigrazione e Riconquista” – organizada por el leghista Domenico Furgiuele con los grupos fascistas CasaPound, Veneto Fronte Skinheads y Rete dei Patrioti – fue bloqueada por la oposición. Pero en veinticuatro horas la petición ya había alcanzado las 50.000 firmas necesarias para el examen parlamentario, según informó il manifesto.

La propuesta de ley de 24 artículos es un documento revelador. Prevée la “remigración voluntaria o forzosa”, la abolición del decreto de flujos migratorios, la revisión de la reagrupación familiar, un Fondo para la Natalidad Italiana reservado “a los verdaderos italianos”, la prioridad en las viviendas públicas y en las guarderías para los solos ciudadanos italianos. Es, en su integridad, un programa de ingeniería demográfica de Estado – exactamente de lo que Barak discutía con Epstein y Summers, pero con el signo invertido, como se ha dicho. La lógica que los une es idéntica: la composición étnica de la población vista como un problema técnico a resolver con instrumentos de selección.

La diferencia entre remigración y planificación demográfica es de método y de signo, no de principio. Ambas comparten la premisa de que ciertas categorías de seres humanos son elementos de una ecuación demográfica más que sujetos portadores de derechos inalienables. Es la misma premisa que hacía pensable, a los ojos de Epstein, usar cuerpos de niñas como incubadoras para su linaje. Cuando se acepta que la composición humana de una sociedad es una variable a optimizar, las consecuencias se multiplican en direcciones que – como la historia ya ha mostrado – tienden a converger hacia el mismo punto.

Las grabaciones Epstein nos han dado algo raro: la posibilidad de escuchar a los poderosos cuando creen hablar entre sí. Sin las mediaciones del discurso público, sin la prudencia de lo políticamente presentable, sin la necesidad de tener en cuenta a los “others”. Y lo que emerge es un mundo en el que la jerarquía humana se da por sentada, en el que la selección de las poblaciones se discute como se discutiría la optimización de una cadena de producción, en el que el dinero y el poder confieren el derecho no solo de dominar a los demás, sino de decidir quién merece existir y en qué proporción, y qué cuerpos están disponibles para ser usados.

Ehud Barak es el producto coherente de una cultura política – el sionismo laborista asquenazí – que ha construido su Estado sobre la exclusión sistemática y la jerarquía étnica, y que siempre ha encontrado la manera de justificarla como realismo, necesidad, clarividencia. Jeffrey Epstein era la encarnación de la lógica de la horda – en el sentido freudiano que Melinda Cooper ha exhumado –, el patriarca que usa los cuerpos de las mujeres y las niñas para garantizar la inmortalidad de su linaje, mientras usa las mentes de los intelectuales para legitimar el dominio de su clase. Noam Chomsky es el ejemplo paradigmático de cómo el pensamiento crítico puede ser cooptado cuando pierde el contacto con la perspectiva de los excluidos y busca el poder en lugar de organizar a quienes carecen de él.

La complicidad de las instituciones

En su conjunto, el caso Epstein es también – quizás sobre todo – una historia de impunidad institucional. Un hombre condenado en 2008 por crímenes sexuales graves continuó durante una década frecuentando presidentes, académicos, jefes de Estado, ex primeros ministros. Continuó financiando investigaciones universitarias. Continuó discutiendo de eugenesia con premios Nobel y ministros. Y las instituciones – Harvard, el MIT, la Arizona State University, la justicia usamericana, los gobiernos israelí y usamericano – dejaron hacer.

El Consejo de Derechos Humanos de la ONU ha dicho lo que demasiados comentaristas aún dudan en decir: no se trata de historias de criminales aislados. Los crímenes fueron cometidos en un contexto ideológico preciso – supremacismo, racismo, misoginia extrema – que hizo posible, durante décadas, la impunidad. Las supervivientes que han tenido el valor de denunciar, y las protagonistas del #metoo que las precedieron, reconocieron antes que nadie el mundo que estaba renaciendo.



Epstein, Barak, Chomsky et les autres : l’eugénisme des élites, par Tahar Lamri

 

Plus qu’un violeur de femmes et de fillettes et qu’un maître chanteur en série, Jeffrey Epstein était un idéologue de la suprématie raciale. Avec son cercle d’interlocuteurs, il poursuivait une vision eugéniste lucide.

Tahar Lamri, Kritica.it, 25/2/2026
Traduit par Tlaxcala

Ce n’est pas un scandale comme les autres. Les fichiers Epstein – les milliers de pages d’emails, transcriptions et enregistrements audio publiés entre fin 2025 et février 2026 – racontent, certes, le pouvoir, l’argent et la violence sexuelle. Mais ils racontent aussi, et peut-être avant tout, une pensée qui circulait parmi les esprits les plus célébrés de l’Occident académique et politique : une pensée sur la hiérarchie humaine, sur la qualité du matériel biologique, sur la possibilité – voire la nécessité – de sélectionner, contrôler et améliorer la composition des populations. En un mot : l’eugénisme. Sauf que personne ne l’appelait ainsi.

