20/05/2021

El paro y nuestros muertos

Reinaldo Spitaletta, Sombrero de mago, 18/5/2021  

Ahora es la “gente mísera de tropa” la que se va llevando, como la muerte cantada por León de Greiff, a los jóvenes como Brayan Niño, Santiago Murillo, Allison Meléndez, Juan Diego Perdomo, Lucas Villa y tantos más. A Allison, muchacha de Popayán, cuatro policías la tomaron como si fuera un botín de guerra, le bajaron los pantalones y le “manosearon hasta el alma”, según las últimas palabras de la adolescente de 17 años, otra víctima de la violencia oficial. Y ante la infamia y el agravio sin límites, la chica se suicidó.

Y la “señora muerte” que ni siquiera el viejo rapsoda de Medellín pudo exorcizar con sus versos, se va llevando con los disparos de fuerzas estatales y de cierta “gente bien”, a indígenas, líderes sociales, estudiantes, trabajadores, desempleados y otros que, en medio de la agresión gubernamental, sin arredrarse, han alzado la voz contra los desafueros.

Nunca antes en la historia de Colombia se había dado un movimiento cívico-social de tan amplias repercusiones internas y externas, y con una participación masiva, como si se estuviera gestando un nuevo país. Por supuesto, se trata de un formidable estallido popular, de cansancio ante las tropelías de gobierno y sus propuestas desastrosas de vampiro, de chupar la sangre a los más pobres, a las clases medias, a pequeños y medianos empresarios…

El paro nacional que estalló el 28 de abril, tras un acumulado de frustraciones y miserias de la gente, ante la sordera y actitud burlesca del presidente y sus comitivas frente a los reclamos, es, ahora (al momento de escribir esta nota, todavía no se había reunido el Comité Nacional de Paro con el presidente) un paradigma de gesta civil y de sacudida ante la humillación.

 
Las multitudinarias manifestaciones, plenas de creatividad, colorido, coreografías, alimentadas por la juventud, pero, igual, por muchos adultos, han recorrido calles y se han apostado en plazas. Y ni siquiera las provocaciones, la táctica oficial de la infiltración y la presencia de grupúsculos del lumpen, han podido desdibujar el carácter y la energía de los marchantes.

Contra ellos han disparado, gaseado, amedrentado con helicópteros y balas, pero ninguna provocación ni arremetida física policial (sin contar la desinformación de muchos medios arrodillados al gobierno) ha podido desintegrar el ánimo ni disminuir las demostraciones de los indignados. A la minga indígena en Cali le salieron pistoleros de sectores de “patricios”, o, de otra manera, de los que se autodenominan como “gente de bien”.

Y el paro, cuyo cubrimiento periodístico internacional ha tenido un despliegue acorde con la magnitud del mismo, que ha permitido que se denuncien los excesos y desmanes oficiales contra los protestantes, y haya desde afuera palabras de respaldo al pueblo colombiano (cantantes, escritores, defensores de derechos humanos, entre otros, se han pronunciado), y el paro, digo, se ha erigido como una lección de dignidad y contestación. Excepto entidades de negociantes sin hígados como la Conmebol, que obligó a disputar encuentros en medio de los gases lacrimógenos y otros estruendos, desde afuera la solidaridad con la lucha popular de los colombianos ha sido ejemplar.

Jugadores y entrenadores de equipos como el Nacional, de Montevideo, y el River Plate, de Buenos Aires, expresaron sus voces de solidaridad al descontento popular. Y cómo será la borrasca del paro que hasta los futbolistas colombianos se hicieron sentir: “total apoyo al clamor expresado por el pueblo colombiano en su protesta y nos unimos a esas voces que piden un país más justo, equitativo e inclusivo, en el que se nos garanticen a todos, sin distinción, las condiciones mínimas para vivir con dignidad”, declaró la agremiación Acolfutpto.

Los muertos y los heridos en las protestas son nuestros muertos y nuestros heridos. Su sangre y sacrificio desbroza los caminos de la búsqueda de justicia social y prosperidad. La represión y la fuerza bruta estatal no han podido acallar a la gente. Es más, han provocado, por ejemplo, que se haya deconstruido el himno nacional de Núñez y Sindici, en un sonoro experimento de la orquesta sinfónica dirigida por Susana Boreal.

Al respecto, un profesor de música, Martín Toro, me dijo: “Se va pasando de una tonalidad que es mayor a una tonalidad menor donde se mimetizan, y se logra articular con el que se ha convertido en otro himno del ‘pueblo unido’ y es como si se empezara a desmoronar los símbolos patrios de Colombia. ¡Qué buen logro!”. En efecto, en esa pieza hay una mezcla del célebre himno chileno de El pueblo unido, jamás será vencido, con las “notas marciales” del muy marchitado himno de Colombia.

Los muchachos y muchachas muertos en el paro son los nuevos héroes del pueblo. Y unos versos de Neruda pueden ser un homenaje y un pedido de justicia: “Por esos muertos, nuestros muertos, / pido castigo. / Para los que de sangre salpicaron la patria, / pido castigo. / Para el verdugo que mandó esta muerte, / pido castigo”.

 

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