L’enregistrement de la conversation entre Ehud Barak, ancien Premier ministre d’Israël, Jeffrey Epstein et l’ancien secrétaire au Trésor américain Larry Summers – trois heures et demie, privée, apparemment de 2015 – est devenue la porte d’entrée vers cet univers.


L’enregistrement Epstein-Barak : hiérarchie ethnique sous forme de stratégie

Dans l’enregistrement avec Epstein et Summers, Barak ne perd pas de temps en préambules. Il parle de ce qu’il appelle « le défi démographique d’Israël à long terme » et son raisonnement procède avec la naturel de quelqu’un qui exprime des opinions qu’il n’a jamais eu raison de cacher.

Le point de départ est un constat numérique : la population arabe d’Israël est passée d’environ 16 % il y a quarante ans à 20 % actuellement (à l’époque de la conversation). À cela s’ajoute la croissance démographique des juifs ultra-orthodoxes (haredim), que Barak considère – avec sa franchise laïco-militaire typique – comme un autre poids improductif pour l’État. Le problème, tel qu’il le voit, est un problème d’équilibre.

Sa solution s’articule sur trois axes. Premièrement : l’immigration sélective, en particulier de juifs russophones en provenance de Russie. Deuxièmement : la conversion de masse au judaïsme, après démolition du monopole du rabbinat orthodoxe sur les procédures de conversion. Troisièmement : une hiérarchie explicite au sein des citoyens palestiniens d’Israël: les Druzes en haut (« totalement israéliens dans leur comportement »), les Arabes chrétiens en deuxième position (« ils ont un système éducatif meilleur que le nôtre »), les musulmans implicitement en bas.

Mais le passage le plus révélateur – celui qui a suscité le plus grand scandale – concerne l’histoire de l’immigration juive elle-même. Se référant à la vague d’immigration post-1948 en provenance d’Afrique du Nord et du monde arabe, Barak dit : « Ce fut une sorte de vague de sauvetage depuis l’Afrique du Nord, le monde arabe ou autre. Ils ont pris tout ce qui arrivait ; maintenant nous pouvons être sélectifs ».

Et encore : « Nous pouvons contrôler la qualité beaucoup plus efficacement, beaucoup plus que ne le faisaient les fondateurs d’Israël ».

Le mot qualité appliqué à des spécimens humains. Le terme « sélectifs » pour décrire une politique migratoire envers ses propres coreligionnaires. Ces affirmations ont été rapportées et analysées par Middle East Eye, Al Jazeera, Times of Israel et Ynet News. Et, en arrière-plan, l’évaluation implicite – et historique – de l’immigration mizrahi (juifs d’Afrique du Nord et du Moyen-Orient) comme une immigration de seconde zone, acceptée par nécessité, non par choix.

La question ashkénaze : un eurocentrisme fondateur

Pour comprendre le poids de tels mots, il faut connaître l’histoire qui les sous-tend. Israël n’a jamais été un État homogène. Dès sa fondation en 1948, sa direction politique, militaire et culturelle fut presque entièrement ashkénaze – c’est-à-dire d’origine juive d’Europe orientale et centrale. Ben Gourion, Golda Meir, Begin, Peres, Rabin, Barak lui-même, font tous partie de cette tradition.

Cette élite portait avec elle les valeurs, les préjugés et le sentiment de supériorité culturelle de l’Europe orientale juive. Le sionisme travailliste – le mouvement politique qui construisit les institutions de l’État – était profondément eurocentrique : il imaginait Israël comme une « villa dans le désert » [ou dans la jungle, NdT], un avant-poste de la civilisation occidentale dans un Moyen-Orient arriéré. Les juifs orientaux – les mizrahim, les séfarades d’Afrique du Nord, du Yémen, d’Irak, de Syrie – étaient vus avec ambivalence. C’étaient des frères de foi, certes, mais porteurs d’une culture soupçonnée d’arriération, de contiguïté avec le monde arabe et d’inadéquation au projet moderniste.

Les preuves historiques de cette discrimination sont abondantes et documentées. Dans les années 1950, des dizaines de milliers d’enfants yéménites et nord-africains disparurent des hôpitaux israéliens : ils sont morts, déclara l’État, de maladie. Des décennies plus tard, des commissions d’enquête ont établi que beaucoup furent donnés en adoption à des ashkénazes sans le consentement des familles, dans le cadre d’une idéologie qui considérait les enfants orientaux comme « récupérables » seulement s’ils étaient soustraits à leur culture d’origine. Ce fut l’un des crimes fondateurs les plus passés sous silence de l’histoire israélienne.

Les immigrés nord-africains arrivés dans les années 1950 furent dirigés vers les ma’abarot – des camps de transit – puis vers les « villes de développement » dans les périphéries du désert, loin du centre du pays. La ségrégation n’était pas formelle – il n’y avait pas d’apartheid juridique entre juifs – mais elle était réelle, structurelle, et se traduisit par des décennies de sous-représentation politique, économique et culturelle des mizrahim.

Quand Barak dit que les fondateurs « prenaient tout ce qui arrivait », il reproduit inconsciemment – ou consciemment – ce même narratif. Le journaliste israélien Rogel Alpher dans Haaretz a photographié la chose avec une précision chirurgicale : Barak parlait « comme s’il était membre d’un comité d’admission d’une communauté résidentielle israélienne ».

L’idée de la conversion de masse comme ingénierie ethnique

La proposition de conversion de masse est encore plus élaborée. Barak veut qu’Israël ouvre ses portes à un autre million d’immigrés russophones – dont beaucoup ne sont pas juifs selon la halakha, la loi religieuse – et les intègre par un processus de conversion simplifié, vidant le rabbinat orthodoxe de son pouvoir de veto.

L’idée qu’un ancien Premier ministre ait proposé à Poutine d’ »envoyer un autre million de Russes » est en soi extraordinaire. Le rabbin Pinchas Goldschmidt, ancien grand rabbin de Moscou, a raconté au Forward avoir reçu il y a déjà des décennies une proposition similaire, transmise par l’ancien ministre Haïm Ramon, et l’avoir rejetée : « La halakha ne parle pas en chiffres. Il n’y a pas de chiffre haut ni de chiffre bas. La halakha parle de normes et de conditions ». Plus tard, il découvrit que la même idée avait été discutée avec Epstein.

Le détail le plus inquiétant est la référence aux « jeunes filles » de la première vague russe des années 1990, prononcée avec Epstein qui ricane en arrière-plan. Dans un document concernant un pédocriminel reconnu et un trafiquant en série de jeunes femmes, ce détail n’est pas innocent. C’est le moment où la conversation démographique se révèle immergée dans un contexte de marchandisation des corps féminins – où les femmes russophones sont citées à la fois comme ingrédient du plan démographique, et comme objet de désir.

Jeffrey Epstein : l’eugéniste qui s’achetait les esprits

Pour comprendre le rôle d’Epstein dans tout cela, il faut se libérer de l’image du simple pédocriminel riche. Epstein était cela, certainement – un criminel en série, un violeur de fillettes – mais il était aussi autre chose : c’était un idéologue. Il avait une vision du monde, et il utilisait son argent pour la financer, la diffuser et attirer autour de lui les esprits qui pouvaient lui donner une légitimité académique.

Son obsession centrale était l’eugénisme. Selon le New York Times, Epstein ambitionnait d’ « ensemencer la race humaine" avec son ADN en imprégnant des femmes dans son ranch du Nouveau-Mexique. Il avait parlé de vouloir faire congeler son cerveau et son pénis à sa mort, pour être ramené à la vie à l’ère du transhumanisme. Il finança les travaux de George Church, généticien à Harvard, qui développait une application pour mettre en relation les partenaires selon leur compatibilité génétique. Il discuta avec des biologistes de l’évolution et des neuroscientifiques de la possibilité de modifier les gènes responsables de la « mémoire de travail ». Il utilisait le terme « altruisme génétique » pour donner un vernis philanthropique à ce qui était, dans les faits, de l’eugénisme classique.

Edge : le salon où la pseudoscience devenait mainstream

Le vecteur principal par lequel Epstein s’est inséré dans le monde intellectuel fut Edge, le salon fondé par l’agent littéraire John Brockman dans les années 1990. Comme l’a reconstitué la journaliste Virginia Heffernan – qui en fut membre – Edge se présentait comme le lieu où les esprits les plus brillants du monde se rencontraient pour discuter des grandes questions du temps. Parmi ses membres figuraient Richard Dawkins, Steven Pinker, Daniel Dennett, Marvin Minsky, Martin Nowak, Robert Trivers. Mais le vrai maître de maison, celui qui payait, finançait et attirait à lui les esprits de pointe, était Epstein.

Les fichiers révèlent des emails où le financier discute de « hiérarchie raciale » avec des scientifiques de son cercle. Il cultivait des relations avec des figures de la droite alternative en ligne. Il discuta avec ses interlocuteurs scientifiques de « l’utilité du fascisme ».

L’investissement le plus important – 9,1 millions de dollars entre 1998 et 2008, dont 6,5 millions en une seule tranche en 2003 – alla au Program for Evolutionary Dynamics de Harvard, dirigé par le mathématicien-biologiste Martin Nowak. Comme l’a écrit l’historienne des sciences Naomi Oreskes dans Scientific American : « Epstein était un eugéniste de l’ère moderne dont l’obsession était liée à l’illusion délirante d’ensemencer la race humaine avec son propre ADN. Ce qui aggrave les choses, c’est qu’il concentrait sa générosité sur la recherche sur la base génétique du comportement humain »

Le transhumanisme comme eugénisme présentable

Il y a un fil qui relie la pensée d’Epstein à la Silicon Valley contemporaine : à Elon Musk, à Peter Thiel, aux fantasmes d’ »amélioration humaine » qui circulent parmi les milliardaires de la tech. Ce fil est le transhumanisme : l’idée que la technologie peut et doit transcender les limites biologiques de l’homme, menant à une nouvelle espèce supérieure. Comme dans la version classique de l’eugénisme du vingtième siècle, il y a la conviction que certains sont plus adaptés que d’autres à la survie et à la reproduction. Seulement, au lieu de racisme biologique explicite, on parle d’ »optimisation génétique », d’ « édition de l’ADN » ou d’ « altruisme évolutif ».

La différence avec l’eugénisme nazi ou usaméricain des années 1930 n’est qu’une question de forme. Le fond est le même : l’idée qu’il y a des populations « de qualité supérieure » à reproduire et des populations « problématiques » à gérer, réduire ou exclure. Qu’elle soit exprimée dans le langage d’une start-up technologique plutôt qu’en allemand ne la rend pas moins dangereuse.

L’affaire Chomsky : le dissident coopté

De toutes les révélations issues des fichiers Epstein, celle qui a frappé le plus durement la gauche intellectuelle concerne Noam Chomsky. Le linguiste du MIT, 97 ans, auteur de Comprendre le pouvoir et de Fabrication du consentement, de la propagande en démocratie, s’avère avoir entretenu avec Epstein une relation étendue, multiforme et – malgré les démentis – difficilement réductible à un simple malentendu. Le dossier complet a été reconstitué par le World Socialist Web Site, New Statesman, CounterPunch et The Canary.

L’ampleur de la relation

Les emails et messages texte publiés documentent des années de fréquentation. Epstein a transféré 270 000 dollars sur les comptes de Chomsky ou de sa famille. Il lui a offert l’usage de son appartement de Manhattan. Il l’a invité sur son île. Il lui a envoyé des kits ADN en 2017 : une démarche qui s’inscrit, comme on le sait maintenant, dans son obsession pour la collecte de matériel génétique auprès d’individus intellectuels éminents.

Dans l’un des échanges les plus troublants, Epstein a poussé Chomsky sur les thèmes des différences cognitives entre groupes raciaux et de la possibilité de l’édition génétique. La réponse de Chomsky a été celle d’un homme qui cherche à résister à la provocation : il a attriibué les disparités mesurées dans les tests cognitifs à l’héritage historique du racisme, non à des facteurs biologiques. Mais ensuite il a  concédé le terrain sur lequel Epstein voulait l’amener : il dit que si les gènes pouvaient être modifiés, la priorité devrait être de réduire la « férocité dédiée » de ceux qui cherchent le pouvoir. Epstein avait rebaptisé tout ça « altruisme génétique ». Quand en 2016 Epstein lui envoya un lien vers le podcast néonazi The Right Stuff – le même réseau qui devait ensuite participer activement au rassemblement de Charlottesville en 2017 – il n’apparaît pas que Chomsky ait interrompu la relation.

Le détail peut-être le plus embarrassant concerne 2019 : quand le Miami Herald publia l’enquête sur les abus d’Epstein, Chomsky lui écrivit en lui conseillant d’ignorer les accusations, décrivant le traitement reçu comme le fruit d’une hystérie médiatique. « La meilleure façon de procéder est de l’ignorer », écrivit-il. Chomsky exprimait sa sympathie à Epstein pour « la façon horrible dont tu es traité par la presse et le public ».

L’épouse de Chomsky, Valeria, a publié une déclaration admettant de « graves erreurs de jugement » : Epstein aurait construit « un récit manipulateur » sur sa propre innocence auquel Chomsky, de bonne foi, aurait cru. Mais des lettres comme celle où Valeria décrivait Epstein comme « notre meilleur ami, je veux dire l’unique »– ou celle où Noam concluait par « comme une véritable amitié, profonde et sincère et éternelle de nous deux » – sont difficiles à réduire à une manipulation unilatérale.

Comment expliquer ?

L’explication la plus convaincante est structurelle, non psychologique. Chomsky a toujours cru que le changement ne venait pas de la classe ouvrière organisée, mais de l’action éducative sur les élites. Il a toujours pensé qu’il était plus utile d’influencer ceux qui détiennent le pouvoir que d’organiser ceux qui ne l’ont pas. Cette vision le portait naturellement à chercher l’accès aux centres du pouvoir, non à les endiguer de l’extérieur.

En ce sens, Chomsky et Barak sont spéculaires : tous deux se meuvent dans un univers où les décisions qui comptent se prennent en privé – dans des appartements de Manhattan, sur l’île de Little St. James, dans les salons d’Edge, dans des conversations réservées avec les chefs d’État. Tous deux acceptent, sous des formes diverses, la logique élitiste qu’Epstein incarnait.

L’embarras de la gauche

La réaction de la gauche intellectuelle usaméricaine à cette affaire a été révélatrice. Le silence a été la réponse dominante. Jacobin (organe des « Démocrates socialistes » soutenant Bernie Sanders, NdT], qui en juin 2024 avait célébré Chomsky comme « champion intellectuel et moral », n’a pas publié d’analyse critique digne de ce nom. Et l’asymétrie – la même que Barak a revendiquée dans son auto-défense – est elle-même un problème politique. La critique du pouvoir appliquée seulement aux adversaires cesse d’être une critique et devient identité sectaire.

Qui d’autre dans le cercle ?

Barak, Chomsky et Epstein sont les figures centrales de cette affaire, mais pas les seules. Autour d’eux se meut une galaxie de noms que les fichiers continuent de révéler.

Lawrence Summers

L’ancien secrétaire au Trésor de Clinton, ancien président de Harvard et l’un des architectes de la déréglementation financière des années 1990 était présent dans la conversation avec Barak. C’est lui qui a introduit le concept de la terrible demography : l’expression qui, dans la politique israélienne, identifie la croissance démographique palestinienne comme une menace existentielle. Summers et Epstein échangèrent des emails de façon routinière pendant des années, selon le New York Times. Summers était aussi au dîner de Harvard en 2004 avec Epstein, Dershowitz, Trivers et Pinker : la photo qui les montre vaut plus de mille mots.


Cambridge, Massachusetts, USA, 
9 septembre 2004 : Jeffrey Epstein lors d'un dîner qu'il a organisé à l'université Harvard avec les professeurs Alan Dershowitz, Stephen Pinker, Robert Trivers (Princeton), Larry Summers, E.O. Wilson, Marvin Minsky, Lisa Randall, Martin Nowak et Alan Guth. Photo Rick Friedman

Le cercle scientifique

Martin Nowak, le mathématicien financé par Epstein avec 6,5 millions de dollars, n’est que le cas le plus éclatant. Il y a aussi : le physicien théoricien Lawrence Krauss, président du projet Origins de l’Arizona State University, qui demandait conseil à Epstein après ses propres accusations de harcèlement sexuel ; la physicienne Lisa Randall de Harvard, qui plaisantait sur l’arrestation d’Epstein sur un ton affectueux. Éléments largement reconstitués par Scientific American en novembre 2025.

Le dénominateur commun n’est pas l’adhésion consciente à l’eugénisme, du moins pas dans tous les cas. C’est quelque chose de plus subtil : l’acceptation du financement, la disponibilité à fréquenter le personnage, le renoncement à poser des questions sur la provenance de l’argent et sur les intentions de celui qui le distribuait. La cooptation fonctionne rarement par la violence ou la corruption explicite. Elle fonctionne par la flatterie, la convenance, le sentiment d’appartenir à un cercle spécial.

Le corps comme territoire : pédocriminalité, lignée et domination

Il y a une dimension des fichiers Epstein que le débat public a eu du mal à cerner, et que les rapporteurs spéciaux du Conseil des droits de l’homme de l’ONU ont eu le courage de nommer sans euphémisme. Dans la déclaration du 17 février 2026, les rapporteurs écrivent que les preuves contenues dans les fichiers sont telles qu’elles constituent potentiellement des crimes contre l’humanité : esclavage sexuel, violence reproductive, disparition forcée, torture, féminicide. Leur analyse ajoute quelque chose de fondamental : ces crimes ont été commis « dans un contexte d’idéologies suprémacistes, de racisme et de misogynie extrême ». Autrement dit : il y avait un cadre idéologique. Il y avait un système de croyances qui les rendait pensables, voire rationnels, pour ceux qui les planifiaient.

C’est précisément cette connexion – entre le plan idéologique et le plan criminel – que la politologue australienne Melinda Cooper a contribué à clarifier. Cooper, dont le travail a été signalé en iatlien par Francesca Coin sur il manifesto, propose une analyse qui va à contre-courant du récit dominant. La version la plus répandue de l’affaire Epstein sépare nettement deux plans : celui des abus sexuels et celui des idées eugénistes. Comme s’il s’agissait de deux pathologies indépendantes présentes chez le même individu. Cooper soutient au contraire que cette séparation est analytiquement erronée : les deux plans sont des manifestations différentes de la même structure de pensée.

La horde patriarcale et le contrôle des corps

Pour comprendre cette unité profonde, Cooper récupère une catégorie freudienne : celle de la horde primitive. Dans Totem et Tabou, Freud décrivait la fantaisie archaïque qui sous-tend les formes d’organisation patriarcale du pouvoir : le mâle dominant qui s’approprie les corps féminins pour garantir sa propre continuité biologique et construire une descendance qui prolonge sa présence au-delà de la mort. La horde, dans cette lecture, répond à un projet d’immortalité par la reproduction contrôlée.

Cette grille, appliquée à l’affaire Epstein, révèle quelque chose que le moralisme individuel ne parvient pas à voir. Le plan d’Epstein de féconder des dizaines de femmes dans son ranch du Nouveau-Mexique, loin d’être la fantaisie d’un riche excentrique, représentait la version explicite, éhontée, d’une logique qui traverse tout son réseau. Le fichier EFTA02731395 – le journal intime d’une mineure à qui l’on a arraché son enfant nouveau-né – témoigne que cette logique avait été traduite en pratique. Un projet de production généalogique, où les corps des filles étaient le moyen et la lignée d’Epstein le but.

Cette même logique, déguisée en vision technologique du futur, est reconnaissable dans l’ambition d’Elon Musk de multiplier sa descendance à l’échelle industrielle et d’utiliser SpaceX comme vecteur de son héritage génétique vers Mars. Ce n’est pas une coïncidence qu’Epstein et Musk aient gravité autour des mêmes milieux intellectuels : – le transhumanisme, le réseau Edge, la Silicon Valley eugéniste. Dans tous ces cas, la fantaisie de la horde se représente sous une forme moderne : le mâle exceptionnel qui entend perpétuer ses gènes, utilisant le corps des femmes comme instrument et la science comme légitimation.

Il s’agit d’un système

La compréhension systémique que propose Cooper résout une énigme qui a laissé perplexes de nombreux commentateurs : comment le même réseau pouvait-il inclure un ancien Premier ministre israélien discutant d’ingénierie démographique d’État, des universitaires de Harvard concevant des optimisations génétiques, un intellectuel de gauche comme Chomsky séduit par l’accès à l’élite, et des abuseurs en série de fillettes ? Ces sujets semblent avoir peu en commun, et pourtant ils gravitaient autour du même épicentre.

La réponse est qu’ils partageaient, sous des formes diversement élaborées et avec différents degrés de conscience, une ontologie sociale dans laquelle la hiérarchie entre êtres humains est naturelle et la domination est son exercice légitime. Dans cette vision du monde, les corps – en particulier les corps féminins, et plus encore les corps des femmes pauvres, non blanches, issues de pays subalternes – ne sont pas des sujets avec des droits et une dignité propres : ce sont des ressources. Comme l’a résumé Cooper, citée dans un article de CounterPunch, le projet politique de cette classe est celui de « gouverner une économie de maîtres et de serviteurs ». Le réseau Epstein était le lieu où ce projet s’exerçait sans filtres.

La généalogie intellectuelle : de The Bell Curve aux emails d’Epstein

Ce système d’idées a une histoire, et l’ignorer signifie ne pas comprendre l’affaire. En 1994, Charles Murray et Richard Herrnstein publièrent The Bell Curve, un volume qui soutenait l’existence de différences cognitives structurelles entre groupes raciaux. La thèse implicite était de nature eugéniste : le déclin cognitif de l’espèce se combat en décourageant la reproduction des classes inférieures et des groupes considérés comme moins doués. Le livre fut largement critiqué par la communauté scientifique, mais pas ignoré pour autant ; il fut bien reçu, discuté, métabolisé dans cette partie de l’establishment usaméricain qui se reconnaissait dans la soi-disant « pensée dure », celle capable d’affronter des « vérités inconfortables ».

Trois décennies plus tard, cette généalogie est directement traçable dans la correspondance d’Epstein. Dans ses emails avec Chomsky, Epstein citait des articles de The Right Stuff – le podcast lié aux cercles néonazis qui devait contribuer à organiser le rassemblement de Charlottesville – comme véhicule de ses thèses sur la « science de la race ». Dans ses emails avec Joscha Bach, technologue de la Silicon Valley, on discutait ouvertement de prétendues infériorités cognitives liées à l’appartenance ethnique. Epstein finançait George Church pour développer des outils de sélection génétique. Il finançait Nick Bostrom, philosophe transhumaniste avec un passé documenté de déclarations racistes et des liens avec Musk, pour développer une organisation qu’Epstein utilisait comme enveloppe présentable de son projet eugéniste. Le fil est continu, et ce n’est pas un hasard.

L’élément qui émerge avec force d’une analyse intégrée est le suivant : les filles et les fillettes trafiquées, soumises à des violences reproductives dans le contexte du réseau Epstein étaient la partie la plus exposée, le point où l’idéologie se traduisait en pratique corporelle. Mais la même logique d’instrumentalisation opérait, sous des formes moins visibles et socialement plus acceptées, dans les débats démographiques de Barak, dans les ambitions généalogiques d’Epstein, dans les théories d’optimisation génétique des chercheurs de Harvard. Le mépris pour l’égale dignité des êtres humains fonctionnait sur tous ces plans simultanément, avec des registres différents mais avec la même structure profonde.

L’eugénisme comme logique du pouvoir

Que nous dit tout cela sur le moment historique où nous vivons ? Beaucoup. Peut-être tout.

L’eugénisme n’a jamais disparu. Il a été mis dans la clandestinité après Auschwitz : personne ne pouvait plus en parler explicitement, après que le projet nazi eut montré où il menait. Mais les idées ne meurent pas, elles se déguisent. Elles se déguisent en « réalisme démographique » (comme dit Barak), en « eugénisme positif » et « altruisme génétique » (comme dit Epstein), en « optimisation génétique » et « transhumanisme » (comme on dit dans la Silicon Valley). La structure de la pensée reste identique : il y a des populations de qualité supérieure et des populations problématiques ; l’avenir de l’humanité exige d’amplifier les premières et de réduire ou contrôler les secondes.

Dans le cas israélien, cette pensée a une valence géopolitique directe. La question démographique – qui aura la majorité numérique entre le Jourdain et la Méditerranée – est réelle, et les réponses qu’on y apporte structurent les politiques concrètes. L’idée de Barak d’importer un million de Russes, de les convertir pro forma, et de les utiliser comme contrepoids à la croissance arabe n’est pas de la politique-fiction : c’est une proposition sérieuse, discutée avec un chef de gouvernement (Poutine) et avec l’establishment économique usaméricain (Summers). Si elle avait été mise en œuvre, elle aurait radicalement changé la composition de la société israélienne.

La tromperie de la ‘pensée dure’

Dans le jargon des milieux qui gravitent autour du réseau Edge et de la Silicon Valley réactionnaire, une approche intellectuelle est répandue sous le nom de « dark enlightenment » [Lumières obscures]. Une expression inventée par le philosophe britannique Nick Land et le blogueur Curtis Yarvin pour désigner une pensée qui se veut libre de toute contrainte égalitaire et démocratique. En Italie, elle n’a pas encore de nom établi, mais sa logique est reconnaissable : revendiquer le courage de « dire ce qui ne peut pas être dit », en présentant comme censure toute objection éthique. Dans cet essai, nous la traduisons par l’expression « pensée dure ».

La pensée dure est le piège intellectuel dans lequel beaucoup de ces personnages sont tombés. Le piège de l’idée que les « faits inconfortables » doivent être affrontés sans tabou, au risque sinon d’être dominé par ceux qui le font. Cette rhétorique du courage intellectuel sert à discréditer préventivement quiconque soulève des objections éthiques. Comme l’a analysé Virginia Heffernan dans son article pour The Nerve : "Le salon Edge a servi d’intermédiaire entre l’argent des milliardaires et les esprits de mâles dominants, et ensemble, au fil des décennies, ils ont abouti à une philosophie commune : c’étaient des prédateurs naturels, appelés à exploiter et soumettre les autres ».

Le miroir européen : Renaud Camus, Sellner et la remigration comme eugénisme négatif

Il y a un fil qui relie le laboratoire idéologique du réseau Epstein à la droite identitaire européenne, et il passe par la même obsession : qui a le droit d’habiter un territoire, et qui doit être incité – ou contraint – à partir. C’est la même question que Barak formulait en positif (importer le matériel humain « juste ») et que le mouvement identitaire européen formule en négatif : expulser celui qui est « mauvais ». Deux réponses spéculaires à la même vision du monde, où la composition ethnique de la population est un problème technique à résoudre par l’ingénierie démographique.

Le cadre théorique est celui du Grand Remplacement, la théorie élaborée par l’écrivain français Renaud Camus en 2011, selon laquelle les populations européennes d’origine chrétienne subiraient une substitution progressive par des immigrés non européens. Camus fournit le diagnostic. La traduction en programme politique opérationnel est l’œuvre de l’Autrichien Martin Sellner, chef du Mouvement Identitaire autrichien et aujourd’hui figure de référence de l’internationale identitaire européenne. Avec son livre Remigration. Ein Vorschlag (2024) – traduit et publié en Italie sous le titre Remigrazione. Una proposta en 2025, par Passaggio al Bosco – Sellner transforme le mot d’ordre en proposition de loi : rapatriement « incité » ou forcé non seulement des irréguliers, mais aussi des immigrés en situation régulière, des naturalisés, des personnes nées et élevées en Europe. Comme l’a écrit Annalisa Camilli dans Internazionale, ce qu’on appelle « remigration » est, si on l’appelle par son nom, une déportation sur base identitaire : la révocation sélective de l’appartenance.

La généalogie intellectuelle de ce mouvement partage des racines avec celle du réseau Epstein, même si les parcours sont distincts. Le Pioneer Fund – la fondation usaméricaine fondée en 1937 avec l’objectif explicite de promouvoir la « science des races » et l’amélioration de la « race blanche », classée comme hate group par le Southern Poverty Law Center – a financé pendant des décennies à la fois la recherche eugéniste qui a alimenté des livres comme The Bell Curve, et les réseaux de publications qui ont nourri la droite identitaire européenne. Comme l’a reconstitué une enquête de The Conversation, les mêmes fondations, les mêmes donateurs et souvent les mêmes chercheurs circulaient entre les revues de race science anglo-saxonnes et les mouvements identitaires européens. L’eugénisme n’a jamais cessé d’exister : il a changé d’éditeur et d’adresse.

Du côté de la Silicon Valley, le lien est encore plus explicite. Peter Thiel – milliardaire libertaire présent dans le réseau d’Epstein, financier du transhumaniste Nick Bostrom et d’une constellation de think tanks de la droite radicale usaméricaine – a rencontré en 2016 des représentants du mouvement alt-right et white nationalist usaméricain, comme documenté par BuzzFeed News. L’ancien chancelier autrichien Sebastian Kurz, le politicien européen le plus proche de l’environnement de Thiel, vient de fonder un nouveau think tank appelé Global Shift Institute. Sellner a annoncé la création d’un Institute for Remigration avec des ambitions transnationales, déclarant être en contact avec des représentants de la Ligue du Nord italienne et de Fratelli d’Italia, lee parti de Meloni. Le réseau s’étend et se consolide.

L’Italie laboratoire pour des politiques d’ingénierie démographique

L’Italie est devenue un laboratoire privilégié de ces phénomènes. Le Remigration Summit de mai 2025 s’est tenu à Gallarate, dans la province de Varèse, dans un théâtre mis à disposition par le maire de la Ligue Andrea Cassani. Sellner l’a choisie parce que l’Italie est considérée comme « un pays sûr pour un rassemblement de l’extrême droite » comme l’ont rapporté les organisateurs. Parmi les intervenants : Jean-Yves Le Gallou (ex-Front National), Eva Vlaardingerbroek (Pays-Bas), Afonso Gonçalves du groupe pronazi portugais Reconquista. En janvier 2026, la conférence de presse à la Chambre des Députés pour le lancement de la collecte de signatures sur la « Remigrazione e Riconquista » – organisée par le liguiste Domenico Furgiuele avec les groupes fascistes CasaPound, Veneto Fronte Skinheads et Rete dei Patrioti – a été bloquée par l’opposition. Mais en vingt-quatre heures, la pétition avait déjà atteint les 50 000 signatures nécessaires à l’examen parlementaire, comme rapporté par il manifesto.

La proposition de loi en 24 articles est un document révélateur. Elle prévoit la « remigration volontaire ou forcée », l’abolition du décret sur les flux migratoires, la révision du regroupement familial, un Fonds pour la Natalité Italienne réservé « aux vrais Italiens », la priorité dans les logements publics et les crèches pour les seuls citoyens italiens. C’est, dans son intégralité, un programme d’ingénierie démographique d’État – exactement ce dont Barak discutait avec Epstein et Summers, mais avec le signe inversé, comme dit. La logique qui les unit est identique : la composition ethnique de la population vue comme un problème technique à résoudre par des instruments de sélection.

La différence entre remigration et planification démographique est de méthode et de signe, non de principe. Les deux partagent la prémisse que certaines catégories d’êtres humains sont des éléments d’une équation démographique plutôt que des sujets porteurs de droits inaliénables. C’est la même prémisse qui rendait pensable, aux yeux d’Epstein, d’utiliser des corps de fillettes comme incubatrices pour sa lignée. Quand on accepte que la composition humaine d’une société soit une variable à optimiser, les conséquences se multiplient dans des directions qui – comme l’histoire l’a déjà montré – tendent à converger vers le même point.

Les enregistrements Epstein nous ont donné quelque chose de rare : la possibilité d’écouter les puissants quand ils croient parler entre eux. Sans les médiations du discours public, sans la prudence du politiquement présentable, sans la nécessité de tenir compte des « others ». Et ce qui émerge est un monde où la hiérarchie humaine est tenue pour acquise, où la sélection des populations est discutée comme on discuterait d’optimiser une chaîne de production, où l’argent et le pouvoir confèrent le droit non seulement de dominer les autres, mais de décider qui mérite d’exister et dans quelle proportion, et quels corps sont disponibles pour être utilisés.

Ehud Barak est le produit cohérent d’une culture politique – le sionisme travailliste ashkénaze – qui a construit son État sur l’exclusion systématique et la hiérarchie ethnique, et qui a toujours trouvé le moyen de la justifier comme réalisme, nécessité, clairvoyance. Jeffrey Epstein était l’incarnation de la logique de la horde – au sens freudien que Melinda Cooper a exhumé –, le patriarche qui utilise les corps des femmes et des fillettes pour garantir l’immortalité de sa lignée, tout en utilisant les esprits des intellectuels pour légitimer la domination de sa classe. Noam Chomsky est l’exemple paradigmatique de la manière dont la pensée critique peut être cooptée quand elle perd le contact avec la perspective des exclus et cherche le pouvoir au lieu d’organiser ceux qui en sont dépourvus.

La complicité des institutions

Dans son ensemble, l’affaire Epstein est aussi – peut-être surtout – une histoire d’impunité institutionnelle. Un homme condamné en 2008 pour des crimes sexuels graves continua pendant une décennie à fréquenter présidents, universitaires, chefs d’État, anciens Premiers ministres. Il continua à financer des recherches universitaires. Il continua à discuter d’eugénisme avec des prix Nobel et des ministres. Et les institutions – Harvard, le MIT, l’Arizona State University, la justice usaméricaine, les gouvernements israélien et usaméricain – laissèrent faire.

Le Conseil des droits de l’homme de l’ONU a dit ce que trop de commentateurs hésitent encore à dire : il ne s’agit pas d’histoires de criminels isolés. Les crimes ont été commis dans un contexte idéologique précis – suprémacisme, racisme, misogynie extrême – qui a rendu possible, pendant des décennies, l’impunité. Les survivantes qui ont eu le courage de dénoncer, et les protagonistes de #metoo qui les ont précédées, ont reconnu avant tou·tes les autres le monde qui était en train de renaître.